Recuerdo la primera vez que vi a Angel Stanich en el Crazy Horse de Bilbao hace casi cuatro años. Aquella primera visita a la ciudad ya le dejó en buena posición de cara a las siguientes. Su mánager siempre habló maravillas de él, fue y es su mayor fan. Pero eso hay que demostrarlo sobre las tablas y este peculiar músico lo ha hecho siempre.

Llenar tres cuartos del aforo del Kafe Antzokia en un jueves frío y lluvioso no es ninguna tontería. Avalado por las buenas críticas de su flamante “Antigua y Barbuda”, Stanich se presentó ante un animoso respetable con todo la artillería bien cargada. Sobrado de munición y sensacionalmente escoltado por su banda, el músico criado en Valladolid, fue disparando proyectiles imparables (“Escupe Fuego”) y mostrando un talento poco habitual en formaciones jóvenes como la suya.

Inspirado y dicharachero, optó por presentar a la banda desde muy pronto. Relató sus anteriores visitas a Bilbao y hasta dedicó un tema a esta santa casa (guiño a nuestro compañero Alberto Bonilla de Pamplona). No faltaron imprescindibles en un repertorio completo y muy compensado. “Galicia calidade”, “Más se perdió en Cuba”, “Un día épico”, “Le Tour 95” o ese ya clásico “Camino ácido”. Rock, psicodelia, atmósferas oscuras y adictivas, un Víctor Pescador (guitarra) sublime y el capitán Stanich desatado. “Esto no es indie, es un universo propio y único, el de Angel”, me dijo una persona que le conoce muy bien.

Menudo jueves. La sala, alborotada y el quinteto sobre las tablas, enchufado a más no poder. Para los bises estaba destinada la traca final. “Metralleta Joe” y “Mátame camión”. Dos pepinazos revienta plazas que sirvieron para rematar una faena muy seria. Vaticino sold out en su próxima visita.