Una sala La Riviera recocida de excitación y sudor se preparaba para recibir a la última sensación de la canción ligera anglosajona. La joven Adele ha despachado en todo el mundo dos millones de copias de su segundo álbum, el magnífico “21”, y lo ha conseguido gracias a la afortunada combinación entre una extraordinaria voz al servicio de grandes canciones de R&B y pop adulto (excelente, maravillosamente producidas), la mercadotecnia adicional de un físico fuera de los dictatoriales cánones del show business y ese simpático, aunque a ratos excesivo, toque de diva cercana. Las estrellas son gente como tú, como Iniesta, gente extraordinariamente normal. Ese concepto que tanto y tan irrespetuosamente sobreexplota la publicidad hoy. Llenazo, decíamos, todo el papel vendido incluso tras el cambio de sala (en principio, el concierto estaba programado en Caracol) para ver en directo a Adele. Aunque también, curiosamente, sólo dos fotógrafos de prensa acreditados para cubrir la actuación, uno de ellos de esta casa, casi como si el termómetro en las redacciones previera que para este domingo los únicos asuntos de interés en los corrillos serían la capitulación del presidente y el carpetazo a la Liga de fútbol.

El concierto comenzó con una atronadora ovación de recibimiento a la cantante de Tottenham, quien antes de dejarse ver sobre el escenario, en un bonito gesto no casual, presentó su voz desde detrás de las cortinas. El momento y la canción, “Hometown Glory”, uno de sus primeros éxitos, dieron pistas de lo que sería el tono de la noche: del lado de allá, ausencia de aristas y piano y voz como casi únicos elementos en primer plano real; del lado de acá, rendición total, espíritu de karaoke, el triunfo de la homogeneidad. Tono que se vería absolutamente confirmado con la posterior aparición de la banda, la banda comodona, la que no se juega la salud, esa a la que tampoco permiten muchos alardes desde la producción, que atacó la sabrosa “I’ll Be Waiting” de manera funcionarial. El baladón “Don’t You Remember” (un primor de canción, imagínensela en el “Eat A Peach” de Allman Brothers) y la bomba de granito que es “Set Fire To The Rain” cayeron pronto. Una delicia que no obstante se antojaba demasiado acolchada. El repertorio de Adele, si bien reducido y aun incipiente, parece el resultado de años y años de carrera, podías llegar a pensar mientras se sucedían títulos como “One And Only” (el momento más íntimo de la noche), “Take It All” o “Turning Tables”. La conclusión es que “21” es un disco que en su tratamiento musical está muy por encima de su traslado al directo, adaptado para disfrute del oído medio. Ahí Adele, dando sopas con honda a facsímiles como Duffy, huye de la poderosa peligrosidad de la mejor Amy Winehouse y se mueve con soltura en terrenos más cercanos a Elton John. Lo cual no es moco de pavo, ni mucho menos. Hubo tiempo también para las versiones, con dignas recreaciones de “Lovesong”, de The Cure, y “Make You Feel My Love”, de Bob Dylan. Como no podía ser de otra manera, la sofisticada “Rolling In The Deep” puso el fin de fiesta en esta primera visita de Adele a Madrid, visita de la que algunos, sinceramente, hubiéramos deseado salir un poco más tocados.