El festival Be Prog! My Friend ha transcurrido, un año más, sin sobresaltos: es decir, de la mejor manera imaginable. Una tercera edición que ha evidenciado la consolidación de una propuesta especializada y con un listón artístico envidiable. Su programación ha sido, de nuevo, lo suficientemente variada en su acercamiento al concepto prog como para no alejar a aquel sector del público menos familiarizado con el género, pero lo suficientemente coherente y cuidada como para cubrir las expectativas de aquellos más instruidos en el campo.

Desdoblado en dos jornadas -una central y otra previa, el bautizado como Welcome Day, con excelentes bandas locales y algunas gratas sorpresas-, el cartel ha registrado su mayor afluencia hasta la fecha, con un recinto más lleno pero manteniendo la comodidad que otorga la no saturación de espacios y servicios.

Estrenaron el escenario Exxasens, con una sorprendente cantidad de público para una tarde de viernes. Su “Supernova” fue creciendo poco a poco, como una estrella expandiéndose desde la nada, para combinar medios tiempos sinuosos y entrelazados con emociones etéreas y contundencia controlada. “My Hands Are Planets” nos introdujo de pleno en su cosmogonía sonora y “Back To Earth” cerró un set concentrado de post trabajado con mimo.

Obsidian Kingdom (en la foto inferior) presentaban su último “A Year With No Summer”, irónicamente bajo un intenso sol, y en él centraron su set, desde la inicial “The Kandinsky Group” hasta la final “Away/Absent”, intenso y brutal cierre del disco y de su descarga. En medio de una y otra, la rítmica y envolvente “Darkness”, la dulce melancolía de la hipnótica “The Polyarnik” y recuperaciones de su debut como la contundente “Last Of The Light”. Una banda compenetrada, como nos tienen acostumbrados; con Esteban Portero e Irene Talló perfectamente integrados a los teclados y la guitarra, respectivamente; y una puesta en escena poderosa y pendiente de estreno en festivales de esta magnitud en nuestro país.

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Tras ellos fue el turno de los rusos Iamthemorning, banda de cámara de background clásico y progresivo que ofreció una puesta bien diferente a la del resto del cartel: violines, apenas percusión, voz femenina y una notable épica folklórica. Más allá de las primeras conexiones con Kate Bush, su discurso sonó fresco pero, a medida que pasaban los minutos, algo lineal y falto de garra. Gran parte del público, eso sí, disfrutó mucho de su actuación y temas como las recientes “Too Many Years” -con ecos a Tori Amos-, “Matches” o la final y delicada “K.O.S.” nos transportaron a lugares lejanos. Destacar la labor de su cantante Marjana Semkina, aparentemente llegada de otro mundo. Les seguiremos los pasos.

Les siguieron los islandeses Agent Fresco, joven banda propresiva, como bromeamos con la mejor de las intenciones, por su sonido más cercano al pop que combinan de forma original y convincente con el math-rock y un claro aroma alternativo. Su vocalista se desveló como un buen frontman, muy hablador -entre otras cosas, dedicó canciones a su madre y a una pareja de amigos de reciente paternidad-. Abrieron con “Anemoi” y “He Is Listening”, más contundente, ambas arranque de su anterior “A Long Time Listening”, y se presentaron en todo momento seguros e imaginativos hasta la final “The Autumn Red”. Uno de los mayores descubrimientos de toda la cita.

Con mayor trayectoria y varios discos bajo el brazo, The Pineapple Thief cerraron la primera jornada con un set urdido a base de cuidados y directos temas de melodías diseñadas para calar, de la sinuosa base electrónica de “Wake Up The Dead” hasta los estallidos eléctricos de “Nothing At Best”; hits que lograron su cometido sin problemas: entretener y cautivar ayudados por una buena ejecución, grandes armonías y unas tablas notables.

El sábado nos recibió con la preciosa sonrisa de Anneke Van Giersbergen junto a parte de su nuevo proyecto, The Gentle Storm, acompañada, como no, de la mexicana Marcela Bovio como segunda cantante. Se centraron en temas de esta nueva aventura musical, pero pronto incluyó por sorpresa “Witnesses”, de su primera época en solitario como Agua de Annique. El sol caía implacable. “Soy holandesa y de piel muy blanca, mañana estaré roja como una sandía”, bromeó. No se amilanó. Al contrario, regaló a sus fans más veteranos una potente “Strange Machines”, clásico de The Gathering que propició el momento más emotivo y con más headbanging de toda su actuación. Remató el set con un tema de Devin Townsend en el que pone voz y se fue como llegó: con una gran sonrisa.

Los norteamericanos Between The Buried And Me eran uno de los nombres más esperados del festival y no defraudaron a sus seguidores; a juzgar por los aplausos generalizados, apostamos lo que quieran a que ganaron, también, a unos cuantos nuevos. Abrieron con “The Coma Machine” y dejaron claro por qué su propuesta funciona en todos los aspectos, incluso en algunos a menudo de complicado equilibrio como el comercial y el de la libertad compositiva menos evidente. Contrastes, crudeza, estribillos, técnica y una perfecta puesta en escena hicieron el resto.

La inclusión de Magma en el cartel era, a priori, todo una proeza. La banda es toda una institución; una apuesta única. Para empezar, cantan en su propio idioma, el kobaïano -no, crear un nuevo lenguaje no es invención de Sigur Rós-. La cara descolocada de muchos asistentes era un poema, pero su actuación fue impecable e implacable, dura, críptica, inasible; de las que dejan perplejos. Christian Vander sigue tras la batería guiando el conjunto con hipnóticos ritmos en bucle que mezclan patrones del jazz y el rock. Incluso músicos de la talla de Mikael Akerfeldt (Opeth) se sienten intimidados por tocar tras ellos, tal como indicó el líder de los suecos al inicio de su show.

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Opeth (en la foto), sin embargo, lo volvieron a conseguir. Su apuesta no fue, esta vez, tan descarnada y aplastante como la de su anterior paso por el festival, en su primera edición, pero resultó igualmente ejemplar y sencillamente perfecta. Empezaron por el sinuoso riff de “Cusp Of Eternity”, tan penetrante como envolvente. No nos libraríamos de su encantamiento hasta el final de la actuación, transcurridas dos horas que nos pasarían en un instante. Siguieron con “The Devil’s Orchard”, pieza maestra del prog metal de notas tétricas combinadas con líneas vocales pegadizas. Sonido grandioso, con todo en su sitio: sección rítmica robusta, detalles mínimos, brutalidad enfocada -pasmosos guturales de Akerfeltd en “The Leper Affinity”-. También sonó tremenda y mastodóntica “Heir Apparent”, sensación que no dejarían de transmitirnos hasta la final “Deliverance”.

Si lo de Opeth fue una lección en toda regla, lo de Steven Wilson Foto superior) fue una definición de masterclass; un clinic musical pero también emocional y vital. Tales son la fuerza y emotividad que impregnan y desprenden las composiciones de este genio contemporáneo que, tras una apariencia frágil y lejos del estereotipo de rock star, esconde un talento descomunal. No es que nos sorprendiera, conocíamos de sobras la naturaleza de su cancionero, pero directos como el del Be Prog! justifican sobradamente todos los elogios hacia su figura. Secundado por impresionantes músicos, Wilson tocó también durante dos horas que se hicieron cortas. Repasó casi al completo su álbum “Hand Cannot Erase” -especialmente estremecedores, por bellos, resultaron el tema título o “Routine”-, aunque también recuperó varios temas de su etapa en Porcupine Tree, empezando por un “Lazarus” que aprovechó para recordar al añorado David Bowie, cuyo último disco incluye un corte del mismo título. Wilson aclaró que es una persona feliz, pero que tocaría “muchos temas miserables”, aunque la tristeza se confundió con euforia ante semejante escenificación, con proyecciones urbanas y de animación tooliana, así como frente a una impresionante sonorización, con torres de altavoces en los cuatro extremos del recinto para una inmersión total. Sin duda lo fue y nos quedamos aletargados el resto del fin de semana.

La belleza de su propuesta contrastó con las cortantes formas, no exentas de melodía, de Textures, quienes cerraron el festival con actitud y canciones, aunque conscientes también de su rol, importante pero muy complicado tras los cabezas de cartel. Desde los Países Bajos, su metal progresivo cruzó groove metal y djent para combinar trazos gruesos en la estela de Meshuggah y marcados estribillos como interesante contrapunto. Un contundente broche que brilló especialmente en temas como “Regenesis”, “Awake” o “Laments Of An Icarius”, de sonido compacto y maneras propias de quien acumula tres lustros de carrera a sus espaldas.

Abandonamos el espacio del Poble Espanyol, física y estéticamente ideal para la ocasión, comentando que el festival aún tiene margen para absorber mucho público; el mismo que, si viviéramos en un mundo lógico y justo, en una vida perfecta, como canta Wilson, ya debería haber pasado por la cita. Esperemos que en su cuarta edición la demanda esté a la altura de la calidad; una propuesta así lo vale.