No tenemos más que echar un vistazo alrededor para comprobar la saturación de festivales que se da entre los meses de junio y julio en nuestro país. El indie puede ser normativo en ese sentido, pero los festivales de rock, pioneros en su fórmula, se han sumado a la rivalidad sin cuartel, y Be Prog! My Friend, cita ya clásica para los seguidores del rock progresivo y vanguardista, tuvo una difícil papeleta ante Rock Fest, teniendo que combatir el fuego con más fuego: a los Deep Purple, Alice Cooper o Aerosmith del festival de Can Zam se opusieron propuestas igualmente clásicas e indispensables como Jethro Tull o Marillion con una mayor solvencia que nunca, aumentando sustancialmente su asistencia en relación a ediciones anteriores, muy probablemente por esa apuesta que, con total seguridad, estaba planteada para fidelizar a un público de mayor edad en un recinto fuera de lo que habitualmente entenderíamos como masivo.

Las comparaciones son odiosas, pero en un cartel en el que repetían diversas bandas de ediciones anteriores y por lo general se apostaba por el star system del prog, el conjunto novel Caligula’s Horse no pudo estar a la altura de las circunstancias ni del perfil de banda novedosa por el que suele apostar el festival; muy lejos queda de artistas semejantes como Agent Fresco, contando con la única baza del virtuosismo, que rápidamente quedó en entredicho con la aparición de Animals As Leaders, solventes por momentos aunque excesivos y redundantes en sus fórmulas a caballo entre el djent y el metal progresivo de corte shred. Temas como “CAFO” o “Physical Education” les ayudaron a sentar cátedra y establecerles como banda de referencia en materia de complejidad instrumental.

No tuvo semejante fortuna –aunque poca duda cabe de que era su intención parecer tan o más virtuoso que sus antecesores en el cartel– Mike Portnoy con sus Shattered Fortress, conformados por miembros de Neal Morse Band y Haken, en una ejecución técnicamente competente en la denominada “Twelve-step Suite”, conjunto de composiciones del batería norteamericano para Dream Theater que tratan su proceso de rehabilitación del alcoholismo desde una perspectiva un tanto morbosa, ególatra y hasta petulante, siendo incapaz de conectar con el público más allá de los acérrimos seguidores de la trayectoria de la hegemónica banda de metal progresivo. A grandes rasgos, podría decirse que la impresión general fue un tanto desdeñosa a la par que forzada, mostrándose algo condescendiente con los asistentes. El espectáculo en sí parecía estar hecho para satisfacer las más bajas e impúdicas pasiones de sus fanáticos más que para intentar agradar y convencer al público general.

Marillion

Marillion

Fue notable el contraste que se produjo contra todo pronóstico con el show de Marillion (foto inferior) capitaneados por un pletórico, carismático y teatral Steve Hogarth que situó la actuación de los británicos entre una de las mejores de la historia del festival. Centrados prácticamente en su último álbum de estudio “Fuck Everyone And Run (FEAR)”, su espectáculo logró convencer y agradar mediante fórmulas agridulces en las que se amalgama su clásico neoprog con una oscuridad abismal y nihilista, descreída del sentido de la sociedad contemporánea. Sus magistrales temas “The Leavers” o “The New Kings” lograron impartir una auténtica lección musical que, no obstante, terminó por desdibujarse levemente con un bis un tanto pesado como fue una reivindicativa “Gaza”.

Aunque si de contrastes radicales se trata, Ulver protagonizaron el más pronunciado de todo el cartel. La presentación de su nuevo trabajo, “The Assassination Of Julius Caesar”, les sirvió como excusa para mostrar su artillería: una perfecta amalgama entre un prodigioso espectáculo de láseres y música electrónica que logró petrificar –o por el contrario, poner a bailar– hasta los más ajenos a su son nihilista. “Coming Home” se encargó de cerrar la noche con su coda añadida, cercana a un deep house progresivo más propio de festivales de música electrónica y avanzada que no de un entorno tan sonoramente viciado como el del rock progresivo.

Al día siguiente y mucho más situados en el espíritu del festival, la banda de math rock Jardín de la Croix se situó como una de las propuestas vanguardistas más sólidas del festival, cautivando al público mediante una salvaje avalancha de complejos riffs que dieron un soplo de aire fresco a las dinámicas del festival –muy a pesar de ciertas incidencias en el sonido. Por su parte, Devin Townsend Project– así como los posteriores Anathema – arrastraron diversos de estos errores, que obligaron al frontman canadiense a improvisar un distendido y dicharachero monólogo que amenizó la encapotada velada. A pesar del retraso, el show basado en la interpretación íntegra de su álbum clásico “Ocean Machine: Biomech” logró ser sólido y convincente, aunque en ningún caso explosivo. Sí que cabría destacar su sombrío final con “The Death of Music” y “Thing Beyond Things”, que mostraron la faceta más descarnada de este ecléctico músico.

Los de Liverpool –The Beatles no; Anathema– por su parte arrastraron algunos fallos de sonido de cierta gravedad en sus primeros temas, que sin embargo lograron subsanar con bastante profesionalidad. A pesar de un arranque gélido y distante, el conjunto supo entrar con relativa intermitencia en las dinámicas del directo con “Can’t Let Go” y “Springfield” –ambas de su último trabajo, “The Optimist”– o las versiones alternativas de “Dreaming Light”, “Closer” y “Distant Satellites”, que evidenciaron el entierro de sus raíces doom para profundizar en una nueva faceta que sin embargo parece situarles en un punto de tensión palpable entre los espectadores, aunque no lo suficiente como para dejar de ofrecer un buen concierto.

El final empezaba a dibujarse de la mano del trovador excéntrico por antonomasia, Ian Anderson y sus Jethro Tull. Con un aire reverencial y sumamente educado, el pionero inglés presentó un repertorio sin sorpresas, limitándose a ejecutar con total maestría –a pesar de los más que conocidos achaques de su voz– los clásicos de su trayectoria, como “Living In The Past”, la espectacular “Thick As A Brick”, una versión alternativa de “Aqualung” o la eufórica “Locomotive Breath”. Es cierto que los solos de batería y guitarra de sus músicos lastraron la actuación y se sintieron fuera de contexto, pero en ningún caso impidieron que el concierto fuese de lo más disfrutable.

El claro punto culminante de esta cuarta edición de Be Prog! My Friend llegó con los más que habituales Leprous (foto superior) y su brutal show by request en el que repasaron los puntos fuertes de su carrera con temas como “The Valley”, “Rewind”, “Forced Entry” o una demencial “Contaminate Me”, que a pesar de carecer del apoyo vocal de Ihsahn fue defendida con mucha fuerza y carácter. Sorprendió la improvisación espontánea del tema “Slave” con las luces del recinto ya encendidas, casi anunciando de forma triunfal la etapa dorada en la que se encuentran tanto los noruegos como el propio festival, que brilló a través de sus grandes nombres y demostrando que no siempre es necesario valerse de la vanguardia para firmar uno de los eventos más relevantes en materia progresiva de todo el mundo.