El apellido “Frost” (helada) le viene como anillo al dedo a la música que hace el australiano afincado en Reikiavik. Pero también es de justicia reconocer que sus gélidos paisajes de electrónica orgánica están más cerca de la brutalidad ruidista y la pulsión industrial que de las formas sonoras mutantes del Brian Eno más experimental o las abstracciones intelectuales minimalistas. Hay una agresión física en una propuesta sin apenas concesiones, es decir, asideros rítmicos o melódicos. De ahí que su último disco, The Centre Cannot Hold (Mute, 17) lo haya grabado en Chicago con el legendario ingeniero Steve Albini; un hombre que no ha escondido nunca su aversión hacia la electrónica, al menos la de sonido clínico y aseado. No es éste el caso, claro. La propuesta de Frost, performance en toda regla, pega y duele.

El de Melbourne presentaba en Madrid su nuevo álbum (precedido de un reciente EP grabado en las mismas sesiones), en colaboración con el artista visual residente en Berlín Marcel Weber, cuyas misteriosas proyecciones de formas cambiantes entre lo digital y lo analógico, eran ideales. Lo de Frost es una experiencia sensorial en el sentido más estricto, de ahí también su colaboración con Albini, maestro de la grabación del sonido en estado puro. Al verse sumergido en la música masiva de Frost, con elementos cinemáticos que la emparentan con la densa oscuridad de un Jóhann Jóhannsson, el oyente se encuentra en medio del crujido de dos gigantescos glaciares colisionando en pleno Apocalipsis del cambio climático o de lo que queda de la civilización occidental, que los títulos de sus canciones, como la claustrofóbica y abrasiva oscuridad de su música, nos recuerdan que muchas cosas no van bien. Desde luego, no es algo ligero ni para el público de OT: la tibia entrada en la sala madrileña confirmaba que, por mucho que el post-rock (o como lo quieran llamar) en todas sus variantes se haya ganado su público, lo del australiano es exigente.

Parapetado entre mesas de mezclas, un portátil, samplers y otros cacharros, un hiperactivo Frost echaba mano ocasionalmente de su guitarra, provocando que de dos enormes amplificadores de bajo saliera un magma sonoro impredecible que se retuerce como una gigantesca criatura viva y que hipnotiza y avasalla a partes iguales. El volumen -esos bajos que te golpean el pecho- es otra de las armas en manos de un creador que concibe su música como una interpretación viva -lo de los amplificadores dice mucho-, en contraste con la estéril electrónica de laboratorio. Esa visceralidad se me antoja su mayor activo, y así quedó patente junto al Manzanares ante un público tan selecto como receptivo, que agradeció la entrega de un hombre que, pese a su fama de huraño, se rindió también a la calidez del público madrileño.