En una tienda de la calle Arenal sonaba parte de “The Chess Collection” poco antes de abrirse las puertas de Joy Eslava para invitarnos a viajar hasta lo más profundo de los Estados Unidos con The Dirty Delta Blues, unos White Stripes del rockabilly, sin disfraz, que cuentan historias universales en sus canciones con una rabia antigua que parece que nunca iba a volver a escenarios como estos. Bienhallados, a ver lo que da de si. Y con ese buen sabor de boca, a esperar eternamente a que Chan y compañía se decidan a salir entre gritos de “borracha, sal ya” y pitos. La gente espera a ver el desplante del día, si se irá o no saldrá, pero hay mucho más, la banda de la chica Chanel, con Jim White, Judah Bauer, Gregg Foreman, y Eric Paparozzi. Y sale con “Don’t Explain”, no toca ningún instrumento, baila casi sexy, se esconde de las luces o sonríe al público, canta con todo el cuerpo, se aleja el micro para gritar, sin que se la note más de la cuenta, domesticando a la gran tímida que hay en ella con la actriz que hay pugnando por salir, se va del escenario y sale eufórica, y está casi demasiado comunicativa. ¿Y la música? Enorme, la banda reconstruye las canciones con los dejes de los muy grandes, dejan de lado el sonido amable de “The Greatest” y terminan proponiendo a una Cat Power mucho más rock, mucho más deseable, con su pasado oscuro abandonado por completo y luchando por ser las más grande, aunque sea la más grande de una liga que ya no es la de sus inicios.