El meteorito cayó a las diez y tres minutos en el estadio Calderón pero tardó en causar efecto. Los acordes de “Rock Or Bust” sonaron y un momento después miles de brazos saludaban a los cinco señores de AC/DC. La excitación esperada, la leyenda en vivo, el nuevo single, Angus Young de lado a lado. Todo bien hasta que diez minutos después se apagaron las luces y escuchamos “Back In Black” con el blanco y negro en pantalla. Ahí sí empezó a sentirse una fuerza sobrenatural, la esencia del rock and roll que esta banda destapó hace cuarenta años. La inmortalidad de AC/DC anoche tenía cara de niño. Menores de negro, adolescentes primerizos delante del mito armados con el móvil, padres hinchados de orgullo y sangre caliente. El legado de la banda australiana recorre generaciones y la sensación de próxima despedida está agitando las almas de quienes han vivido colgados de su grandeza. Gente que sube a París, baja a Barcelona y les verá dos veces en Madrid. Una mujer llora antes del concierto porque algo se ha torcido y no van a poder entrar. Hay personas cojas, con y sin muletas, y el color de las fechas señaladas.

Ese entusiasmo se dejó notar pronto. Vintage Trouble se sintieron queridos, respetados. Tuvo que ver con su autenticidad y elegancia, seguro. Abrir para AC/DC es algo que tenías que pensarte hace tiempo y puede que hoy también. “Les llovían latas”, se escuchó. A ellos les llovieron aplausos y ganas de celebración, eso lo notó Ty Taylor. Hasta Brian Johnson pareció más elegante después solo con vestir camiseta negra con mangas. AC/DC tardaron muy poco en llegar a “Dirty Deeds Done Dirt Cheap” y a “Thunderstruck”. Enlazaban canciones gigantes con canciones grandes más recientes, esa era la dinámica. La apertura de “Hells Bells” estremeció al estadio. Para entonces ya sospechábamos que Angus Young se nos venía encima y que mantenía el vigor de su personaje. Su ritmo era el de siempre. Su camisa perdía la compostura. Su SG escupía verdades todo el rato y un timbre inconfundible. La primera hora de concierto se cerró recordando por qué el black album de AC/DC es una obra cumbre. Está todo en “You Shock Me All Night Long”, celebrada a pulmón.

Alguien preguntó por un posible homenaje a Malcolm Young. “AC/DC no hacen esas mariconadas”, dijo uno. Parecía el momento. Ni una concesión al sentimentalismo, ni un paso atrás. El mejor homenaje, la huida hacia delante: “TNT”, “Whole Lotta Rosie”. A esas alturas la noche tenía todo lo esperado pero el guión de los grandes se escribe con momentos para la posteridad. Lo volvieron a protagonizar con “Let There Be Rock”, canción seminal de una banda irrepetible que llevo la apoteosis al Calderón de la mano del señor Angus Young. El concierto tocó techo gracias al magnetismo de este guitarrista de sesenta años, este hombre pequeño que fuma mucho y conserva su gloriosa mano izquierda, el verdadero poso del rock, del blues, de un lenguaje universal que escupió al cielo de Madrid entre la incredulidad y la emoción de un público extasiado que durante diez minutos fue secuestrado por el volumen, la energía, el movimiento, una vez más. Por más que se conozca, fue asombroso.

El caudal de influencias se les amontonaba a los hermanos Young a mitad de los setenta. “Nosotros nos limitaremos a tocar la esencia”, le dijo Angus a alguien. Así se cita en “Hágase el rock and roll”, la biografía de AC/DC escrita por Murray Engleheart y Arnaud Durieux. El guitarrista elevó la Gibson en su nombre después de “Highway To Hell” y también cuando la base rítmica cerraba “For Those About To Rock”. “We salute you!”, dijo Brian Johnson. Fuego puro.