Una nueva cita con el Azkena Rock Festival puso de manifiesto lo que ya sabíamos: que es de largo el evento mejor organizado y más cómodo de los que se celebran en la península. Además, este certamen goza de una sólida y potente propuesta musical que permite disfrutar en su totalidad (sin horarios ni escenarios que se solapen) de una oferta en la que tiene cabida un amplio abanico de grupos. Y todo ello sin necesidad de cabezas de cartel deslumbrantes. Ésta era la cuarta edición, tras una primera que fue de tanteo, una segunda en la que el festival dio un giro de ciento ochenta grados (con grupos contrastados como The Cramps, Steve Earle, Cracker y el estímulo con carácter de histórico de unos Stooges que volvían tras casi tres décadas de ausencia voluntaria) y una tercera marcada por la irregularidad, en parte porque había demasiado dinosaurio de por medio. Así que esta vez tocaba redimirse. El jueves tuvo lugar la deslucida fiesta de presentación (único punto negro de esta edición), debido a la falta de un protagonista de tronío. En primer lugar, los jóvenes sureños del norte The Soulbreaker Company y los veteranos Los Deltonos representaron a nuestra cantera. The Steepwater Band, por su parte, desgranaron una especie de blues rock que ni emocionó, ni consiguió encandilar al personal. Wilco, que eran el principal aliciente de aquella noche, debían dar un concierto sorpresa, pero Jeff Tweddy no estuvo por la labor y, a parte de ofrecer una actuación de muchos quilates en la que desglosó casi entero “A Ghost Is Born”, los únicos elementos inesperados fueron un prometedor tema nuevo y la recreación de una pieza folk tradicional. La posterior jam fue una anécdota sin más, aunque al final Patterson Hood (Drive By Truckers) consiguió elevar el escuálido nivel. En la jornada del viernes, a los madrugadores Split 77 le siguieron Towers Of London, una novel formación inglesa recomendada por Nikki Sixx (Mötley Crüe), que cabalga entre la herencia de Sex Pistols y un hard rock con permanente vocación de himno. A la espera de ratificación mediante un disco que cumpla las expectativas creadas por su single de avance, demostraron que su fórmula puede funcionar. Les siguieron Rose Hill Drive, interesante power trio de Colorado anclado en los setenta que empleó buenas maneras, aunque jugando en una división inferior a la de otras bandas que actuaron con posterioridad. A continuación, Masters Of Reality confirmaron su condición de grupo de culto amparado en el historial de su líder, Chris Goss. El que fuera productor de los seminales Kyuss dirigió una actuación correcta que, en cualquier caso, no dejó huella fuera del círculo de fans más acérrimos al stoner, ni siquiera con la intervención del ex-QOTSA (actualmente en Dwarves) Nick Oliveri. Drive By Truckers debutaron en nuestros escenarios derrochando energía guitarrera y reivindicando la vitalidad de su rock americano, confirmándose así como un fuerte valor en alza. Los de Alabama, por cierto, tuvieron una dedicatoria para el local Tipitinas de la devastada New Orleans. Gov´t Mule, por su parte, exhibieron apasionadamente su condición de músicos excepcionales. Evidentemente, son una jam band de primerísimo orden, pero por razones obvias no igualaron la complicidad banda-público alcanzada en su reciente e inolvidable gira hispana en locales reducidos. Algo parecido, incluso más acentuado, sucedió con Wilco. A Jeff Tweedy y compañía hay que agradecerles que den una vuelta de tuerca a un género tan inmovilista como el llamado americana, pero no siempre los resultados son enteramente satisfactorios, especialmente si la audiencia no se entrega de antemano como en esta ocasión. En cuanto a Social Distortion, un grupo muy caro de ver por estas latitudes, se erigieron en uno de los triunfadores del festival. Con un Mike Ness sobrado de carisma ejerciendo de líder indiscutible, los californianos presentaron la elegante evolución que ha seguido su punk rock hasta llegar a la madurez, con la incorporación de teclados y un discurso que -además de insultar abiertamente a George Bush- rinde homenaje al country y otros estilos de raíces americanas. Menos pletóricos se mostraron Deep Purple, quienes, a pesar de todo, supieron jugar la baza de un repertorio clásico entre clásicos. “Highway Star”, “Lazy”, “Perfect Strangers” o “Smoke On The Water” (con solo de guitarra de Warren Haynes) fueron algunas de las armas con las que combatieron la ya asumida deserción de Ritchie Blackmore y las carencias de Ian Gillan. Finalmente, The Dwarves desgranaron de madrugada su punk desquiciado e intrascendente. A pesar de la reciente incorporación de Nick Oliveri, su propuesta sigue siendo válida para divertir unos minutos, siendo olvidada inmediatamente después. El sábado se inició con los vascos Hash y su enérgico repertorio deudor de estilos afroamericanos. Tras ellos, el que fuera batería de Kyuss, Brant Björk, desplegó con su banda un evolucionado stoner que incluyó una curiosa versión de “Sunshine Of Your Love” de Cream, así como una breve y anecdótica aparición de Chris Goss de Master Of Reality. Un cambio total de registro llegó con Electric Six y su peculiar combinación de potentes guitarras con bases bailables. Los norteamericanos se pusieron al público en el bolsillo con su cachonda puesta en escena, sus pegadizos temas y una informal versión de “Radio Ga Ga” de Queen, tras la que llegó el turno del auténtico bastión mediático de esta edición, el grupo liderado por Juliette Lewis, Juliette & The Links. La actriz saltó al ruedo dispuesta a comerse el mundo, con una movilidad y carisma nada desdeñables y una imagen entre la de Iggy Pop y un Mick Jagger ochentero. Su banda se reveló simplemente correcta y Juliette acabó manteada por el respetable mientras vociferaba “Search And Destroy”, un buen reclamo ante la falta de temas propios de suficiente calado. Desde un punto de partida más sólido, Beasts Of Bourbon lograron que su rock australiano de ultratumba pasara de un inicio marcado por el desconocimiento casi general, a un caluroso final cimentado en unos temas sin concesiones a la banalidad. Televisión, en cambio, no nos hicieron levitar, pero por lo menos tampoco arrancaron demasiados bostezos. Optaron por la elegancia y sólo les sobró esa patética versión del “Knockin´ On Heaven´s Door”, así como un cuelgue instrumental innecesario antes de atacar con osadía “Marquee Moon”. En cuanto a Bad Religión, a pesar de un comienzo irregular -con problemas de sonido y mucho tema de relleno- consiguieron remontar el vuelo cuando echaron mano de los clásicos. El bis fue irresistible, con esa triada compuesta por “You And Me”, “Punk Rock Song” y “American Jesus”. Lo de The Pogues era una opción de riesgo que acabó por convertirse en valor seguro. La comunión entre Euskadi e Irlanda provocó la celebración de un concierto tradicionalista del que todo Cristo salió satisfecho, mientras se imponía el folk y la banda se mostraba sobria y elegante. Shane McGowan estaba tan castigado como imaginábamos y “Fiesta” fue uno de los momentos del festival. Posteriormente, la de Queens Of The Stone Age fue la actuación más sólida y atractiva que hayan visto nuestros ojos de la banda de Josh Homme. Con una actitud chulesca, atrevida y desafiante, un batería salvaje y la incorporación de la teclista de Eleven como elemento original y colorista, dieron un vuelco a las previsiones creando la atmósfera propicia para un recital de cinco estrellas. Muy parecido fue lo que ofrecieron unos Monster Magnet tocados por una varita mágica. Tiraron de clásicos (“Powertrip”, “Negasonic Teenage Warhead”…), recurrieron al efectivo truco de las dos plataformas y Dave Wyndorf volvió a dejar claro que hay pocos frontman como él. Un glorioso y enérgico colofón.