Son sospechosos habituales en los antros y los billares. Saben cosas que nadie sabe y, sin miedo, queman sus naves… Desesperados pero elegantes, disciplinados comulgantes, desorbitados tipos lunares, viven jugando con el desastre… esta es la letra de “Las brigadas enfadadas”, pero podría haber escogido la de su primer hit underground (“Adalides de la nada”) o cualquiera de su último trabajo (“Jóvenes ocultos”, por ejemplo). Letras como esta justificarían por sí solas que Biznaga apareciera para siempre en todas las listas de los mejores grupos nacionales de la historia.

La lírica certera e ínter-generacional de Jorge Navarro y la voz desgarrada de Álvaro García han conseguido conectar con un espectro del público que se sentía huérfano de referentes. Siguiendo la pequeña brecha que en los 80 abrieron grupos como Parálisis Permanente, Desechables o Patrullero Mancuso, más que llenar un hueco, el cuarteto malagueño-madrileño alcanza cotas de calidad y consistencia musical a la que ninguna de esas banda consiguió llegar nunca.

Son un un grupo de punk-rock clásico, sí (en sus riffs se puede rastrear fácilmente la herencia de The Adverts, Buzzcocks o Subway Sect), pero con una auto-conciencia que va más allá del revivalismo o la pose fútil. Biznaga rehuyen de consignas manidas y las sustituyen con inteligencia por filosofía humanista aplicada a los tiempos modernos. Porque en un mundo en el que los representantes de la supuesta contracultura nos hablan casi con emojis (PX#@X) es una maravilla encontrarse con unos tipos que berrean cosas como “de la cicuta a la picota”.

Una tendencia de la que son máximos exponentes pero, afortunadamente, no son los únicos. Ahí están bandas como Juventud JuchéKokoshca o incluso los encargados de abrir finalmente la noche: Obediencia. Con una carga extra de oscuridad melódica, sirvieron de aperitivo perfecto para la que se nos venía encima. Porque hay mucho que decir sobre el concierto de Biznaga.

Los cuatro integrantes de la banda (Álvaro – voz, guitarra-, Jorge -bajo-, Pablo -guitarra- y Jorge -batería-) funcionan juntos como uno reloj. Y no lo digo por la puntualidad con que aparecieron en escena (que también) sino por el perfecto engranaje con el que ajustan sus instrumentos hasta sonar como uno sólo. Intercalando temas recientes como “Nigredo” o “A tumba abierta” con “Fiebre” o “Maldita mi Estampa” de su debut “Centro Dramático Nacional” (2014), uno a uno fueron soltando sus mejores balas “como un trabuco” (Jorge Martinez dixit). Un set algo más largo de lo habitual, el primero que hacían en la capital desde que publicaran “Sentido del espectáculo” (Sloveny Recordings, 2017). Incluso invitaron a escena a Juana Chicharro, esa suerte de Martirio punk, con la que interpretaron la excelente “Los Duelistas”. Un guiño que, si bien desconcertó a parte de su público, supone una de las mayores virtudes del cuarteto; la de mirar a nuestras raíces sin vergüenza ni orgullo, sino como lo que realmente son: una expresión cultural de las clases populares. Como la botella de lambrusco con la que mitigaban su fatiga.

Para la traca final dejaron las dos canciones más potentes (y coreadas) de su último trabajo: “Una ciudad cualquiera” y “Mediocridad y confort”. Dos nuevos himnos con los que coronaron otra gran noche de una banda que no concede ni tregua ni bises. Ni siquiera un “adios, gracias”. Como llegaron se fueron. Aunque con todos los presentes empapados. Con ellos ya en camerinos la atención se centraba en el gran cartel que colgaba a sus espaldas. “Esto es un simulacro”, decía. No hay nada más real.