A falta de un año para su décimo aniversario- momento de hacer balances-, ya se puede adelantar que el Azkena Rock Festival ha materializado de largo el objetivo anhelado por cualquier empresa: fidelizar clientela. Además de comprar la entrada apenas se confirmen nombres, el asistente al recinto de Mendizabala sabe que en el rock caben muchos subestilos y que este, además, colinda con otros tantos. Lo que conlleva a que se de una suma de géneros diametralmente opuestos pero perfectamente compatibles, maneras de entender la música que pasan de la sobreactuación hedonista de Kiss a la sobriedad intelectual de Bob Dylan, y que sin embargo, casan exentos de pompa en el cartel. El jueves 24 los locales Bronze y las suecas Baskery abrieron esta novena edición, dejando paso al apresurado psychobilly  de Legendary Shack Shakers, que junto a Jim Jones Revue sirvieron de estímulo suficiente para enfilar el resto de la jornada. Sobre todo éstos últimos, pupilos talluditos de Jerry Lee Lewis que, simplemente por el trabajo que lleva su líder desde años ha, deberían subir de peldaño. La decepción mayúscula la provocaron Kitty, Daisy & Lewis, grupo episódico en plena pubertad cuyo encanto amateur se reduce a anécdota al escuchar las primeras notas. El tiempo dirá si se les puede catalogar en la sección de juguetes rotos. The Hold Steady cambio las coordenadas espacio- temporales, pasando del rock and roll a 78 r.p.m inglés a las collegue radios norteamericanas de los noventa: o sea, a provocar morriña por Replacements y Soul Asylum. Empezaron con “Constructive Summer”, y excepto por mermas de intensidad coyunturales, el concierto fue rodado. Gov´t Mule fueron al grano por lo acotado de su tiempo, y se agradeció. Con una cerveza en la mano, se puede concluir que el binomio pan y circo se personifica con Airbourne. Tanta acrobacia instrumental (¡hasta veinte metros del suelo!) acaba chirriando. El viernes 25 el epígono de los añorados Georgia Satellites, Dan Baird & The Homemade Sin, sonaron lúdicos, como pretenden, aunque no tanto como El Vez. Epatante (y perdón por el tópico) repertorio de trajes y de versiones, medleys imposibles de Mocedades con The Clash y Elvis con la Velvet, y cabaretera actuación. Imelda May se antojó por debajo de las expectativas. Un sonido exiguo y un escenario, el principal, demasiado grande para alguien que lleva tiempo currándose los aforos más pequeños fueron causas ajenas a su encanto. Teddy Thompson luchó contra el despiste generalizado del público de ver a un joven y a su acústica en el festival de las guitarras. Más que digno, el hijo de Richard y Linda Thompson tiene canciones y trayectoria. Habrá que tomarle más en serio. The Saints defraudaron tanto que incluso los que pasamos del fútbol nos acercamos a ver el partido de España, y de paso a coger sitio para The Damned. El miedo a las giras alimenticias se disipó enseguida: siguen en forma y coreando “Neat Neat Neat” o “Smash it Up”. Slash fue el foco de atención en un bolo meramente nostálgico y artificial (“Sweet Chile O Mine” por boca de Myles Kennedy como que no cuela), y turno para Kiss. Quizá por que al abajo firmante no le pilló de joven su música, ahora no puedo sino asombrarme de cómo canciones tan anodinas hayan podido llegar tan alto. Plataformas elevadoras, llamas, petardos y… ¡fuegos artificiales! (“¿son fiestas de Vitoria?” preguntaba algún desorientado por allí) y demás megalómana pirotecnia no maquillan sus canciones. Exceptuando “Rock and Roll All Night” (ahí sí que sí), la verborrea de ese trasunto de Sara Montiel que es Paul Stanley dio la puntilla a un concierto efectista. El sábado 26, el hard setentero de Maggot Brain superó en calidad al garaje australiano de The Roussian Roulettes, no así el blues deconstruido de The Cubical, una banda a tener en cuenta. Robert Gordon traía a como acompañantes a Slim Jim Phantom (Stray Cats) y Chris Speeding, casi nada, y en un set plagado de versiones nos dejó maravillado. Igual que Terry Adams R&R Quartet, repertorio perfecto y un sonido dictó sentencia a su favor a sus más de (infravalorados) cuarenta años en el negocio. Bob Dylan, como es costumbre hizo lo que quiso, ralentizó las canciones y concedió material mítico a espuertas (desde “Just Like a Woman” a “Like a Rolling Stone”, ésta cerrando el concierto). Es decir, se disfrutó. Chris Isaak fue el ganador de este año, y dejó claro porque le dieron un programa de televisión en Estados Unidos. Excelente comunicador, la (maldita) tormenta no aguó la fiesta a nadie, es más, dio un nuevo brío a su aura de perdedor, y al público, lo que le corría por la mejilla no eran gotas de lluvia precisamente. Imposible no emocionarse con “Somebody´s Crying”, “We Lost Our Way”, “One Day”, Wicked Game”, “Blue Hotel”, “San Francisco Days” o “Pretty Woman”, de su adorado Roy Orbison. Y es que llamar Forever Blue a un disco y Mr. Lucky a otro es una deliciosa contradicción que sólo él la puede llevar a cabo.