Tras asistir a un concierto de Bon Iver uno comprende porque sus fieles seguidores -devotos se podría decir- hablan tanto y tan bien de sus directos. La propuesta es tan ambiciosa como noble. El acabado del show, empezando por la puesta en escena y siguiendo con lo numeroso del plantel -9 músicos en total-, resulta imponente. Y sobre todo, lo que en sus discos puede sonar lamento quejicoso, en vivo se torna aullido. Si todo esto lo salpimentas con ese aire de solemnidad de quien se sabe genial y una pizca de forofismo en la platea, ya está hecho el lío. Bienvenidos a la misa de Bon Iver.

Y eso que el arranque con “Perth” no tuvo tanta pegada como cabía esperar. Ralentizada, parecía avanzar a contrapié, en especial en su clímax, con los redobles de batería. Esa extraña ralentización y un problema con el micro justo después fueron las notas negativas de un concierto que se lanzó con el cuarto tema, el fantástico “Towers”. Los instrumentos de viento aparecieron entonces para levantar la tormenta perfecta, rematada por esa personalísima bajada de guitarra para retomar la estrofa. Momento grande.

Acto seguido, Justin Vernon se marcó varias líneas con su voz normal -la que usa para comprar el pan o pedir una caña, quiero decir-. Y uno se pregunta por qué tanta obsesión con el falsete con semejante voz, grave y cavernosa. Pero bueno, bendito falsete.

El concierto se fue arremolinando en su parte central -el sermón- con “Creature Fear”, “Hinnom, TX”, “Wash” y “Woods”. El ¿palacio? respondió con dignidad al reto de Bon Iver y se llenó de texturas, codas puramente jazzísticas, pellizcos al violín, baterías volando libres, trompetas golpeadas y un sinfín de detalles locos. Imposible verlos todos. Sería complicado reducir lo que se oyó en Vistalegre a un género concreto. Bon Iver ha abandonado definitivamente el folk para adentrarse en un territorio inhóspito fuera de todo género. El cierre de “Creature Fear” fue el mejor ejemplo, con los vientos echando fuego, como si una manada de elefantes irrumpiera en la sala a grito pelado. Y con una imagen así, a uno le flojean las piernas.

Entretanto, Vernon abrió un paréntesis para ofrecer su particular homenaje al vocoder con un espectáculo de falsetes y pedales de difícil valoración. Esa delgada línea que te acerca un poco a la parodia de ti mismo… Después “Blood Bank”, con un punteo para el recuerdo como antesala de la traca final.

El sacerdote agarró entonces la acústica para atacar su particular Padrenuestro: “Skinny Love”. No la cantó sólo. Todos los feligreses entonaron la oración religiosamente. Es sin duda su canción más redonda, o por lo menos, la más concreta, la más certera. Para entendernos, es la única que se podría cantar en un karaoke. Y el público se desfogó a gusto.

Después “Calgary”, “Beth/Rest”, “Wolves” y “Emma”, las dos últimas como bises. Y así se terminó un espectáculo que se hizo corto pero fue grande. Vernon nunca elige la salida fácil y tensa la cuerda, pareciendo tomar siempre la decisión adecuada. Y es que Bon Iver vive de su liturgia, del detalle, de hacer especial cada nota, de un original uso de la(s) batería(s), de sus vientos huracanados y, claro está, de la voz de Vernon, que afronta cada verso, cada lamento, cada aullido, como si fuera el último.