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Tomoji fue Tomoji Uchida, quien junto a su marido Fumiaki Itō se convirtió en la primera mitad del siglo XX  en uno de los principales referentes del budismo en Japón. Taniguchi cuenta cómo este proyecto biográfico preciosamente llegó a sus manos porque su esposa es asidua visitante de un templo fundado por Tomoji Uchida en Tokio. Inevitablemente una cosa llevó a la otra, y el autor de “Barrio lejano” aceptó encargarse de dibujar la vida de la “santa” con la ayuda de un veterano guionista como Miwako Ogihara. Su intención, tal y como reconoce en la entrevista que sirve de epílogo a esta edición, no era tanto hacer un relato fielmente ajustado a la realidad como aproximarse con libertad a la figura de Tomoji. De hecho la narración abarca desde su nacimiento hasta el momento de su boda con su primo lejano Fumiaki, prescindiendo casi por completo de su vida adulta y centrándose de paso en el retrato del Japón de la era Taisho.

Para aquellos que nos acercamos a Tomoji con un total desconocimiento previo de la vida, obra y milagros de su protagonista, el nuevo trabajo de Taniguchi utiliza el relato biográfico para ahondar un poco más en el microcosmos familiar -una obsesión a lo largo de su carrera como mangaka- enfrentando la felicidad de lo cotidiano a la tragedia que cualquier ser humano debe afrontar en un momento u otro: la pérdida de seres queridos y la proximidad de la propia muerte… “Tomoji” cumple todo un ciclo vital, el que va desde el nacimiento de la protagonista hasta el “año cero” de su proyecto en común junto a Fumiaki Itō. Entre medias las inevitables y traumáticas ausencias, el sacrificio de la protagonista para ayudar a sacar adelante a su familia, las pequeñas satisfacciones del día a día… Taniguchi es un verdadero maestro a la hora de manejar los tempos, y permitir que el relato fluya con naturalidad, puntuándolo con viñetas panorámicas en las que se refleja el equilibrio entre esos esforzados campesinos y la naturaleza que les rodea. No es casual que al relato arranque con una descripción visual del valle y las montañas que protegen a los habitantes de Yatsugatake Nanroku.

Encaja pues este volumen en las líneas maestras que vinculamos inevitablemente con la obra de Jiro Taniguchi, a pesar de que en esta ocasión determinados aspectos como el protagonismo de una mujer, el desarrollo en el medio rural o la elección de aquel momento histórico resulten novedosos. Pero en lo esencial y más allá del aspecto folletinesco del guión -una estructura circular concebida para realzar el inevitable reencuentro de la pareja- “Tomoji” no se aleja demasiado del emotivo existencialismo que viene marcando su obra desde los lejanos tiempos de “El caminante”.

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