Si Jonathan Fire´ Eater apenas habían llegado a sonar en losreproductores de lo más puesto de la prensa musical de este país,imagínense las caras de estupor de miles de chiquillas de voz chillonaque, esperando un combo de jovencitos brit-poppers, se toparon con el rockrasposo de los neoyorquinos. Aunque la forma les falló, el fondodemostró el suficiente atractivo -tampoco demasiado, no vayan a pensarse-como para dar argumentos a su reciente fichaje por Dreamworks. Por su parte y sin convencer excesivamente en el que acabó porser el más flojo de sus conciertos en nuestros escenarios, Blur subrayabansu nueva orientación -no, no les citaré de nuevo a sus influencias-abriendo con ese Beetlebum» que, por lo visto hasta la fecha,no ha afectado para nada su potencial comercial. Y no sólo eso, sinoque incluso se permitieron una serie de licencias que, a buen seguro, nodeben ser del agrado de sus agentes. Licencias como dejar a un lado CountryHouse» o Charmless man», como echar mano de Thisis a low» para cerrar el grueso de su actuación y olvidarsede ese There´s no other way» que, por enésima vez, algunosquerían escuchar. Buenas intenciones, sí señor, a labusca de un respeto que no acabarán de ganarse hasta que veamos,con nuestros propios ojos, cómo las teenagers al borde del colapsoceden terreno a una audiencia de mejor aceptar. Que sea pronto.