Me gustaría poder afirmar que estuve ahí desde el principio, pero faltaría a la verdad, era demasiado joven para ello… De hecho no descubrí a R.E.M. hasta la edición de “Green” (1988), cinco años después de “Murmur” (1983) su álbum de debut. Todo empezó con su inclusión en un artículo de una revista especializada dedicado a ese entelequia imprecisa y difusa que se bautizó como NRA (Nuevo rock americano) y que miraba de trazar rasgos en común entre bandas tan dispares como los propios REM, The Dream Sindycate, Green On Red o Violent Femmes. Un texto que me impulsó a comprarme un disco que se quedó instalado en esa historia particular, construida a base de vinilos, que los más viejos recordamos con cierta melancolía gris. Tras el impacto que me provocó “Green” con canciones como “World Leader Pretend”, “Stand” o Orange Crush”, tocaba investigar y adentrarse en lo que había realizado la banda de Athens hasta la fecha… así es como fui a parar a sus primeros discos, antes de que esa eclosión llamada “Losing My Religion”, aupada por la MTV, convirtiera a los de Michael Stipe en un auténtico fenómeno de masas.

El primero en caer en mis manos fue su disco de debut “Murmur” que un compañero de facultad me pasó en una cinta de cassette tuneada, de esas de 90 minutos y que si no recuerdo mal, podía contener el “Doolittle” de los Pixies en la otra cara. De hecho yo no lo sabía por aquel entonces, pero bandas como R.E.M. The Minutemen o Husker Dü, allanaron desde la independencia a primeros de los ochenta la eclosión “indie” que se produciría a finales de esa misma década, con bandas como los propios Pixies, Dinosaur Jr o Superchunk . En cierta medida, establecieron las bases y fueron el caldo de cultivo de todos estos grupos que se desarrollaron tras la eclosión post-punk y que además surgían desde ciudades de provincia, lejos de grandes mecas culturales como Nueva York o L.A. “Murmur”, sin ir más lejos, está grabado bajo el ala del sello I.R.S. propiedad de uno de los hermanos Copeland y representados por la agencia FBI, que pertenecía a otro de los Copeland, apellido que os sonará porque el tercer hermano en discordia, Stewart, es batería de The Police, de ahí que R.E.M actuaran como teloneros de la banda de Sting el 6 de diciembre de 1980 en Atlanta el mismo día que Peter Buck cumplía 24 años, sin tener ninguna referencia editada hasta la fecha. Un disco de debut siempre es importante y hay que reconocer que “Murmur” lo fue a su manera. Primero porque fue muy bien acogido por la crítica especializada que le dedicó grandes elogios y segundo porque contenía un single tan poderoso como “Radio Free Europe”, rescatado de la que había sido en realidad su primera referencia discográfica el Ep “Chronic Town”, y que empezó a ser muy radiado en todas las emisoras universitarias que por aquel entonces, empezaban a ser un contrapunto alternativo a la radio comercial copada por Lionel Richie, Michael Jackson o Dire Straits. Pero “Murmur” es más que una simple canción. Es un salto cualitativo de una banda que estaba buscando su sonido y lo encontró en este álbum. Sus inicios más próximos al garage-rock, dejaban paso a un pop elevado a partir de los arpégios folk de la Rickenbacker de Peter Buck y los trazados al bajo de Mike Mills, quién cada vez se sentía más cómodo como compositor, y todo ello aderezado con una voz extraña, que parecía filtrada sin estarlo, y que mascaba las sílabas hasta hacerse difícil de entender. Algo en lo que no ayudaba absolutamente nada unas letras crípticas que podían ser interpretadas de formas muy diversas. Un sonido único e inimitable que empezaría a sentar las bases de lo que vendría después y que se consolidó con su segundo disco “Reckoning”, grabado tan sólo un año después (1984) y que aprovechó lo trazado por el primero, asimilándolo y dándole una cobertura todavía más pop, mucho más luminosa, inteligible y fácil de asimilar que facilitaba las cosas. Canciones como la que abre el disco “Harbocoat” con ese compas sesgado propio del ska; la dulzura melancólica de “7 chinese bros.” o la entrañable melodía y estribillo de “So, Central Rain” que en cierta medida marca un camino a explotar en el futuro con ese falsete melodramático de Stipe, aupado por la densidad melódica de la banda. Todas ellas ,pese a su desigualdad y ser un álbum mucho más disperso y menos cohesionado que su debut, conforman un universo melódico amable y diferente que sufre un ligero revés con su tercer álbum “Fables of the Reconstruction”. Un disco que refleja el difícil momento en el que fue grabado y que a la postre resulta mucho más oscuro, denso, tenebroso y de sonido incluso amenazante. Sólo hay que escuchar las primeras notas de la magnífica aunque inquietante “Feeling Gravity’s Pull” para darse cuenta de que el grupo se encuentra en otro momento. Para empezar decidieron finalizar su relación con los que habían sido sus productores hasta la fecha Mitch Easter y Don Dixon y marcharse a la fría y lluviosa Inglaterra para ponerse en las manos de Joe Boyd, productor inglés famosos por sus trabajos con Nick Drake o Fairport Convention, que no acabó de conectar con un grupo que estaba cansado y que lo único que quería era volver a casa. Sin embargo y pese a sus altos y bajos, el disco contienen joyas tan trepidantes y nerviosas como ese clásico de su cancionero que es “Driver 8” que suena tan acelerada como intensa o tenebrosa y oscuras melodías como la que da forma a “Old Man Kensey” donde se empieza atisbar lo importante que serán los coros de Mike Mills en el futuro… Un disco que a mi particularmente me gusta más que el segundo, pese a ser situado por debajo en muchas de las críticas. Pero es precisamente en esa nada disimulada tensión, donde surgen unas canciones nerviosas y crudas que componen una nueva cara en su poliédrico sonido. Y eso me gusta más que la placidez algo acomodada del segundo. En definitiva tres discos editados de carrerilla, a disco por año, que sentaron las bases de una de las bandas más importantes de américa y que nueve años después de su debut, en el que sería su octavo largo, darían con la piedra filosofal en esa obra maestra sin paliativos que es “Automatic For The People”. Uno de esos discos que el que firma no dudaría en llevarse a una isla desierta. Pero esa, como se suele decir, es ya otra historia. Ahora toca disfrutar, gracias a las reediciones que se acaban de editar, de estas tres obras imperfectas, que tienen precisamente en sus aristas y fallos su auténtica valía. Sobre todo porque crearon un sonido y una forma de hacer música diferente y única, además de ayudar a sentar las bases del fastuoso universo indie norteamericano. Ün universo tan particular que nadie se ha atrevido a imitar del todo. Son muchos los que afirman que Nirvana acabó con el rock descerebrado de las hair bands de Los Angeles. Se olvidan que REM dieron a muchos universitarios la oportunidad de escuchar algo que se podía etiquetar como art-rock, mucho antes de que esa etiqueta siginificara algo en sí misma, recogiendo además el testigo de bandas como Talking Heads o Television. Si a eso le añadimos que los de Athens siempre han sido unos maestros a la hora de rodear a su música de una imagen impacatante, rica y en constante evolución, mostrada a través de sus vídeos en una época en la que este formato empezaba a marcar la diferencia debido a la MTV, ya tienens la combinación perfecta para dar con un caballo ganador seguro.