La detención ayer martes 20 de junio de 18 personas en una operación contra el fraude a la propiedad intelectual ha puesto en el punto de mira (una vez más) la gestión de SGAE en el terreno de los derechos de emisión de música en televisión y la propia posición de las grandes empresas audiovisuales al respecto. El tratamiento que se ha dado al tema en prensa escrita en las últimas 24 horas ha sido confuso y proclive al linchamiento general (linchamiento de la sociedad de gestión, de las empresas audiovisuales y de los músicos), lo que por otra parte se ha convertido en habitual cuando cualquier tema relacionado con los derechos de autor salta a la arena pública. En los telediarios de las principales cadenas nacionales sencillamente la noticia ha brillado por su ausencia.

En el punto de mira se encuentra la “rueda”, un sistema por el cual las televisiones recuperan parte de del dinero que se ven obligados a pagar por imperativo legal a SGAE. En España la Sociedad de Autores y Editores impone un canon a las televisiones por el uso de música en las mismas; ese canon, que varía año a año, se estipula a partir de un porcentaje de los ingresos brutos de explotación de la cadena en cuestión. En 2015 el 80% de los ingresos de SGAE en el terreno de la música (250 millones de euros) provenía de esa cuota que pagan las televisiones. Es un sistema que no discrimina qué canciones y autores suenan de facto en TV y en qué condiciones (horarios, audiencias) lo hacen, por lo que durante mucho tiempo resultó muy beneficioso para la Sociedad al dejarle las manos libres a la hora de hacer el reparto entre sus socios. De hecho, en esencia el sistema reproduce la desde siempre polémica recaudación de la SGAE en establecimientos hosteleros y en general en cualquier negocio que utilice hilo musical o cuente con televisor en el establecimiento: el montante final se reparte según su criterio en porcentajes que varían en función de la “importancia” de cada músico. Lo que define esa “importancia” sigue siendo a día de hoy un misterio .

Pero, como suele ocurrir en estos casos, hecha la ley hecha la trampa. Las grandes empresas audiovisuales y algunas multinacionales de las telecomunicaciones han creado en los últimos años sus propios departamentos editoriales que fichan a sus artistas y los colocan en series y películas de la casa, además de nutrir a esa “rueda” de actuaciones (las más de las veces con escaso valor artístico) en horario de madrugada. Sucede que ese valor artístico difícilmente puede estipularse con criterios objetivos, y por eso a pesar de que SGAE ha ido poco a poco ajustando los valores de recaudación en función de horarios y audiencias, no ha llegado a conseguir (ni conseguirá nunca) terminar con una práctica que es perfectamente legal. Discutible desde un punto de vista moral si se quiere, pero legal. Y desde luego tan reprobable como la creación de frankensteins televisivos como Operación Triunfo o Eurovisión, que en realidad han tenido una influencia mucho más perniciosa para la imposición de un gusto musical en las últimas dos décadas en este país y, por supuesto, similares objetivos económicos: la creación de un artista “a la carta” cuya explotación genere beneficios inmediatos.

¿Por qué se ha detenido entonces a 18 autores y la policía registra los papeles de las editoriales televisivas en estos momentos? Porque en un ejercicio de avaricia que (en este caso sí) traspasa los límites de la legalidad, determinados intermediarios han utilizado su posición para colocar a diversos músicos (insisto, dejemos el tema de la “calidad” a un lado) en esa rueda y como atrezzo en programas de TV a cambio de que aceptasen inscribirles como coautores de sus canciones. En consecuencia, los intermediarios en cuestión recibían por parte de SGAE su porcentaje correspondiente del 50% estipulado por ley para los autores en el negocio de las editoriales. Eso explica por qué uno de los detenidos en la operación había registrado alrededor de 6.000 canciones en cinco años. La chapuza en esos casos llegó al extremo de inscribir arreglos insignificantes de obras de dominio público para también ingresar por ellos. Obviamente se trata de situaciones en las que se ha producido un fraude de ley que va bastante más allá de jugar con las posibilidades que ofrece la misma.

En la entrevista que hoy mismo ofrece Eldiario.es con el que fuera presidente de SGAE por un breve periodo de tiempo en 2013, Anton Reixa, el líder de Os Resentidos asegura que en su momento se puso en contacto con las grandes empresas audiovisuales de nuestro país, públicas y privadas. Su idea era tratar de explicarles “que sería más conveniente que tuvieran un sistema de pago por uso, no un porcentaje al año. Al ser una cantidad cerrada, sucumben a este sistema que les permite amortizar una parte, que en algunos casos puede suponer el 30%”. Habría que conocer la opinión de TVE, Atresmedia, Mediaset y compañía al respecto. Siempre que he tenido oportunidad de hablar con alguno de los responsables del área musical y editorial de esas empresas se han quejado precisamente de lo contrario, de la imposición de ese “impuesto revolucionario” por parte de SGAE que no reflejaba el uso real (y cada vez más rácano) que la TV en España estaba haciendo de la música. Las consecuencias las conocemos todos: la desaparición de los programas musicales de la parrilla de programación.

Así las cosas, y más allá del affair que se encuentra ahora mismo en vía judicial y que sirve de excusa para estas líneas, la tan necesaria presencia de la música en TV creo que pasa por la cesión de todas las partes. La posición inmovilista de los autores representados en SGAE ha excluido a los músicos “minoritarios” del reparto y de la exposición pública que supone la TV. Es por eso que o vamos a un modelo más flexible que de alguna forma permita a cada autor velar por sus intereses de forma rápida, directa y efectiva con las cadenas, o el futuro pasa porque las editoriales de esos generadores de contenidos audiovisuales -a día de hoy y junto al directo, principal fuente de ingresos para los músicos- terminen por hacerse con el pastel de la música en nuestro país. Es sólo cuestión de tiempo.