Jueves 7

The Twilight Singers, o lo que es lo mismo, Greg Dulli, comenzó incómodo, mientras trasladaba al receptor su luto estético y artístico por la muerte del amor, pero al igual que sus canciones le sirven de catarsis, se fue sobreponiendo al sonido y a unas inseguridades ora técnicas ora personales. Como alguien definió una vez su música: “ve la luz a través de las grietas de las persianas de una claustrofóbica habitación de hotel”. La media tarde, sin embargo, no es el mejor espacio de tiempo para su crepúsculo eléctrico. Beady Eye, a pesar de un concierto correcto, se confirmaron como el bluff que son: planos, anodinos en el mejor de los casos, hasta los fans menores de Oasis comprobamos que la falta de Noel Gallagher deja la partitura en blanco para el resto de sus ex compañeros, sobre todo su hermano. Acomodado en su trono, con las manos a la espalda, uno se pregunta si hasta las rancheras las cantará igual (lo que no quiere decir que lo haga mal). Con Blondie, las sensaciones fueron agridulces. Un arranque estimable, el mejor de la jornada que se fue desacelerando con las veleidades raperas de una Debbie Harry vestida en chándal de diseño (ese “Rapture” que a pesar de los años, uno no consigue acostumbrarse), el innecesario empalme con “Fight For Your Right” de Beastie Boys , la ampulosa “Maria” o los ritmos barraqueros de “Wipe Off My Sweat”. Ahí sólo faltaba un cartel de “Prohibido chocar de frente”. Los hitos se repartieron entre la versión de los Nerves (“Hanging on the Telephone”), clásica en su repertorio, “Heart of Glass”, “Call Me” o el final de “One Way or Another”.
La masificación del primer día tenía en Coldplay su razón de ser, y en Chris Martin (¡pero cuánta humanidad alberga este hombre!) su convergencia. Gustos aparte, y soslayando lo fastuoso de confetis y pirotecnias, los británicos saben qué tecla tocar para que estalle la emoción generalizada, en un recital estudiado, fabricado cada vez más a medida de los grandes estadios, efectista pero efectivo.


Viernes 8

The Mars Volta jugaron al despiste, y salieron airosos. Un inicio a media tarde con material nuevo, aún sin procesar disco mediante, dejó perplejo a más de uno, quebrantando las normas no escritas de un directo. Es decir, haciendo que el público sea el que se esfuerce en encontrar y no el grupo por buscar. Girando lo progresivo hacia la oscuridad entre tintes psicodélicos, sesenteros, intensos y surrealistas, con un Cedric Bixler- Zavala poderoso entre falsetes, sorprende la acepción de su propuesta, de lo cual uno se congratula. TV On The Radio ganaron el pulso a la hora tonta de la tarde, liberando los espacios cerrados del rock hacia atmósferas primero hipnóticas y luego inmediatas, materializadas en el indiscutible rompepistas “Wolf Like Me”, cerrando así un set que se antojó corto. Hablando mal y pronto, los neoyorquinos les echan huevos, y se nota. Con Vetusta Morla, el debate interno también acucia. Son fuertes ahí arriba, buenos músicos y haciendo lo suyo ondean irrepochables argumentos. Ajenos por completo al gusto personal de quien esto firma, en el grupo madrileño empero patina una ligera sensación de incredulidad: a título personal, reitero, no me creo las miradas al infinito de su cantante haciendo ver que la música que canta le supera y no lo puede controlar. Los ingleses Kasabian fueron coronados en su directo como soberanos por la New Musical Express, categoría que les queda ancha visto lo visto, tanto por las cabriolas egocéntricas de Tom Meighan como por sus canciones. Tras un comienzo que titubeó algo de esperanza, no tardaron mucho en retratarse como un grupo con piloto automático a velocidad de crucero, sin ideas ni ganas de tenerlas. La facción británica del día se unió con quienes podrían ser sus padres. El fantasma del escepticismo volaba alrededor de Suede, ya que la lejana marcha de Bernard Butler les había dejado tocados -también se puede abrir un hilo de debate al respecto-. Pues bien, el mejor sonido de la jornada y primer puesto en el podio fue para Brett Anderson, un frontman davidbowiano nacido para estar sobre un escenario, cuanto más grande mejor, para cantar y saltar, bañarse en la masa y demostrar que el cancionero de sus dos primeros e inmejorables discos, como “This Hollywood Life” o “So Young” (donde la huella de Butler es imborrable), aún tensa emociones. A reivindicar como máximos valedores del brit pop de los noventa aún en activo.


Sábado 9

Les Savy Fav dejaron a una audiencia que apenas les conocía coreando oeoes, visceral combinación garajera a la mayor gloria de su cantante, Tim Harrington, dejando paso a unos M-Clan a años luz de “Usar y Tirar”, a pesar de un estupendo último disco. En la entrada del recinto unos pasquines anunciaban que el recital de 30 Seconds To Mars podría provocar ataques epilépticos. Las luces estroboscópicas del montaje eran susceptibles de crear espasmos: pues bien, una pena que no nos sucediera a los presentes para que nos pudieran sacar del recinto en volandas. La empanada de emo- heavy (por ejemplo) que tiene encima el guaperas de Jared Leto ha llevado a que se les catalogue la peor banda del festival de largo. Jack Johnson es un buenrollista, en efecto, un vividor que es músico para publicitar su faceta de surfista (¿o es al revés?) y que pierde fuelle en los escenarios grandes, a pesar de actuar en el pequeño del recinto. Contagioso peligro de insipidez al que fuimos en busca de cura con un analgésico llamado Black Crowes. Demostración de guitarras y slide sobre todo por parte de Luther Dickinson, balancearon los temas clásicos para regocijo lisérgico, alargando las canciones en un ejercicio de hipnosis colectiva dentro de un marco aséptico, sin florituras megalómanas como otros cabezas de cartel. La apertura de “Jealous Again” y “Hotel Illnes”, las jam de Poor Elijah y Thorn In My Pride”, la infalible “Hard To Handle” y el bis de “Remedy” pusieron broche de oro a la última gira española de los hermanos Robinson, con un Chris en trance indio, haciéndonos testigos de un momento irrepetible y de una banda que no ha podido elevar más alto el estatus del rock and roll y el soul en las últimas tres décadas. Visto ésto, por muy chemical brother que uno sea (la frialdad del desparrame eléctrico no va conmigo), era el momento de retirarse y en lugar de bajar el monte andando, hacerlo volando.