Una larga y ordenada cola en el exterior del Sant Jordi Club de Barcelona, acompañada del cartel de entradas agotadas, testimoniaba la enorme capacidad de convocatoria que Alt-J han logrado con tres excelentes discos -en especial el primero- y siete años de una carrera tan intensa como inteligente. Su art-pop inmaculado y etéreo, capaz de hipnotizar a un elefante, se ha convertido en el paradigma de la música de este nuevo siglo en el que nos encontramos. En el fondo, su propuesta viene a decirnos que nos hayamos inmersos en un mundo que anda tras una idea tan extrema de la corrección, de lo perfecto, que acaba resultando aséptico. Son tan inmaculados y todo está tan calculado que aniquilan sin complejos las viejas formas del siglo pasado, trasportándolas al desván de los recuerdos. Pero funciona. Y lo hace en parte gracias a unas canciones que como “Deadcrush”, con la que abrieron, conjugan ritmo, profundidad y melodías que enganchan. Temas como “Fitzpleasure” son aupados por unas combinaciones vocales que parecen surgidas de un sueño u otros, como “In Cold Blood”, emocionan por sus cambios de ritmos y su imperceptible crescendo.

Todo se desarrolla perfectamente diseñado, logrando que te sumergas en un viaje en el que te sorprendes a ti mismo evocando a otras bandas que te gustan como Gomez, Animal Collective, Massive Attack, Fleet Foxes o DEUS, sin que ello signifique que el trío de Leeds suene exactamente  a ellos. Al contrario. Su fortaleza es precisamente la capacidad para combinar un sin fin de detalles, pero conjugados con maestría para elaborar una propuesta propia. A eso hay que añadirle una puesta en escena estática, pero adornada con gusto y belleza por un excelente juego de luces, basado en la profundidad que puedes lograr con varias columnas de leeds y unas envolventes pantallas de fondo. Una combinación lumínica que juega con la música enriqueciéndola y que te sumergen en una bruma que no necesita del hielo seco. De hecho la pericia a la batería de un Thom Sonny Green, que da una clase magistral a la hora de combinar una gran riqueza de matices en su golpeteo, ya se basta por si sola para dejar embobado a cualquiera en temas como “Bloodflood” o “Matilda”.

Hasta aquí todo perfecto. Y es un hecho que tras encadenar en los bises presente (“3WV” de su último disco-) y pasado (un “Breezelblocks” que se sabe ganador como broche de oro) la gente sale con una evidente sonrisa de satisfacción que no puedo compartir del todo. Y no lo digo tan solo por no haber alcanzado la hora y media de bolo. Más bien es una sensación de no haber llegado nunca a emocionarme del todo con ese conjunto de notas y ritmos que, pese a mantenerse muy arriba en busca de la belleza, todo  acaba resultando tan sintético, frío y calculado que no conmueve. Puede que sea un problema de los tiempos que nos ha tocado vivir, pero tras conciertos como el de anoche, uno tiene ganas de sumergirse en una pequeña sala para simplemente desparramar con música menos dotada, pero alejada de cualquier ínfula que la trastoque.