Es curioso, creo yo, si se me permite la digresión, que justo antes de que empezara el espectáculo, tomando una cerveza y avivando la gazuza gracias al olor a calamar cociéndose a fuego lento, habláramos de dos críos del barrio. Llevan camisetas de los Judas Priest, escuchan a los Black Sabbath y se saben de memoria la letra del “We’re Not Gonna Take It” de los Twisted Sister. Con una languidez impropia de su edad, uno de ellos nos dijo el otro día: “yo es que tendría que haber nacido treinta años antes.” Solo le faltó suspirar. Nosotros coincidíamos en la misma opinión: justo la contraria. Mirar hacia atrás y admirar en diferido está bien, pero renunciar a lo que nace nuevo, a lo que protege, prospera y perpetúa no nos parecía lo más adecuado. Y digo ahora que es curioso porque, cuando volvíamos en el metro, iba yo pensando en silencio, sin decírselo a nadie (hasta ahora que lo suelto así, a vuelapluma) y se me ocurrió pensar que me habría gustado que este chaval del barrio hubiera visto con nosotros a los Durango 14 y a Ash Grunwald. Luego le doy sentido a esto y lo recupero al final para explicaros por qué, ya veréis.

El domingo, Ash Grunwald (foto inferior y encabezado) cerró en Bilbao, con un concierto matinal, su gira peninsular. Grunwald tiene jerarquía y peso en su escena nacional, Australia; en dos lustros y pico de carrera, camino ya de la grabación de su décimo larga duración, ha tocado también en Europa, Estados Unidos y Canadá. Tiene muchos sellos en el pasaporte, seguro. Sin embargo, por aquí, para muchos, y me incluyo, permanecía como un nombre desconocido, de los que tienes que teclear en google para después asombrarte de todo lo que vas descubriendo. Se presentaba acompañado al bajo de Fernandito Beaumont, largo como el mástil de su instrumento y de sonrisa difícil pero amistosa, y Joel Purkess, baterista, más risueño, amable con los platos, capaz de tocar rápido con los brazos cruzados y al cargo de una batería nacarada que compartirían las dos bandas del día, si no me confundo. Como estaba allí abandonado, pegado con celo en el suelo cuando entramos, fotografié el setlist para saber de antemano qué iban a tocar y te puedo decir que no me sirvió de mucho, porque invirtieron el orden del listado de canciones a su gusto y capricho. Primero, empezaron en formato power trío, con Ash Grunwald de pie, esgrimiendo una Gibson de cuerpo hueco que, por supuesto, tocaba sin púa, moviendo los dedos de ambas manos por el instrumento como si fuera un libro de poesía escrito en braille. Así arrancaron y así siguieron, sin bajarse del pedestal, viendo desde la altura la planicie de raíces que sobrevuelan los drones del futuro: es decir, mezclando tradición e innovación, siempre sustentados en la pericia instrumental de los tres y en la hondura y relieve de la voz de Grunwald. Después, llegó la parte sentada, cuando Grunwald agarra un dobro metálico que parece sacado de una escena de Mad Max. En la banqueta, encorvado para arrastrar con soltura el slide por el diapasón, se le nota cómodo. Destacó, para mi gusto, “You Ain’t My Problem Anymore”, una de las nuevas canciones que le han devuelto a la luz pública dos años después de la publicación de NOW, su último disco. La otra canción recién estrenada, “Hammer”, que, como el mismo Grunwald explicó, ha sonado recientemente y para la ocasión en la radio estatal, la tocaron de pie. También con la sonoridad del dobro, tocaron “Mojo” y la versión del “Crazy” de Gnarls Barkley que le dio, en su momento, una buena dosis de popularidad en su país. Fue, además, una versión sugerente y efectiva, que sorprendió por la rapidez y energía con la que la ejecutaron. Volvieron a la Gibson y tocaron “Open Country” de su álbum NOW que sonó más orgánica y personal que en la original grabada, igual de bailable y fibrosa, pero donde se nota mucho la tonalidad que imprime Ian Peres de Wolfmother. Por destacar más, en los momentos de pureza y arraigo, se lució versionando el “Crossroads” de Robert Johnson y en el homenaje al que llamó su héroe personal, Howlin’ Wolf. Dos nombres que dejan bien claro de dónde viene y nace la música de Grunwald; pero, después, por ejemplo, es capaz de repasar un clásico como el “Ain’t No Sunshine” de Bill Withers y jugar con la composición, deconstruirla, interactuar con el público, y regresar a la delicadeza y la introspección tras pasar por un momento de conexión instrumental, en este caso, un diálogo de traste en traste entre bajista y guitarrista.

Y es que, y vamos terminando, los momentos de ensimismamiento más embelesado tuvieron lugar en las partes instrumentales, a través de las conversaciones magnéticas y arcanas que compartían los tres músicos, raptos indescifrables que construían la semiótica emocional de la música, un lenguaje que a los neófitos se nos escapa al raciocinio y que solo podemos disfrutar dejándonos llevar. Fue así cuando tocaron “Walking”, la favorita de Fernandito Beaumont según Ash Grunwald; y fue así en todo momento. La inspiración y el éxtasis no parecían venir de las melodías. La clave, coincidimos los dos, estaba en el sombrero. Cuando se le cayó, en un momento de arrobo, aparecieron los tirabuzones y la garra, se enardeció el ejercicio. Pero ya llegaba el bis.

Y tras el bis, la paella, a la que se invitó el Satélite T y que no vino mal para apelmazar el estómago y entrar con energías renovadas al segundo plato del día. Más bien al postre. A la guinda del pastel, por seguir con las imágenes gastronómicas.

Necesitamos unos segundos, solo unos segundos, para acostumbrar la mirada y la apreciación al nuevo formato físico sobre el escenario. Y es que los Durango 14 (foto eran más en número y en dinamismo, y se colocaban en línea, como si fueran los siete magníficos pero sin cabalgadura. Y la imagen está bien traída porque así empezaron, empolvando el suelo del Satélite T, evocando puestas de sol en el desierto, y haciendo rodar estepicursores por el escenario. Ellos se etiquetan como surf & roll espeso. Y no te llevará mucho tiempo averiguar qué es lo que quieren decir con eso: están tan cerca de Dick Dale como de Josh Homme. No seré el único que haya asistido a un concierto de ellos y a mitad del mismo aproveche un momento para susurrarle al oído a su compañero o compañera: “pero esto no es surf instrumental”. No, no lo es. No lo es del todo. Tienen momentos de playa californiana y de folclore fronterizo, casi rozan el pasodoble pero pasan de repente a Kyuss y a riffs más indies, y a puro rock and roll enérgico y lozano. Van uniformados con camisas de estampado felino y tienen coreografías pausadas, pero lo que más destaca es la nitidez y contundencia con la que se acoplan todos los instrumentos: el saxofón con protagonismo, la parte rítmica, y dos Fender stratocaster que se buscan, se encuentran y se reparten la prioridad. Sobre todo, luce como son capaces de imprimir carácter y personalidad, pujanza y persuasión, a todas sus canciones. En mi opinión y en resumen, Durango 14 son una banda instrumental que sabe pasar del aire a spaghetti western al regusto stoner sin abandonar el rock and roll y mirando siempre de rebufo al surf. Algo que parece fácil de decir pero difícil de conseguir.

Tiraron sin miedo de trémolo, invitaron al escaso público a que se sumara a sus ganas de pasarlo bien, mencionaron a Uma Thurman y también nos obligaron a cantar, esta vez, con su “Let’s Go Riders”. Improvisaron para homenajear a sus compañeros de cartel y se sacaron de la manga otro Gnarls Barkley reformado, juguetearon con el “Black is Black” de Los Bravos y cerraron silbándole al micrófono del saxofón a lo John O’Neill o a lo Kurt Savoy. Salieron al bis, eso sí, después de tener que preguntar qué era aquello del “beste bat”.

Si el chaval del barrio hubiera venido, quizás le habría podido explicar por qué está bien flipar con Dick Dale o Howlin’ Wolf pero cómo es también satisfactorio y provechoso conocer a Durango 14 y Ash Grunwald. Porque no vivimos estancados ni en el espacio ni en el tiempo y nos vamos complicando y mejorando con el ir y el devenir, con canciones como aquellas y como éstas. Tanto Grunwald como el surf & roll espeso nos demuestran que hay camino recorrido pero, también, camino por recorrer. Y volviendo al comienzo de mi crónica, como prometí, quizás abuse de los cursos de escritura que te explican que hay que hacerlo todo en círculo, pero, para mí, que solo aspiro a dejarme llevar y participar pasivamente, esto es como hacer una o perfecta con un canuto diminuto, así que no lo voy a corregir. Además, dame tiempo, que yo también voy por el buen camino, creo, aunque sea en metro.