Es curioso el caballo ganador que supone un concierto de Springsteen. Porque aunque la victoria del sábado se sabe aplastante de antemano, hubo algunos detalles que conviene analizar. Su visita en esta ocasión está motivada por el 35º aniversario de “The River”, una obra clave para entender la figura de Springsteen. Por eso uno puede pensar que interpretaría el disco prácticamente en su totalidad, pero nada más lejos de la realidad: sonaron más canciones del “Born In The USA” (1984) que del propio “The River”. Un detalle muy a tener en cuenta a sabiendas de la oportunidad única que había de escuchar los entresijos menos habituales de este álbum. De ahí el consiguiente malestar de algunos seguidores.

En cualquier caso el resultado de cara a la galería es absolutamente abrumador, y a priori no parece haber caras largas entre el público. La primera parte estuvo más enfocada en “The River”, y se sucedieron algunos de sus temas más rockeros como “The Ties That Bind”, “Sherry Darling” o “Two Hearts”, intercalados con algunas sorpresas como “My City Of Ruin”, con su gospel evocador en la parte final, o el genial “Trapped” de Jimmy Cliff. Aunque el momento de la noche lo protagonizó una soberbia interpretación de “Point Blank”, con una introducción mágica del maestro Roy Bittan al piano que hace las delicias de los seguidores más acérrimos.

Pero sorprendentemente el disco “The River” acaba ahí; con tan solo siete canciones interpretadas en la primera hora y cuarto de concierto. A partir de ese momento el perfil más showman de Bruce toma la iniciativa para interactuar con la gente y poner el estadio patas arriba. El concepto de rock de estadio se afila con “Downbound Train” y “I’m On Fire”, que actúan como sedantes para la que se nos viene encima. La montaña rusa de la E-Street Band no se detiene y tiene remedios infalibles para saciar a un público que quiere pasárselo bien. “Waitin’ On A Sunny Day”, “Because The Night” o “The Rising” son clásicos entre los clásicos que conllevan trucos que nunca fallan, como los habituales baños de masas, el niño al escenario o el karaoke colectivo.

Pero ahí reside parte de la magia. Como sucedió en este mismo estadio en 2012, el carrusel de emociones que se desprende en la última hora y media de concierto se queda grabado a fuego en todo aquel que ve a Bruce por primera vez. Las luces del estadio se encienden por completo pero el show continúa. Es su máximo apogeo: “Born In The U.S.A.”, “Born to Run”, “Glory Days” y “Dancing In The Dark” prolongan el éxtasis colectivo hasta el infinito. La interacción con el público llega aquí a su máxima expresión, especialmente al ver las caras de felicidad absoluta que desprenden los fans que son invitados a bailar en el escenario.

Gestos y momentos de épica que no tienen final, pero que guardan un sentido homenaje para recordar a Clarence Clemmons y Danny Federici en el mítico “Tenth Avenue Freeze-Out”, justo antes de poner el broche final a una velada que no iba a concluir con “Twist and Shout” como parecía. Porque mientras la banda se despide, Bruce toma la guitarra y la armónica para realizar una versión absolutamente estremecedora de “Thunder Road”, a modo de propina inesperada como ya sucedió en Gijón en 2013.

Un concierto con todos los ingredientes que han llevado su puesta en escena al top mundial, pero que tuvo detalles que no se pueden pasar por alto. El problema de sonido en el Bernabéu, con sus reflexiones sonoras indeseadas -especialmente de pista hacia arriba-, no deja disfrutar de un recital de tal envergadura en toda su plenitud. Y eso cuando tienes a una banda engrasada hasta la saciedad como es la E Street Band sobre el escenario, es imperdonable. El grave del bombo no sonaba redondo ni definido, hay solos de saxo que no se aprecian y detalles que quedan colapsados en el amasijo de sonidos que supone realizar un concierto en este estadio. Y un buen día lo tiene cualquiera, pero muchos echamos de menos más chicha y menos guateque en forma de guiños prometidos que no llegaron, como podían haber sido más temas de “The River” en detrimento de clasicazos. Tampoco destacaron sobremanera las descargas eléctricas con las que nos suelen deleitar Nils Logfren o Steve Van Zandt, que al igual que sucede con Patti Scialfa, parece que sus talentos quedan algo ensombrecidos en la vorágine arrolladora del espectáculo.

Sin embargo y a pesar de estos detalles, hoy por hoy es sin duda un concierto sin igual, y ahí está la grandeza de Springsteen. Entretenimiento en estado puro que provoca felicidad verdadera. Sin adornos tecnológicos ni paleativos. Pero sabiendo lo que es capaz de hacer, el concierto en Madrid dejó alguna ligera sensación de conformismo y de dejar de lado no solo a una parte de la audiencia, si no al propio legado y bagaje de un artista que es leyenda viva del rock.