Un cartel ecléctico y equilibrado en cuanto a estilos era lo que proponía este año el BIME Live. El viernes comenzó con la actuación de Rural Zombies. Los de Zestoa hicieron sonar fino su pop rock indie con toques de postrock. Estupenda la voz de Julia y llamativas esas guitarras tan características.

Pablo Und Destruction, acompañado por una banda contundente y perfectamente compenetrada, se mostró irónico en todo momento, y nos sacudió con esas letras llenas de amargura descreída, sólo aptas para perdedores crónicos. En ocasiones pareció estar interpretando desarraigadas versiones rockeras de canciones pertenecientes al folk asturiano. Pierde los dientes España… De cantautor “maldito” a cantautor “maldito” y tiro porque me toca. Mark Eitzel, romántico y melancólico trovador, cantó con gran sentimiento sus composiciones de aires folkies, llegando a emocionar con la preciosa balada ‘Nothing And Everything’. El set quizás pecó de cierta linealidad, por lo que se agradeció algún momento más rítmico como ‘The Last Ten Years’.

Que una banda haga gala de influencias obvias y muy evidentes siempre es un arma de doble filo. Es lo que pasa con Royal Blood (foto inferior). Tiene mérito que una pareja de músicos, armados “sólo” con un bajo y una batería, repartan semejante estopa, pero tras media hora entretenida de concierto, la broma deja de tener gracia y se convierte en un discurso repetitivo. Por el escenario desfilaron Muse, White Stripes, Queens Of The Stone Age, Wolfmother, y algunos más, pero ninguno se quedó. Cerca del final intentaron alzar un poco el vuelo con pelotazos del calibre de ‘Figure It Out’, ensombrecidos por toneladas de efectismo gratuito. Mucha pose y algunas nueces.

Todo lo contrario sucedió con Ride. Sobrio y efectivo, el grupo de Oxford se doctoró con matrícula de honor. Alternaron con gran acierto pasajes del shoegaze envolvente de sus inicios, creando atmósferas de estructura mántrica que los emparentó en su día con My Bloody Valentine, con los pildorazos de brit pop clásico que practicaron a partir de su segundo disco. Alcanzaron la cima con ‘Leave Them All Behind’, una apoteosis de casi diez minutos que nos hizo levitar sin movernos del suelo.

A continuación se vivió el espectáculo especial y diferente de la noche. Los berlineses Einstürzende Neubaten (foto inferior) arrasaron, apoyados en esa extraña naturalidad que siempre los acompaña. Liderados por un teatral Blixa Bargeld, lo suyo fue una performance musical en toda regla. El ruidismo industrial daba paso a la quietud minimalista de ambiente cinematográfico de, entre otras, la misteriosa ‘Sabrina’, y viceversa, sin olvidar la vertiente más experimental. Percusiones imposibles sobre tuberías o cubos de basura, objetos metálicos lanzados al vacío, unos músicos hieráticos con precisión de cirujano, alaridos animales por parte de Blixa… De todo eso y de mucho más disfrutamos durante una hora y cuarto sorprendente y enriquecedora. Casi cuarenta años después, siguen siendo vanguardia.

Orbital consiguieron materializar el objetivo previamente marcado. Maquillaron el entorno hasta convertirlo en una gigantesca rave e hicieron bailar a todo el público que tuvo la osadía de zambullirse en su mar de macrobeats y luces cegadoras.

El primer contacto del sábado fue con los madrileños Melange. Bastó una pequeña dosis de su especia alucinógena para poder viajar en psicodelia vip hasta un planeta no tan lejano y repleto de dunas formadas por una arena lisérgica, medieval y folclórica. Canela en rama. Las Bistecs se me hicieron bola y se me indigestaron. No conecté con su electro-disgusting macarra, grosero y de brocha gorda. Chicas fetén que petardean a base bien.

Menos mal que aparecieron Delorean para poner las cosas en su sitio. A priori, inspiraba cierto temor el hecho de leer en la misma frase términos como homenaje, Mikel y Laboa. Palabras mayores. No obstante, salieron airosos y con nota. Con una puesta en escena que recordaba a Kraftwerk, la electrónica ambiental, salpicada por ratos más percusivos, envolvió con mimo y cariño la voz del genio guipuzcoano, quien entonó desde el más allá fragmentos de algunas de sus grandes canciones. A Mikel le habría encantado.

BNQT (foto superior) habían generado bastante expectación con su proyecto y con su disco. Los Traveling Wilburys de andar por casa (como ellos mismos se autodenominan), se mostraron amables y cercanos con su pop elegante. Eric Pulido, cantante de Midlake, ejerció de maestro de ceremonias y protagonizó los momentos más inspirados de la velada con su bonita voz. Alex Kapranos tan sólo participó en la sensual ‘Hey Banana’, antes de salir corriendo hacia el otro escenario para ultimar los preparativos de la esperada vuelta de Franz Ferdinand. La majestuosa ‘Failing at Feeling’, cantada por Jason Lytle de Grandaddy, también triunfó, y cerraron con una versión de los Beatles, ‘Revolution’.

Kapranos es un carismático animal de escenario, dirigió todas las operaciones e hizo lo que quiso con una audiencia entregada desde el minuto uno. Franz Ferdinand (foto inferior) son un valor seguro, tampoco defraudaron esta vez. Más acertados cuando metieron músculo y rockearon con ganas, aplicaron su fórmula mágica a base de himnos habitados por estribillos coreables y melodías de pop rock bailable. Algún tema nuevo no resistió la comparación con sus hits de toda la vida, y ya durante el bis alargaron en exceso la enérgica ‘This Fire’. Pero unos tipos que te dejan sin aliento enlazando dos cañonazos como ‘Take Me Out’ y ‘Michael’ (ambos a tres guitarras), pueden hacer lo que les dé la gana. Apuesta ganadora.

The Prodigy (foto inferior) la volvieron a liar como hace trece años, cuando pusieron patas arriba el bilbaíno polideportivo de La Casilla. Los acordes de la marcha fúnebre de Purcell que aparecía en la banda sonora de La Naranja Mecánica dieron el pistoletazo de salida para el descenso a los infiernos del dance rock propuesto por los británicos. Como aperitivo, nada más empezar, nos aturdieron con ‘Breathe’. Keith Flint y Maxim deambulaban como espectros al amparo de una iluminación agresiva y crispante, mientras la guitarra, la batería y los sonidos pregrabados disparaban a matar con balas aniquiladoras como ‘Voodoo People’. La locura total hizo acto de presencia con ‘Smack My Bitch Up’, con la que definitivamente rompieron las hostilidades, y se despidieron a lo grande enviándonos directamente a Urgencias con ‘Take Me To The Hospital’. La danza del guerrero.

Este año volvimos a experimentar sensaciones del pasado. El escenario Antzerki es una maravilla, en los dos escenarios principales se suele echar de menos un mejor sonido, y la amplitud del BEC ayuda a que el BIME sea un festival cómodo y consolidado. La Música excita a las fieras.