Este viernes 28 de octubre se estrena en cines “Oasis: Supersonic”, el esperado documental de Mat Whitecross sobre el grupo mancuniano que marcó los designios (cuanto menos económicos) del pop británico de los noventa. Además, hace apenas un par de semanas  se publicaba una ambiciosa reedición del tercer disco de los hermanos Gallagher, “Be Here Now”. Por ese motivo es el momento idóneo para revisar lo que Oasis significaron en su momento y su legado a día de hoy. Lo hacemos en tres bloques: el primero una reflexión de Jose Carlos Peña después de ver la película; también Jose Carlos se encarga de entrevistar al director del filme; y por último Xavi Sánchez Pons apunta las diez cosas que hemos aprendido con “Oasis: Supersonic”.


Por Jose Carlos Peña

En un extenso artículo de The Guardian sobre la reedición de “Be Here Now”, el tercer disco de Oasis, uno de los periodistas entrevistados toca un tema de moda: el populismo. En este caso, relacionado con la música. Su teoría es que Oasis catalizó un sentimiento de masas positivo alrededor de sus canciones y lo que significaba que un grupo de británicos de los Council Flats de Manchester (es decir, de clase baja) reuniera a 250.000 personas en los dos mastodónticos conciertos de Knebworth, en agosto de 1996. Más de un millón y medio se quedaron sin entrada. Tony Blair y el nuevo laborismo suscitaban grandes esperanzas y el britpop se desquitaba del grunge, eran los años de hedonismo desatado, de una prensa musical y sensacionalista ávida de carnaza para continuar con el negocio. Un momento seguramente irrepetible. Pero -y eso es el fondo del artículo, referido al disco-, ¿realmente fue para tanto?

Ese artículo puede ser el contrapunto desmitificador de “Oasis: Supersonic”, estupendo documental en el que Mat Whitecross explora el ascenso de la banda en su etapa crucial, y que empieza y termina, precisamente, en ese verano del 96, con un enfervorizado Noel Gallagher dirigiéndose al público: “This is History, this is History!!!” (“Esto es Historia”). Whitecross trata de dar respuesta al milagro de cinco desconocidos de clase baja que pasaron de ensayar en un sótano de Manchester a llegar en helicóptero al escenario en un evento de unas dimensiones casi ridículas. Que a la postre, junto con “Be Here Now”, sería el canto del cisne de aquella burbuja musical que fue el britpop. Todo, en apenas dos años y medio. Nadie desde los Beatles generó semejante histeria colectiva. Ni lo haría después.

Como documental de rock, “Supersonic” es incontestable. Aunque se va por encima de las dos horas, es ágil y entretenido: Imágenes de archivo abundantes y tan curiosas y entrañables como las del local de ensayo antes de los días de vino y rosas o las del mayor de los hermanos como roadie de Inspiral Carpets (un póster de la banda le sugirió el nombre a Liam antes de que su hermano entrara); entrevistas a casi todos los que estuvieron allí (incluyendo la entrañable y sufrida madre de los Gallagher), animaciones magníficas que no rompen el ritmo frenético, música, mucha música. Y, por supuesto, las anécdotas conocidas y mitificadas hasta la saciedad: Desde el fichaje express en Glasgow por un avispado McGee -quizá cansado del carísimo prestigio de bandas como My Bloody Valentine y necesitado de pegar el pelotazo-, a la deportación del grupo desde Holanda, cuando se cimentó su imagen de hooligans irreductibles, el tumultuoso viaje a Japón, las bravuconadas ante la prensa o el catastrófico concierto de Los Angeles bajo los efectos de la metanfetamina, que provocó la traumática espantada de Noel; los destrozos de las habitaciones de hoteles para seguir la tradición, las broncas, los abandonos del escenario, la abierta rivalidad que se encona según la locura colectiva del éxito les engulle en su ola. “En los grupos la democracia no funciona y en Oasis dos personas querían ser Primer Ministro”, dice uno de los participantes. La banda se nutrió de esa tensión hasta que fue insoportable.

“Supersonic” te da todo lo que podría esperarse de un documental sobre la etapa gloriosa de un grupo que fue autoconsciente de su potencial masivo, sin ninguna ironía, desde el primer minuto. Noel y Liam querían cumplir y superar todos y cada uno de los tópicos asociados a una banda de rock, y lo hicieron. Whitecross no se ahorra los asuntos escabrosos -el triste papel del maltratador padre de los hermanos, la expulsión sumaria del batería Tony McCarroll por su incompetencia técnica, la extenuante repetición de la grabación de “Definitely Maybe”, la cada vez más viciada relación entre los hermanos, “yo soy como un gato y Liam, como un perro”, asegura Noel-. Pero su tono general es benévolo: al fin y al cabo, nosotros (me refiero a los que tenemos cierta edad) también participamos en la fiesta, y tanto Liam como Noel, productores del filme -que no se hablan entre sí ni coincidieron en ningún momento-, dan una versión de los hechos que nunca pone en cuestión, si acaso refuerza, su propia leyenda, por pedestre que sea ésta. En ese sentido, tiene un tono hagiográfico similar al reciente “Made Of Stone” de Shane Meadows. Una nostalgia amable e irresistible lo impregna.

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Quedan las canciones

Es la crónica del improbable ascenso hasta el pico del Everest del último grupo de masas del rock, una banda que conectó como casi ninguna con la juventud británica (y de otros países: ahí tenemos la locura de Japón) y que reactualizó, con sus excesos inventados por la prensa o reales, una siempre saludable y desafiante visceralidad rockera que había sido apartada por propuestas demasiado intelectuales. El lado oscuro del fenómeno -el saqueo del pasado que dio rienda suelta al abuso del revival y malas copias, la frecuente elementalidad absurda de las letras, el inmisericorde muro de sonido de las producciones bombásticas de Owen Morris, con esos masters apretadísimos y su nefasta influencia-, se tocan de refilón, como, por otro lado, es natural. Pero en su final agridulce y emocionante comprendemos cómo la apoteosis puede dejarnos al borde del abismo: ya dijo Oscar Wilde que hay que tener cuidado con lo que uno quiere, no sea que se cumpla.

Whitecross no tiene respuestas para el misterio de Oasis. Puede que la fascinación que siguen despertando resida en la siempre reconfortante historia de unos macarrillas humildes que acabaron codeándose con la aristocracia del rock. O en realidad, puede que la respuesta, más allá de los accidentes, el circo de los tabloides, los tópicos del rock and roll y las peleas fratricidas, del ruido y la furia, esté simplemente en las canciones. “Live For Ever”; “Columbia”, “Supersonic”, “Bring It On Down” “Wonderwall”, “Champagne Supernova”, buena parte del reguero de singles que llegó entre el 94 y el 96, aguantan mejor que bien el implacable test del tiempo (como Noel predijo). Puede que ahí esté la clave. Y que a veces nos cueste demasiado reconocer el mérito que hay detrás de que una obra (en este caso, una canción) conecte con la gente. Si Oasis dejó algún legado es éste: Se pueden escribir canciones decentes para las masas.

Knebworth y, sobre todo, el aparatoso y por momentos ridículo “Be Here Now” -consecuencia de que todo el mundo te diga lo increíblemente bueno que eres y creértelo, del abuso de sustancias y también de la incipiente falta de ideas-, serían el epílogo de aquella primera etapa, que para el que firma esto es, con mucho, la más disfrutable. Nada sería igual, con Internet y Operaciones Triunfo varias atomizando al público y poniendo a la música en un lugar muy distinto del que tuvo a mediados de los 90. Hoy somos más cínicos y sabemos que no era oro todo lo que relucía. Pero si me dan a elegir entre el populismo rockero y a veces elemental de Oasis y los subproductos cursis y rematadamente malos de usar y tirar cocinados en platós de televisión, o los grupillos indies de pop calculado y melifluo que proliferan ahora, yo no tengo dudas.

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