Barcelona había recibido a los mallorquines Antònia Font a base de lluvia y piedra, eso sí, ni el caos en la ciudad fue excusa para que el Casino l’Aliança presentara un sold out que se repetirá durante los tres próximos días. Dentro de la programación del 22 Festival de Guitarra, Antònia Font venían a presentarnos un nuevo retoño que les ha costado cinco años engendrar y que zanja el stand by que ha tenido en vilo a toda una legión de fans del universo pop surrealista de los chicos de Joan Miquel Oliver. En la grada, mucho músico, tal vez conscientes de la deuda que tienen en sus creaciones con el quinteto balear. Tras Palma, repitiendo atrezzo lumínico (“lamparetes”) venían los chicos de Mallorca prometiendo respeto a la estructura del disco, y así fue. La organización fue uno de los puntos fuertes de la noche, y es que, aunque algo erráticos al principio, Antònia Font fue desgranando el que es su séptimo trabajo, por orden y sin sobresaltos, piano piano. Es así como la colorista “Em sobren les paraules”, la aplaudida “Coses modernes” o “Islas Balearis” -desternillado retrato de ses illes-, afloraban cimentadas en el bajo sutil de Joan Roca y los teclados espaciales de Jaume Manresa, llevadas al directo con más profundidad. Pese a lo enrevesado de la poética –aunque en este trabajo la escritura automática tenga más peso-, el público no dejó de acompañar a Pau Debon a la voz, especialmente entregado. Él, en su papel de frontman, mostró más que nadie anhelo de directo, no olvidemos, al fin y al cabo, que Joan Miquel Oliver –de nuevo relegado a los impulsos eléctricos- durante este tiempo ha recogido elogios por su obra en solitario. El compositor, de necesidad esquizofrénica para abarcar a la banda y a sus proyectos personales, parece haber tomado un sendero más unificado, menos bipolar en este “Lamparetes” (Robot Innocent) volviendo a demostrar que lo breve, si bueno… Como buenos, los hilos que tejen el trabajo, transiciones entre tema y tema que se dejaron notar en directo, fieles a la cronología del disco. Es así como una maravilla a piano nos adentraba, tras la emotiva “Clint Eastwood”, a “Icebergs i gèisers”: la gran tapada. A continuación “Calgary 88”, el hit -cerraría también el bolo-, “Pioners”, “Boreal”… y así hasta trece temas a los que les faltó algo de pausa, y que por orden esbozaron una obra conceptual que relegó la canción pop a la que nos tienen acostumbrados. Pasado el primer acto, tiempo para rememorar y lucir repertorio (¡hasta dieciséis temas más!), desde “A Rússia”, hasta “Bamboo”, pasando por “Darrere una revista”. Era momento de desempolvar satélites, extraterrestres, robots y entregarse al ensoñador imaginario Antònia Font: frenesí hacia la distorsión, dejes noise y guiños personales al rock duro, solos marca de la casa y, como no, melodías que fijan sonrisas -¿“Tots es motors”?, un ejemplo-. Y ya acabando, como no podía ser de otra manera, un “Wa Yeah!” con pedigrí que sonó más vivo y sentido que nunca. La espera se ha hecho larga, pero ha valido la pena.