Mind Garaje y su rock cristiano abriendo la veda en 1967 en Nashville. Neuman en San Nicolás (Segovia), Flashback y sus versiones en San Blás (Las Palmas), Anathema en Exeter (Leeds). Bruno Mars o Adele sonando en misas en New Jersey en 2012, Robbie Williams y su “Angel” como ‘hit’ en funerales americanos. La iglesia presbieteriana reconvertida en estudio para “Neon Bible” y vendida en 2014 por Arcade Fire. Agosto de 1990, Mayhem y el black metal convertidos en fenómeno mundial: cuatro templos quemados con sus correspondientes proclamas satánicas. Estos son sólo algunos ejemplos de coqueteo entre música popular y religión; algunos –pocos– episodios de la promiscua relación entre la-casa-de-Dios y las músicas seculares. Sorprende que no sean más: estos templos han sido construidos para sonar muy bien, y Berlinist lo saben.
Embutida entre dos edificios del Eixample, la iglesia de Sant Gaietà resiste el envite de Barcelona. Si uno pasa rápido por Consell de Cent, ni siquiera la ve: bajita, de fachada básica. El bullicio y el ajetreo no han resentido el templo, que sigue en activo y con una agenda de conciertos de clásica, coros, etcétera, admirable. Hoy, día en que el Barcelona celebra su triplete entre el tumulto, programa algo arriesgado, aunque calmado y espiritual de facto. Uno sufre, y no precisamente por motivos religiosos: ¿Podrán el no-bombo, las frecuencias bajas, los tonos pastel y los prados primaverales de Berlinist y su primer largo aislarse del helicóptero toca-cojones que sobrevuela –‘visca el Barça’– la ciudad?

“De rodillas, nos sentaremos de rodillas”, se hace el graciosete uno de los asistentes a la entrada. Jamás antes Sant Gaietà tuvo a tanto hipster/filigrés en la puerta. Los Padres Teatinos están flipando, hasta el sacerdote pasa a vendernos la moto poco antes que Berlinist, en formación de gala (¡hasta nueve músicos!), salgan para acariciar cada uno de los –relucientes– frescos de las paredes: Gemma Gamarra, cálida pero segura, no canta, abruma; “The Winter Hexagon” no camina, pasea, natural pero tenso, como una postura de yoga. Pop de cámara, y en un entorno así, ambiental como nunca: espacios grandes, grandes y un balanceo cauto e inteligente entre Bon Iver y Philip Glass. Aunque en el inicio más encorsetados de lo deseable –“tenemos algo de miedo”, reconocía Marco Alba–, la banda demoscópica de MondoSonoro en 2013 demostró por qué andan tan cerca ejecución y horizonte de expectativas en su propuesta: “Nobody Else Would Know”, magos escapistas. Era domingo, y al contrario que ‘Mongolia’, fuimos a la iglesia, sí. Que quieren que les diga, los que entramos allí dentro por primera vez en años salimos con más preguntas que respuestas respecto a nuestra fe, pero con una certeza… Si esta gente fuera islandesa, estaríamos pagando treinta y cinco pavos por verles.