Comenzaba la tercera y última jornada del Bilbao BBK Live 2014, las más centrada en el rock y los sonidos de raíz americana, depositando en dos bandas nacionales la responsabilidad de aplacar el sol que por fin hizo acto de presencia. Por un lado los bilbaínos Smoke Idols, eléctricamente intensos, bordeando la densidad psicodélica y cercanos a las melodías de corte británico. Y por otro, The Rebels, que a pesar de tener en su hoja de servicios el haber teloneado a Bon Jovi, practican un rock directo, descarado, callejero y chulesco, y en el caso de “Ding Dong Ding Dang”, con la capacidad de enganche de la melodía vitaminada. Ambos cumplieron.

Hubiéramos dado cualquier cosa por ver al trío canadiense Elliott Brood en las distancias cortas del escenario de la carpa cubierta en lugar del principal. Y no porque no lo merezcan, sino porque su mezcla de folk, country, bluegrass y rock americano es más de espacios cerrados y humo. Casey Laforet, como en él es habitual, se quitaba las botas y se sentaba en una silla desde la que controlar guitarras y ukeleles a calcetín puesto, y podían recordar o bien praderas extensas o bien el óxido propio de Neil Young, como en la intensidad eléctrica de un pedazo de canción como “If I get old”. Echamos en falta poder escuchar una delicia como “Northern Air”, pero queda avisado quien sintiera el cosquilleo de los paisajes americanos.

Mientras Skaters afilaban guitarras, y coincidentes en horario, optamos por comprobar el crecimiento que día a día experimentan en directo la banda vizcaína Belako. Siempre aparentemente ambiciosos, no han tenido problemas en editar dos ep’s coincidentes en el tiempo, y su presencia escénica gana por momentos. Mucho más intensos cuando centran sus esfuerzos en el after-punk directo y enérgico con la guitarra como base y el bajo marcando ritmo, como en “Eat me”, que cuando se diluyen en ritmos más bailables, pero siempre con la sombra de Joy Division y algún guiño a grupos nacionales que en los 80 hicieron del pop siniestro su bandera, volando sobre una música plena de intensidad.

Uno de los más grandes placeres, confeso y orgulloso, del rock nacional de las últimas décadas, y posiblemente de toda su historia, es haber podido disfrutar, y seguir haciéndolo hoy en día, de Los Enemigos. Con un Josele Santiago en plena forma, y perfectamente secundado por Fino, Chema y Manolo, salen a escena mientras suena un “Real good time together” de Lou Reed que se convierte en perfecta definición de cada encuentro con los madrileños. Con su chulería castiza, con sus gotas de sudoroso rhythm & blues o electrizante rock’n’roll arrastrado, da igual que enfrenten canciones más recientes, pero cuando suenan clásicos como “John Wayne”, “Septiembre” o “Señora”, casi ya más suya que del propio Serrat, uno no puede hacer otra cosa que asombrarse. Y no olvidemos que “Desde el jergón” es posiblemente una de las más fascinantes canciones que se han compuesto en castellano y escucharla en directo siempre le hace a uno querer ser maldecido una y otra vez.

Hipnotizados aún con el excelente directo acústico grabado en el histórico Ryman Auditorium de Nashville, toca enfrentarse a la versión más eléctrica de los americanos Band Of Horses. Y a pesar de ser originarios de la norteña Seattle, su corazón, su ritmo, su pulsión pertenecen al sur de los Estados Unidos, en base a steels, a órganos, a pianos, a esa melancolía propia de los espacios abiertos sin fin. Suenan orgánicos, con guitarras crujientes en la estela de Neil Young, con quien la espléndida voz de Ben Bridwell mantiene más de un contacto, y aunque obviamente The Funeral recibe los mayores aplausos, en una interpretación excelente, son canciones como “The Great Salt Lake”, “Is there a ghost” o la eterna “Factory” las que dan claras muestras de su capacidad para crear casi perfectas melodías que abrigar con sus sonidos, que lo mismo absorben retales psicodélicos que se acercan con desarmante facilidad al rock de callejón de unos Stones o a la tradición blues.

Y si uno hubiera pensado en Band of Horses como perfecto y eléctrico aperitivo para las estrellas del cartel, tal vez la necesidad de aplacar las ansias del respetable destinó el folk amable de The Lumineers para este menester. Con lámparas de araña colgadas del escenario invitando a imaginar un pequeño local, se pasean entre los ecos al ragtime de “Ain’t nobody’s problem”, la diversión teatral de “Classy girls” o la bonhomía de un Wesley Schultz cantando, sentado en una silla en la pasarela entre el público, la suave “Darlene”. Quedan las mayores ovaciones para su atractivo hit “Ho Hey” y una sensación de haber calmado los ánimos tal vez en exceso.

Y salen a escena los deseados The Black Keys a golpe de “Dead and gone”, Dan Auerbach y Patrick Carney respaldados por bajista y teclista y con sus espaldas repletas de focos metálicos que traen a la cabeza la herrumbre blues que siempre arrastraron en sus inicios. Pero éstos ya quedan algo lejos, y el grueso de la actuación se centra en “El camino” y su reciente “Turn Blue”, con picoteos varios en “Brothers” y “Attack & Release”, únicos cuatro álbumes representados en un directo que hubiera agradecido algo más de volumen en el sonido. Y uno tiene la sensación de que, más allá de las aplaudidas “Gold on the ceiling”, “Tighten up” o “Fever”, el grueso de la tropa ha ido a escuchar una única canción, un “Lonely boy” que pesará sobre ellos para siempre a golpe de bailable melodía pop. La gente que le rodea a uno está más pendiente de otros temas prosaicos que de disfrutar de los alocados golpes de batería de Carney y las guitarras plenas de fuzz de Auerbach. Lo que ofrece un momento óptimo para empapuzarse de la sincopada “Strange time”, música de garito no exenta de locura sónica, del blues de esencia setentera de “She’s long gone”, la espectral “It’s up to you now” con un solo de guitarra cercano al ruidismo clásico, la espléndida “Gotta get away”, un rock callejero con mucha más cercanía al laberinto de Lou Reed que a otra cosa, o ese homenaje casi explícito a Led Zeppelin que es “Little black submarines”. Y aparte de los ritmos bailables de “Fever”, queda aún parte de la magia de aquella deconstrucción del blues garajero con la que iniciaron su camino, siempre trufada de gotas de rock, psicodelia, pop y cierto espíritu glam. Pocos de los que entonces compraban sus discos y acudían a sus primeros conciertos ante audiencias mínimas hubieran apostado por The Black Keys como banda mediática de masas. Y viendo su concierto en el BBK Live, sigue sorprendiendo que esa gran marea humana, que días antes se ha contorsionado al son de propuestas netamente livianas, lo haga ahora con una música que no deja de nacer del mismo delta del Mississippi, por más que se abrigue con otros ropajes. Sorprende y reconforta.

Minutos después dejábamos a esa humanidad meciéndose al compás de los ritmos de aérea psicodelia de MGMT, con un “Time to pretend” que hacía las delicias de los amantes de lo lúdico.

Primera jornada

Segunda jornada