De todos los países del mundo, pocos pueden presumir de tener la tradición, oferta e influencia a nivel musical del Reino Unido. La cantidad de movimientos y formaciones que han creado escuela a lo largo este siglo y el pasado es simplemente monumental. Puede que, justamente por eso, a muchos ya se nos haya olvidado la existencia de una banda llamada The Libertines, cuatro chicos londinenses que hace poco más de una década causaron un gran revuelo para luego ir desapareciendo poco a poco. Nadie puede culparnos por su olvido: al fin y al cabo, su discografía la componen solamente tres álbumes, y, de hecho, entre el segundo y el tercero pasaron nada menos que once años. Además, este último trabajo, “Anthems For Doomed Youth” (Virgin EMI, 2015) tampoco fue recibido con demasiado entusiasmo entre la crítica.

Pero en un día como hoy nos hemos levantado con las ganas de echar la vista al pasado. Y es que el 14 de octubre de 2002 salía a la venta el primer álbum de la banda, “Up The Bracket” (Rough Trade, 2002). Quince años nos separan del lanzamiento de un disco que, a día de hoy, resulta necesario para entender buena parte de lo que ocurrió a continuación en la escena británica de los 2000. Una obra de juventud y libertad urdida por dos amigos, Pete Doherty y Carl Barât, que, por encima de la ambición y la fama, sólo querían pasarlo bien. Un álbum que, casi sin querer, se atrevió a reivindicar el auténtico espíritu del rock británico haciendo, eso sí, el mayor ruido posible.

 

 

Para entender la aparición del álbum primero es necesario entender dónde se encontraba el rock británico en 2002. El mismo año en el que la Reina de Inglaterra perdía a su madre y a su hermana pequeña, en el que el equipo inglés de fútbol se quedaba en cuartos de final de la Copa del Mundo y en el que una estatua de Margaret Tatcher era decapitada en una galería de arte, el rock del Reino Unido seguía una senda marcada por el vacío que había dejado la desaparición del britpop en la década anterior. Bandas como Coldplay, Travis, Snow PatrolMuse y podríamos decir que hasta Radiohead -aunque ellos dentro de su propio camino de experimentación y electrónica- dominaban la escena alternativa con un estilo melódico pero, al mismo modo, más frío, cerebral y alejado a lo oído en los últimos años.

Formaciones con una influencia capital pero que, aún con el amplio reconocimiento internacional, no dejaban satisfechos a todos los amantes del rock made in UK. Por ello, muchos de ellos se conformaban con mirar encandilados lo que pasaba al otro lado del Atlántico. Y es que la llegada de grupos que revisitaban el post-punk y el garage como The Strokes o The White Stripes –a los que cabe añadir el curioso caso sueco de que fueron The Hives, entre otros– daban esperanzas a aquellos británicos con esperanzas de que su sonido directo, básico e influenciado por un abanico de géneros que iban del blues al grunge se filtrara en su escena nacional para competir con el a menudo complejo –y para algunos autocomplaciente– sonido post-britpop.

 

 

Pero Inglaterra quería algo más de lo que artistas como Billy Childish llevaban varias décadas haciendo dentro del país sin demasiado éxito. Inglaterra quería -y necesitaba- una alternativa a ese alt-rock demasiado calculado y profundo que dominaba las listas, una apuesta que recuperara el calor y el ruido de los que había hecho gala la escena punk décadas antes. Y no sólo se trataba del aspecto musical: la actitud inconformista, provocadora y hedonista de bandas como Sex Pistols y The Clash debía restaurarse de algun modo en aquellos tiempos inciertos. Rock para quedar afónico en el pub, levantar los puños y reivindicar, aún con todo, un modo de vida puramente inglés. Miles de voces unidas en una plegaria silenciosa que, por lo visto, alguien escuchó.

Estos “alguien” bien habrían podido ser Pete Doherty y Carl Bârat, pero ellos probablemente estaban bebiendo en algun lugar o montando un concierto guerrilla en algun apartamento. No es que no escucharan la petición; simplemente hacían la suya sin que les importara demasiado lo que pasaba a su alrededor. Los dos habían alquilado un piso en Camden Road despúes de abandonar los estudios y por entonces intentaban levantar un proyecto en el que ponían en práctica su sintonía creativa. Habían sido unos cuantos años de cambios en la formación, reservas en pequeños estudios de gravación, conciertos en garitos de mala muerte y trabajos temporales, pero a finales de 2001 llegó la ansiada firma de un contrato con el reputado sello Rough Trade. Las actuaciones como teloneros de The Strokes y The Vines, bandas que confirmaban un cambio de rumbo en el panorama, y el interés de publicaciones especializadas auguraba que algo grande llegaría muy pronto.

Y así fue. Dos meses después de que Coldplay llegaran a lo más alto con A Rush Of Blood To The Head” (Parlophone, 02), ejemplo paradigmático de ese “rock alternativo para adultos”, The Libertines daban la campanada con su “Up The Bracket”. Casi podemos decir que, más que una ópera prima, el álbum constituyó toda una declaración de principios, una invitación a la juventud de volver a la música y tomar las calles. El segundo single, que habían sacado dos semanas antes con el mismo nombre que el disco, se abría con el ya icónico grito de “Get Out Of Here!”. Todo un cántico de guerra que, sumado al resto de cortes del álbum, hicieron de “Up The Bracket” uno de los lanzamientos más celebrados del año. La crítica, después de agotar las fútiles comparaciones con The Strokes, se acabó rindiendo a ellos.

 

 

¿Pero qué tenia de especial? El público no se encontró con nada técnicamente nuevo, pero sí un trabajo que juntaba distintos géneros más o menos cercanos en la cronología del rock – y no solo inglés – para aglutinarlos bajo lo que estaba siendo la nueva oleada de garage y post-punk revival. Un álbum que se abría con los aires casi psychobilly de “Vertigo”, seguía con la sensibilidad indie rock de “Death On The Stairs” y con la arrebatadora “Horrorshow” ya no había forma de pararlo. Todos los temas de “Up The Bracket” parecían de otra época y, sin embargo, reflejaban la emoción de la juventud británica del momento. ¿Qué chico o chica de Londres podía resistirse a canciones tan pegajosas y juguetonas como “Boys In The Band”, “Time For Heroes” o “I Get Along”? El estilo sin complejos de The Libertines llegó como un terremoto y mostró una forma visceral y despreocupada de hacer música que parecía haber desaparecido. Y no sólo era la música lo que funcionaba de maravilla: las letras que cantaban a pleno pulmón Doherty y Bârat sobre el bullicio de las calles, arcángeles borrachos, músicos que no vían la luz del sol, desmadres en los pubs, atracos y el noble arte de mear en oscuros callejones sonaban tan cercanas y frescas que toda resistencia era inútil.

 

 

Fue así como The Libertines abrieron el camino para grupos con el mismo punto revivalista, pero cada uno de ellos con su propio carácter. Formaciones jóvenes como Franz Ferdinand, Bloc Party, The Fratellis y Arctic Monkeys – cuyo líder Alex Turner también encontró en la vida nocturna de la juventud un mundo sobre el que cantar en su alabado debut – no tardarían demasiado en llegar, espoleadas de forma más o menos directa por el caso de The Libertines. El flujo de rock alternativo maduro no se detuvo, pero supo convivir con la nueva hornada de bandas que, lo quisieran o no, parecían destinadas a salvar el rock en el sentido más primario, guitarrero y adolescente del género.

Por lo que a The Libertines respecta, la gira posterior al lanzamiento de “Up The Bracket” ya se podría haber visto como el principio del fin. Los problemas con la justicia y las drogas de Doherty, las peleas con Bârat  -un estado contínuo de fricciones que acabó encumbrándolos como una de las parejas más mediáticas de la música británica reciente- y los proyectos paralelos en solitario no evitaron la llegada de un notable segundo álbum, bautizado con el mismo nombre de la banda como si quisieran demostrar al mundo que todo iba bien. El reciente “Anthems For Doomed Youth” deja muchas dudas sobre el futuro de la banda, pero en un día como hoy se hace necesario echar la vista atrás para recordar a The Libertines como una banda que nació temprano y agonizó joven, portadora de un espíritu efímero de esos con los que se construye la historia de la música.