Por su sesudo contrato entre la propuesta artística –de tintes neo-rock– y la ambición mediática, Annie Clark se presentaba en Barcelona como la candidata más competente a Lady Gaga del ‘indie’ –o dicho de otro modo, del circuito festivalero–. Sin tanto guión ni fuego artificial, más que oposición a esa etiqueta, demostró ser capaz de romper algunas otras: con St. Vincent, la estadounidense es capaz de jugar todos los papeles del ‘auca’-rock. Y más allá de eso, está preparada para cargarse, de un plumazo, todas las presiones reiterativas, retrógradas y cansinas, del papel de una mujer con una guitarra colgada a hombros; reinventando, o demoliendo, sin estridencias ni panfletos, las asociaciones culturales de género que pesan sobre las féminas en el rock.

Sinuosa, elegante, escurridiza e incluso altiva. Clark se mueve entre prototipos, desacreditando precisamente a los que la tachan de estereotipada: juega a ser David Byrne, Madonna, Björk o PJ Harvey. Desde la coreografía inicial, casi autómata y de ejecución fría, el espectáculo se sucede entre transformismos. Si bien en los paisajes duros, cuando muestra agallas y voluntad de ruido, impresiona más (“Chearleader”), es en las partes atmosféricas –menos digeribles a priori un martes a las nueve tras una jornada en el tajo– donde más brilla lo sutil de la propuesta. Entre medias, el attrezzo justo: distorsión efectiva, registro vocal amplio y riffs más asumibles que la tabla del uno, aunque dispuestos con ingenio. Ni una nota más ni una menos.

Si bien pocas artistas pueden permitirse el lujo de descargar de primeras un trienio como “Rattlesnake”-“Digital Witness”-“Cruel”, Clark ya tenía el patio alborotado gracias a una catalana que, por carismática y virtuosa, también merece focos: Núria Graham que, sin disco todavía en el mercado, ya se codea con la ‘crema’ del circuito. Precoz, talentosa, atrevida, desacomplejada, pero todavía -y por suerte- titubeante, con lo mejor por llegar; su guitarra vacila por encima de su discurso, aún lleno de lugares comunes. Si bien con St. Vincent se presagiaba un cierto despegue, algo más bailable, tampoco fue así. Entre el público hubo poco meneo: un concierto a la ‘maniera Primavera Sound’. Algo así como: la-gente-se-medio-mueve, menea el flequillo, traga birra, se mira los zapatos… Poco más.

Pese al titubeo en la hinchada, el bolo fue de los de pesca de arrastre: hora y media sin descanso. Broche de oro a una jornada, la del 25 de noviembre, en la que se pone en primera línea la sonroja de las violencias –en plural– contra la mujer. St. Vincent fue cómplice de esta efeméride –que clama dejar de ser fecha señalada para pasar a ser transversal– mostrándose una rompe barreras, no sólo en los dimes y diretes escénicos, también en plazas más complicadas, como la de la discriminación sexista.