Volvía Enrique Bunbury al Palau Sant Jordi y, aunque el recinto registraba un buen aforo, distaba de estar completo. Una gesta así parece sólo posible en manos de Héroes del Silencio y supongo que la salida tan reciente de “Hellville Deluxe”, su nuevo trabajo, con una campaña de promoción al menos mejorable (aunque no se lo crean la compañía todavía no nos ha enviado el disco a la redacción) son factores que no contribuían a hacer un pleno. Poco parecía importarle eso al maño. Es más, en sus numerosos comentarios entre tema y tema él mismo se encargó de recordar sus visitas anteriores al recinto de la mano de su “hermano” Adrià Puntí y “cantando en catalán” y su última estancia en Barcelona al lado de Nacho Vegas en una velada en el Liceo digna de ser olvidada. Todo lo contrario que la de esta noche de sábado en la que Enrique Bunbury, acompañado de una banda que no requiere ser engrasada, mostró su faceta más Bunbury. Esa que se basa, sin ningún tipo de complejo más bien con cierta arrogancia artística, en los medios tiempos de corte épico con pinceladas musicales que van de las canciones portuarias, fronterizas y arrabaleras al blues rock más clásico. Y eso que en sí puede resultar muy positivo ya que el concierto contó con un set list muy bien escogido entre las mejores piezas de casi todos su álbumes (incluso tuvo tiempo para su disco a pachas con Nacho Vegas con “No fue bueno, pero fue lo mejor” o para “Desmejorado”, de su efímera aventura con Bushido) también puede mostrar cierto síntoma de agotamiento en la fórmula. No deja de ser curioso que un artista tan dado a mostrar diversas caras y transformaciones (desde los tiempos más electro del incomprendido “Radical Sonora” pasando por la cara más crooner de “Pequeño”, la pugilística y americana de “Flamingo” o la circense y nómada de “El viaje a ninguna parte”), ahora afirme que su nuevo trabajo es un álbum de vuelta a casa. Y lo es en su totalidad, pero también es un disco musculoso y bien tramado en el que no arriesga. No hay transformismo. Tampoco lo hubo en su directo. Mostró su cara más ampulosa y rockera, sin añadidos ni conservantes y con la certeza de que a lo largo de los años ha forjado un cancionero de oro que, lanzado a lo bestia, sin coartadas y sin hacer prisioneros, es tan infalible y sólido como en cierta medida previsible. Por todo ello hay que decir que no faltó absolutamente nada para salir del Sant Jordi con la sensación de haber asistido a un concierto de rock con todos sus ingredientes y condimentos. Desde una bonita escenografía (que combinaba el ambiente intimo con unas luces que semejaban las arañas de “El último vals”, con otro más propio de una gira de U2 con dos grandes pantallas para las proyecciones) hasta unas canciones, las de su último disco, a las que les falta rodaje para poder competir con clásicos de la categoría de: “El viento a favor”, “Sácame de aquí” o “El extranjero”. No hubo sorpresas y todo fue tan previsible como intenso y sólido.