Viernes, 20 de junio

Una edición más, y ya van 13, cumple Azkena Rock. Festival, que más que un acontecimiento, es casi un milagro. Trece años surcando su propio camino; un camino que parecía imposible en 2002 pero que, ya desde su segunda edición, se convirtió en un ente de una trascendencia enorme. Tienen razón los que, efectivamente, señalan que es el público quien ha hecho este festival. Pero no es menos cierto que ha sido el propio festival el que ha unificado el sector cultivado y curtido en mil batallas rockeras, con el añadido de atraer a otras facciones y educarlas musicalmente y/o acrecentar notablemente sus conocimientos musicales. Ambos fenómenos se retroalimentan. Como consecuencia, salimos todos ganando: público, festival, grupos musicales y la propia ciudad.

Es cierto que vivimos tiempos difíciles, y tanto los festivales como las salas de conciertos están sufriendo lo indecible. Quizás debamos valorar el enorme logro que supone mantener un festival durante tanto tiempo, más aún en el contexto de una recesión económica que dura ya 6 años. No nos engañemos: el cartel de los últimos dos años no llega al nivel de los de hace 4 o 5, de manera que estamos manejando cifras bastante discretas si las comparamos con no hace tantas ediciones. Así que si el viernes fuimos 14.000 los asistentes, el sábado no llegamos a 12.000. De todos modos, este año quizás haya sido superior al anterior y, sobre todo, el Azkena sigue siendo sinónimo de garantía y el lugar ideal para descubrir un buen ramillete de bandas underground, algunas de las cuales se convertirán en acompañantes para toda nuestra vida.

De manera que ni en broma se me hubiera ocurrido perderme el concierto de los Death Metaleros 13 Left to die. Los gasteiztarras, finalistas del concurso Villa De Bilbao, ofrecieron un show bastante impresionante. A pesar de ser las 17:15 de un viernes, había muchas ganas y bastante gente animando. Los 6 temas que tocaron se nos hicieron muy cortos, pero aprovecharon su oportunidad y demostraron con creces su valía. “Who pulls the trigger” y “Cowgirl” sonaron apabullantes. La colaboración del cantante de Childrain en “Inside” fue mortífera, solo empañado por el hecho de que le falló el micro en la primera mitad de la canción. Un grupo de componentes tan distintos solo demuestra lo ecléctico que puede llegar a ser el metal. Una actuación memorable del grupo más duro que ha pasado por el Azkena, con permiso de Hank III. La única pena fue la baja del batería (aunque su sustituto cumpliera con creces) Oier Drummer, que esperemos se recupere pronto.

Nos las prometíamos muy felices esa calurosa tarde de viernes, y con el ánimo por las nubes (nunca mejor dicho, según veréis muy pronto) nos dirigimos a la carpa, donde nos esperaban los majestuosos Monster Truck. Sin palabras. Así nos quedamos cuantos nos acercamos al Stage 2. Igual que la actuación anterior, 6 fueron los temas que pudimos disfrutar en un concierto solvente como pocos. “The lion”, la primera que tocaron, bastó para meterse en el bolsillo al exigente público de Mendizabala. Serios, dinámicos y divertidos, los Monster Truck son, desde ya, uno de los mejores combos que han pisado este recinto. Fuerza de guitarra, pasión, voz potente y estilo, mucho estilo. “Old train” hizo cantar hasta a los que en la vida habían oído al grupo, lo mismo que “Sweet mountain river” y “Fort he sun” (¡tremendos!). Expertos en hacer corear y participar al público, se fueron por la puerta grande con “Seven seas blues”, otro himno de bar lejos de melodías facilonas y otras frivolidades.

Los pocos presentes a los que se les ocurrió girar la cabeza habrían observado que el cielo estaba muy cabreado. El tiempo cambió bruscamente y empezó el viento y la lluvia, esa maldita que nos fastidió el día a muchos. Dentro de la carpa apenas notamos nada, y dado que se tuvo que suspender el concierto de Bombus en el escenario principal, permanecimos en la carpa para presenciar el bolo de Hudson Taylor, dúo irlandés de voces impolutas y refinadas. Técnicamente rozando la perfección, su folk blando no consiguió atraparnos como los combos anteriores, a pesar de que su calidad queda fuera de toda duda y canciones tan redondas como “Drop of smoke” lo atestigüen.

Y con la salida de la carpa llega el momento de enfrentarse al clima. No hay tregua, pero hay que seguir. “March or die”, que diría el director de cine Dick Richards. Seasick Steve bien lo merece. El sexagenario bluesman no transmite, para nada, la imagen de entrañable anciano que pudieran esperar. Este tipo demuestra un espíritu bastante más joven que muchos veinteañeros. Los que ya disfrutamos con su concierto del Bilbao BBK Live de 2011 lo sabíamos, y aunque la tontería de subir a una chica que podría ser compañera de clase de sus nietas (encima para no cantar) ya huela un poco, sus conciertos son tremendamente dinámicos. Un tipo divertido, canalla, con un batería barbudo amante de la botella, pero sobre todo con un ritmo trepidante. El dúo es impresionante, y “Keep on keepin’ on” y “Don’t know why she love me but she do” son, sencillamente, frenéticos. A estas alturas, uno no deja de sorprenderse por la juventud de un sector del público, que a duras penas supera la mayoría de edad, pero al que pude ver disfrutar enormemente. Estos últimos años he podido observar grupos de chicos y chicas animando, saltando y cantando todas las letras de algunos artistas no tan conocidos. Algunos de ellos con una cultura musical muy a tener en cuenta. El futuro, podría pensarse, está asegurado. Pero es muy pronto para asegurarlo. Mientras tanto, Seasick Steve siguió dándole a todo tipo de guitarras, la mayoría fabricadas por él mismo (algunas estrambóticas pero
con un sonido glorioso), mientras el batería le daba a una cazuela (suponemos que por la rotura de un plato que veíamos astillado) y, más tarde, pasaba una escoba para acompañar a la guitarra de Seasie. Algo que ya pudimos observar en el documental sobre Neil Young “Heart of Gold”. Estos dos señores logran un ambiente impresionante, y todo con un blues y blues rock rudimentario, carismático y enorme. El country de “It’s a long long way” nos mostró la otra cara de un tipo cuya capacidad de conectar y de producir música atemporal parecen ilimitados.

Algunos esperábamos con ansia a los legendarios The Stranglers. A veces es enormemente fácil distinguir a un músico inglés de uno norteamericano. Aunque no deje de ser pura intuición, hay ciertas actitudes, expresiones y gestos que los diferencian. Baz Warne, que comparte las voces con el bajista Jean-Jacques Burnel (recordemos que Hugh Cornwell abandonó la formación en 1990), tuvo el detalle de dirigirse a nosotros en un más que aceptable euskara: “Aupa, zer moduz? Gu gara Stranglers, Ingalaterratik!”, ante la gran ovación del público de la carpa. Baz es quien lleva el peso de una banda que actualmente cuenta con solo dos personas que tocan de pie –detalle importante- más batería y teclados. El bajista Burnel se mostró algo estático aunque fue mejorando y entrando en ambiente en el contexto de unas canciones preciosas, sofisticadas y apabullantes. “Hanging around”, “(Get a) grip (on yourself” y “Skin deep” son una muy buena tarjeta de presentación, aunque al público le costara un poco entrar en calor. Las exquisitas líneas de bajo de “Nice’N’Sleazy” marcan la personalidad de un grupo diferente, adictivo y volcánico. “Peaches”, “Relentless” y “Duchess” precedieron al instrumental que daba paso al clásico entre clásicos “Always the sun”, con un público ya totalmente eufórico. “Nuclear device” con otro impresionante trabajo del bajista dio paso a una de las mejores versiones de los ingleses: “Walk on by”, de Dione Warwick. La versión “All day and all of the night” de los Kinks, en cambio, fue totalmente innecesaria para un grupo con semejante repertorio, aunque a juzgar por la respuesta del público, la formación actual de los Stranglers debió de irse más que contenta. Y la dinamita punk final con “Something better change” y el legendario “No more héroes” les hizo salir, paradójicamente, como héroes. Héroes contestatarios de la supervivencia musical.

Los Scorpions siguen cosechando grandes elogios allá por donde van. Y a tenor de lo visto en Gasteiz, sólo puedo sufragar todos los comentarios positivos. Hay que tener en cuenta, además, que los alemanes llevaban 10 años sin pisar Euskal Herria, en aquella memorable actuación del Velódormo de Anoeta en 2004. Hoy, en pleno 2014, siguen confiando en sus temas más recientes, y precisamente fue “Sting in the tail” tema de, por el momento, su último álbum de estudio (aunque tenga ya 4 años) la encargada de abrir el atronador show. He de decir que me impresionó sobremanera que tocaran “Make it real” a continuación, tema que nunca había oído en directo. Analizando el repertorio más profundamente, en mi opinión hubo demasiadas baladas que, unidos a la lluvia, desaceleraron por momentos un concierto que iba camino de arrasar. Porque es increíble lo carismático que sigue siendo Rudolf Schencker. Un auténtico animal de escenario. Matthias Jabs, el otro guitarrista, sigue aportando mucho a un grupo en el que está desde que muchos tenemos memoria (desde el año 1978!) y Klaus Meine, nuestro gran Klaus, que a sus 66 años lo da todo para su público. Este día notamos sus cuerdas vocales un poco flojas en ciertos momentos, aunque supo dosificar sus fuerzas. Es evidente que “Blackout” es un auténtico tormento para él, e incluso llegué a pensar que la lluvia y el viento afectaron a su voz, pero esto solo es una suposición. Klaus, por encima de todo, sigue siendo ese enorme frontman que maneja a la audiencia con maestría y se mueve muy solventemente. Hubo varios medios tiempos (“Is there anybody there?”, “The zoo”, “Coast to coast”, “Loving you Sunday morning”, “Holiday”), deliciosos, eso sí; un ramillete de temas nuevos o semi nuevos (“Sting in the tail”, “The best is yet to come”, “Raised on rock”) y baladas. Muchas. Hasta 5, sin contar los medios tiempos. “When you came into my life”, “The best is yet to come”, “Send me an angel, “Still loving you” y “Wind of change”).

Los feroces “Hit between the eyes”, “Raised on rock”, “Tease me please me”, “Big city nights” (con gran participación del público a los coros) o los ya mencionados “Sting in the tail” y “Blackout”, equilibraron un poco la balanza de un show un tanto descompensado. Nada malo puedo decir de la actitud de estas auténticas leyendas vivas que llevan la friolera de 42 años haciendo felices a los fans del Hard Rock. También resultaron impresionantes los efectos visuales de luces y de unas pantallas que explotaban a fondo las posibilidades que ofrecen las técnicas de hoy en día. Especialmente reseñable la pantalla central que hacía parecer a la banda viajar por una autopista a mil por hora en “Coast to coast” y algún tema más. El final con “Rock you like a hurricane” remató una actuación que recibió el beneplácito general de un show afectado enormemente por la lluvia y el cansancio acumulados por los espectadores, entre los que se encontraban familias enteras con críos de 3 años para arriba.

Mojados hasta los huesos y cansados (tened en cuenta que era un viernes), decidimos retirarnos muy a pesar nuestro, a pesar de tener que perdernos a Marah y Unida, grupos a los que teníamos especiales ganas. Decidimos, aún así, recobrar fuerzas para atacar duro al día siguiente.

Sábado, 21 de junio

Este sábado, a pesar de venir preparados para la guerra (recuerden, “March or die”) en forma de lluvia y relámpagos, no cayó ni una gota en el recinto, lo que creó un ambiente relajado y optimista. Un ambiente perfecto para disfrutar de este gran privilegio que supone el Azkena Rock Festival.

Despegamos con los jovenzuelos irlandeses The Strypes. Para ser sincero, no pensé que fueran capaces de armar la que armaron. Y es que, a pesar de que en disco y en los clips me habían resultado bastante blandos, nada de eso se cumplió en el directo. Fue realmente increíble ver la reacción de la gente, la carpa absolutamente llena aplaudiendo y cantando. Su directo supera en mucho a sus canciones grabadas, y sobre todo deja en nada a sus videoclips. El final con el apoteósico “You can’t judge a book by the cover” del maestro Bo Diddley y “Heart of the city” (de Nick Lowe), entre otros, fue para enmarcar. Parece ser que será el grupo revelación de este año. Ahora solo les queda confirmar su buen inicio con una carrera a largo plazo.

Salimos pitando hacia el escenario 3, que este año ha vuelto para regocijo de los que hemos descubierto en él a un buen puñado de magníficas bandas. La sola idea de poder ver a los gasteiztarras Soulbreaker Company nos excita sobremanera. Y es que no son muchas las ocasiones de ver a este grupo que lo tiene absolutamente todo. Ya desde su arranque con “Many so strange” comprobamos que siguen disfrutando enormemente regodeándose en sus instrumentos. “Oh! Warsaw” nos hizo cerrar los ojos mientras cantábamos esa melodía tan profunda y psicodélica, al tiempo que agitábamos la cabeza. Y es que solo por las partes instrumentales (cuanto más largas, mejor) merecería la pena acercarse a verlos. ¡Eso sí que es sacar brillo a una guitarra, un bajo, un teclado! “Colours of the scene”, “You!” o el ya legendario “It’s dirt” fueron otros temas que sonaron bajo el abrasante sol de la capital alavesa. El cantante Jony Moreno es una garantía de carisma y técnica vocal al frente de un grupazo que merecería actuar en alguno de los dos escenarios grandes, ya que poseen un sonido y unos temas que ya quisieran muchos grupos que tocan en la carpa o en el escenario más grande solo por su procedencia.


Joe Bonamassa
llegó a Gasteiz arrasando, “Oh beautiful” no podía deparar ningún otro resultado. Esta y la continuación con la aplastante “Story of a Quarryman” marcaron la cima de un concierto impresionante lleno de solos de guitarra perfectos y, más importante aún, plagados de sentimiento y alma de auténtico blues. Su voz, algo gritona, no estuvo falta de energía y la manejó con soltura. Sus versiones de Jeff Beck (“Blues Deluxe”) y de Tim Curry (“Sloe Gin”) nos demostraron que huye de lo obvio y manoseado. “Love ain’t a love song” fue otra de las grandes triunfadoras en un concierto donde el público (culto y muy puesto en el blues) vino a disfrutar y a bailar.

Blondie tenían la difícil tarea de convencer a un sector que probablemente los ve en el lado comercial del ruedo. Y aunque bien es cierto que algunas de sus nuevas canciones se podrían catalogar como de radio-fórmula, en el fondo todos sabemos que los neoyorquinos siempre transitaron por ese lado comercial de la industria, aunque siempre con un ojo puesto en la calidad de sus temas. Calidad de una música de profundas raíces callejeras y de new wave, sin hacer ascos a ritmos reggae e incluso de hip-hop. “On way or another” fue la elección más inteligente para comenzar, el punto de encuentro entre toda clase de fans, que los hay muchos. A renglón seguido se la jugaron con el set de canciones recientes: La famosísima y comercial “Rave”, la no menos conocida “María” (de acuerdo, esta es de 1999, pero pertenece a la segunda etapa de Blondie, la del regreso), “Good boys” y “Mile high” con desigual resultado. La gente más joven, muy abundante y con predominancia femenina, lo flipó con todas estas, apoyada por el sector femenino, digamos, maduro. A pesar de todo, el público rockero no terminó de pillarle el gusto. Además, Debbie Harry se mostró algo débil, incluso frágil, aunque fue cogiéndole el gancho de manera similar a como lo hizo en el Bilbao BBK Live de 2011. Da la impresión de que empieza fría, dubitativa y algo impotente, que después atraviesa diferentes fases de subidas y bajadas, para terminar arrasando, que es lo que hizo en la parte final. “Call me” y “Hanging on the telephone” contribuyeron a la recuperación, que tomó forma (con el intervalo de “A rose by any name”, otra de cosecha reciente) con “Rapture” y su legendaria parte hip-hopera, esta vez enlazada con el “Fight for your right” de los Beastie Boys. Sin duda, este fue el punto de inflexión, a pesar de la cara de despistados que ponían los seguidores, digamos, no rockeros. “Atomic” (subida), “Sugar on the side” (bajada) nos mantuvieron en esa esquizofrenia de temas nuevos Vs. clásicos para encarar el final, esta vez sí, todos en una; pletóricos. “Heart of glass”, impresionante, nos hizo comprender el porqué de que Debbie llevara un espejo de corazón colgando del cuello durante todo el concierto. En los bises, “Euphoria”, aunque nueva, triunfó en parte gracias a su ritmo ragga y “Dreaming” se encargó de rubricar una actuación que, viendo su desarrollo, se nos hizo hasta corta. Debbie mostró carencias vocales en ciertas canciones, que suplió con elegancia para conseguir un final bastante apañado, lo que no es poco en una cantante que está a punto de cumplir los 69 años.


Wolfmother
sería, seguramente, el grupo más esperado de todo el festival junto con los Scorps. Y Blondie. Fue impactante comprobar las ansias del respetable por ver a la banda que una vez estuvo llamada a salvar el rock and roll y, en parte, lo consiguió. Su visita por el festival en el año 2006 dejó un recuerdo imborrable y ya había muchas, muchísimas ganas de ver en acción a Andrew Stockdale y sus nuevos muchachos. Y es que, como sabréis, el grupo, tras vender más de un millón de copias de su debut, sufrió una traumática ruptura cuyas consecuencias llegan a nuestros días. Desde que sonaron las primeras notas de “Dimension” el público saltó y rugió en unas primeras filas totalmente fuera de sí. Una vez más flipé con la juventud de muchos asistentes, que además se sabían todas las letras menos las del último disco, como muchos otros espectadores. “New moon rising”, la celebradísima “Woman”, el no menos clásico “White unicorn” o la incitadora al pogo “Apple tree” revolucionaron a un público totalmente predispuesto. Stockdale tiene estilo y es el alma del grupo, y aunque tenga un timbre de voz algo gritón y monocorde, es uno de los grandes del rock and roll de este siglo. Aunque el que es puro espectáculo es el bajista Ian Peres, que encima alterna el bajo con los teclados, a los que sonsaca sonidos de pura magia. Espectacular. La versión más lenta y con teclados de “Mind’s eye” nos gustó incluso más que la original, y nos hizo reflexionar sobre los caminos que podría tomar el grupo en un futuro si se lo proponen. Podrían potenciar el sonido psicodélico con mayor presencia de los teclados e incluso ralentizar los temas y sería algo mágico, aunque esto solo forme parte de las fantasías del que esto suscribe. “California queen”, “Heavy weight”, “New crown”, “Tall ships”… como veis, los tres últimos temas nuevos, que también fueron bien recibidos. Y con “Vagabond” y “The joker & the thief” demostraron cual es el disco de Wolfmother más legendario: el del debut.


Royal Thunder
nos sorprendió por su singularidad, que se ve reflejada en la especial imagen, o aura, que desprende el combo norteamericano. La bajista y cantante fue un portento de fuerza y poderío vocal, apoyada por un grupazo de sonido extraño y enérgico. Por momentos se asemejó a un concierto de blues eléctrico que a la mínima saltaba a un potentísimo rock duro con una voz poderosísima. Sin duda, un grupo a tener en cuenta y otro más para la lista de posibles próximas visitas a nuestras mejores salas.

La idea de ver a un trío de barbudos teutónicos ensimismados con sus instrumentos nos seducía enormemente, y nos dirigimos a ver la última actuación del festival, la de los impresionantes Kadavar. Grupo que, por increíble que parezca, solo lleva en activo 4 años. Digo increíble porque pocas veces se puede ver a un combo de semejante solvencia. ¡Parece que llevan toda la vida en esto! Chirría la guitarra, ruge el bajo y se desbocan los tambores: el espectáculo ha empezado. Solo con escuchar “Liquid cream” y “Living un your head” podemos rendirnos a la evidencia, aunque “Doomsday machine”, con ese tono de voz un punto más alto, seguramente se merezca el título de mejor canción de Kadavar. Maravilloso. A estas alturas, se nota al respetable con el lógico cansancio de tantas horas de pie, pero el sacrificio merece la pena. Este grupo es como una mole compacta al que es imposible encontrarle ningún tipo de fisura. El enorme –también por tamaño- bajista Mammut parece estar en su propio mundo mientras llena el escenario con sus posturas y sus adictivas líneas de bajo, mientras Lupus Lindemann sacas riffs hasta debajo del escenario y arrasa con su voz. El batería es una máquina de machacar todo lo que se le pone por delante, eso sí, con precisión de metrónomo. Compactos, serios, apabullantes. Una de las tres mejores actuaciones del festival. “Black sun”, “Come back life” o la penetrante “Goddess of dawn” pueden dar fe de ello.

De camino a la salida cuál fue nuestra sorpresa al comprobar que había un grupo tocando en el escenario 3, que encima sonaba como un cañón tocando una canción de Cactus, que a su vez era una versión de un viejo bluesman (no estoy seguro, pero creo que de Howlin Wolf). Al terminar el impresionante tema el grupo se retira. Al preguntar a uno de los espectadores este nos responde: se llaman Bourbon y son de Cádiz. Estaban programados para el viernes en este mismo escenario, pero la lluvia les había impedido tocar. ¡Otro grupo más que descubrimos en el escenario 3! Y es que el Azkena nunca deja de sorprender.