No resulta sencillo contar lo que sucedió el primer sábado frío de septiembre en el Palacio de los Deportes. Se puede intentar acudiendo a las cifras (tres horas y cuarto de actuación, diez mil personas,setenta y cinco años, nueve músicos sobre el escenario). Quizá ayude relatar los gestos que recordará por siempre todo aquel que estuvo presente (ojos vidriosos, un pabellón puesto en pie, comunión más allá de la música, bises gozosamente interminables), e incluso se puede echar mano de las palabras pronunciadas (“Gracias por mantener vivas mis canciones”, “Como no sabemos cuándo volveremos a pasar por aquí, os lo vamos a dar todo”). Pero baste con recordar las canciones, las que surgían como regalos no anticipados (“Dance Me To The End Of Love”,“The Future”, “Anthem”, The Partisan”…) y las que, aunque esperadas,explotaban como un sueño irreal que toma cuerpo delante de ti (“TakeThis Waltz”, “Hallelujah”, “If It Be Your Will”…). Y baste con recordar al hombre, aquél que se propuso poder encontrar una respuesta para todo lo bello que presenciaran sus ojos. El hombre que lo consiguió.