Resulta inútil trazar una Historia de la música moderna sin mencionar el estudio Columbia de la calle 30 en Nueva York; Abbey Road en Londres; Hitsville U.S.A. en Detroit; Sun en Memphis; Capitol en Los Angeles; Studio One en Kingston, Jamaica; Rockfield en Gales o Electrical Audio en Chicago…lugares muy diversos pero con un aura mitológica común, en los que se ha fijado literalmente el sonido de la música moderna que tanta felicidad ha repartido por el mundo desde mediados del siglo XX.

Estos estudios fueron (y algunos son aún) la culminación de las tecnologías eléctricas desarrolladas desde mediados de los años 20 aplicadas a una industria discográfica de alcance masivo. Creatividad y tecnología han confluido en ellos como en casi ningún sitio hasta nuestros días. Un oficio tan especial como el del técnico o ingeniero de sonido no podría haberse desarrollado en otro ecosistema.

Por eso llama la atención la escasez no ya de bibliografía, sino de artículos, reportajes e incluso fotografías que fijen con cierta coherencia una Historia más o menos exhaustiva de los estudios de grabación en España. Hay libros que lo hacen tangencialmente, como el reciente “Electricidad revisitada” del ex batería de Gabinete Caligari Edi Clavo. Pero el contraste con la tradición anglosajona es, por enésima vez, palmario.

Grabación de Los Dixies en Estudios celada, luego Kirios.

Grabación de Los Dixies en Estudios Celada, luego Kirios.

 

De las discográficas a los independientes

Este desdén historiográfico (consecuencia quizá de nuestro secular desinterés hacia todo lo relacionado con el desarrollo técnico pre-digital) no impide que, con las fuertes peculiaridades que impuso nuestra tardía y precaria asimilación de la cultura del rock, la Historia de la grabación musical en España discurra en paralelo a la de los países de referencia: grandes infraestructuras de las discográficas desde los años cincuenta o incluso antes (caso de los EMI-Odeón de Barcelona), Columbia o los desaparecidos Hispavox de Madrid, que dan paso a la era de los estudios independientes, iniciada a mediados de la década de los sesenta; desarrollo y años dorados durante los setenta y ochenta, demoledora crisis a finales de los noventa y relevo generacional.

Celada, rebautizados como Kirios desde 1973, con nostálgico Facebook activo y seguramente el estudio más ambicioso que ha existido en España, abren en 1965 en Alcorcón (Madrid), con una imponente sala sinfónica al estilo de la de Abbey Road en Londres, el mismo año en que se inauguran en Barcelona los Estudios Belter. También de esa época son los también muy recordados Estudios Gema, localizados en Ripollet (a tiro de piedra de Barcelona), donde graban muchos de los nombres fundamentales de la canción y el rock catalán de aquellos años, y Moraleda, reconvertidos a mediados de los 80 y desde 2005 Sentirestudis.

Musigrama

Peret en los estudios Musigrama.

En los setenta, Madrid concentra RCA, los aún activos Musigrama (muy relacionados con el flamenco, y cuya reforma definitiva es de 1973 aunque ya operaban a finales de los 60) y mediada la década, Eurosonic, Sonoland (que aguantaron en Coslada hasta 2011) y Doublewtronics, centro neurálgico de la Movida. Trak y Estudios Escorpio se incorporan en los 80, como Cinearte (reconvertido recientemente en Estudio Uno en Colmenar Viejo). El impacto popular y las ventas enormes de géneros como el flamenco, el rock urbano, el heavy-metal y la ebullición de la Movida tienen mucho que ver en este afloramiento. Aunque en los 80 y primeros 90, grabar en estudios foráneos (normalmente, británicos) le dio a no pocos grupos nacionales un punto de “prestigio”, para algunos justificado, para otros no tanto.

En ningún caso podemos obviar que, por importante que sea su equipo, los ingenieros y técnicos son el alma de cada estudio: Los verdaderos artífices del sonido de los discos, con sus conocimientos técnicos, pasión por el oficio y experiencia: Todos los nombres citados están asociados a técnicos y productores como Rafael Trabuchelli, José Luis de Carlos, Miguel Domínguez, Carlos Martos, Pepe Loeches, Joaquín Cobos, Joaquín Gallego, Paco Ortega, Josep Llovell Oliver, Jesús N. Gómez, Albert Moraleda

Mi Generación en los Estudios Gema de Barcelona

Mi Generación en los Estudios Gema de Barcelona

 

Declive, relevo y tránsito al mundo digital

En los noventa, la ruptura generacional que implica el indie, el declive de un modelo de negocio y la problemática transición al mundo digital, son obstáculos muchas veces insalvables para unos espacios que mantienen costes fijos muy elevados. Aún así, se ponen en marcha Waves (Almassora, Castellón), hoy bajo el nombre de Polka Waves, donde grabaron numerosos grupos de la escena indie de los noventa y los todavía activos Music Lan (Girona), que abren en el 95, impulsados por el prematuramente desaparecido Joan Trayter. También en el umbral de los noventa se inauguran Red Led en Madrid.

En el complejo tránsito al digital de finales de aquella década, cuyas perturbadoras ondas llegan hasta hoy, algunos estudios se desprenden o venden equipo analógico irremplazable: Se asume con ligereza que lo viejo está obsoleto. Todos se ven empujados por discográficas y clientes a participar en la carrera por lo último en digital (¿quién se acuerda hoy del DAT que impusieron Sony y Philips a mediados de los noventa?), con consecuencias nefastas. Los flexibles sistemas de grabación a disco duro (Pro Tools, Cubase, Logic Audio) comienzan a generalizarse a finales de esa década; en pocos años se convertirán en un arma de doble filo: Si cada vez es más fácil (y barato) grabar, ¿dónde queda el papel del estudio y el técnico?

El relevo lo toman, con el cambio de siglo, un grupo de entusiastas técnicos, y/o productores, muchas veces procedentes de la cantera de las bandas: Nombres como Paco Loco, Jorge Explosion, Kaki Arkarazo, Javier Ortiz, Arturo Vaquero, Santi García, Raúl Pérez o el tándem Santos Berrocal y Florenci Ferrer que hacen suyo el legado histórico, adaptándolo a las nuevas demandas, como técnicos y/o productores (un inciso: El productor toma decisiones sobre la estética sonora del grupo, mientras que el técnico se limita a grabar y deja la parte estética enteramente en manos del artista). Por poner un par de ejemplos, Estudio Brazil rescata una mesa Harrison de 1979 procedente de Kirios y Tigruss, en Gandía (Valencia) tiene como joya distintiva una Neve de 28 canales procedente de los estudios RCA (recordemos el reciente documental de Dave Grohl sobre los estudios Sound City). En Circo Perrotti, Gijón, Jorge Explosion reúne valioso material antiguo, reacción al tsunami digital. Además, en estos años no son infrecuentes los casos de músicos y bandas que ponen en pie sus propios estudios (como El Refugio Antiaéreo de Los Planetas).

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Exterior de los estudios Music Lan

 

Diversificarse o…

En España llegó a haber unos treinta y cinco estudios con sus salas especialmente acondicionadas, vivas o secas, sus espacios aislados y divididos, sus mesas analógicas -hoy joyas irremplazables- y micrófonos carísimos; hoy son menos de la mitad, aunque habría que añadir una pléyade de negocios caseros que hacen uso extensivo de la tecnología digital, y otros tantos que están a medio camino.

Si Barcelona y Madrid concentraron nuestros estudios históricos (con alguna excepción como los Mediterráneo de Ibiza, donde en los 80 se grabaron numerosos discos de rock duro y parte sustancial del mítico “Technique” de New Order) hoy prima la descentralización: en el estudio de Paco Loco en el Puerto de Santa María (Cádiz) se ha fraguado el sonido del indie patrio desde los noventa hasta ayer mismo, con Hinds. Nombres como Abrigueiro (Lugo), o Garate (Guipúzcoa) apuestan por localizaciones privilegiadas que añaden valor a la experiencia de grabar un disco en condiciones de retiro espiritual.

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Estudios Gárate

También se cultiva cierta especialización (con todos los “peros” que nos transmiten productores y técnicos, lógicamente reticentes al encasillamiento): Ultramarinos, estudio del productor Santi García en Sant Feliu de Guíxols (Girona), ha atraído a buena parte de la escena hardcore y del pop de guitarras, de igual manera que Tigruss (Gandía, Valencia) y Circo Perrotti han hecho con los grupos de rock and roll garagero.

Los precios se han adaptado a los nuevos tiempos: Si en los ochenta una hora en el bastión de la escena independiente Doublewtronics (Madrid) costaba 3.000 pesetas y hace algo más de una década la tarifa diaria podía superar los 600 euros, hoy se ajusta hasta llegar a extremos, en ocasiones, a duras penas rentables. Prima la adaptación al cliente: En no pocos de ellos se han habilitado espacios más modestos, que retoman el concepto de maqueta o grabación de bajo presupuesto.

Se imponen la diversificación y la búsqueda de fórmulas de reclamo porque la consecuencia directa del agudo declive del negocio discográfico de los últimos tres lustros y la percepción de muchas bandas de que la tecnología digital portátil sustituye al estudio, es que una cantidad nada despreciable de los discos que se editan hoy se graban en apartamentos, locales de ensayo o espacios improvisados. Se graba mucha más música, sí, pero no necesariamente en estudio: la cada vez más accesible, flexible y resultona tecnología digital (ordenadores, plug-ins, grabadoras de bolsillo, etc), las radicales restricciones presupuestarias que sufren artistas y sellos supervivientes y la implicación directa, por gusto o necesidad, de abundantes músicos en tareas que antes se dejaban en manos del ingeniero de sonido (y/o productor), han propiciado este escenario. La generalización de las grabaciones caseras digitales desemboca en no pocas ocasiones en estéticas sonoras que a duras penas soportarán el paso del tiempo o el examen de unos oídos exigentes.

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Uno de los componentes de Nocturnos, Pinto y Paco Loco en su estudio de Puerto de Santa María.

 

Yo grabo en casa

No es algo que parezca importarle demasiado al oyente medio, que en tiempos de modernidad líquida digital, precariedad y abundancia de oferta, demasiadas veces se limita a picotear en Bandcamps, Spotifys y similares desde un ordenador personal que casi nunca está ni siquiera equipado con unos buenos altavoces. Como pasó y sigue sucediendo con la guerra del volumen impulsada por la radio americana y las masterizaciones de finales de los noventa, es difícil argumentar en contra cuando tanta gente escucha (las cursivas son intencionadas) música en el ordenador o su móvil.

Dejando a un lado el carácter subjetivo de la estética sonora y la interpretación musical (lo cual sigue dando para seminarios de universidad, interminables discusiones en Internet o libros enteros como el excelente “El sonido y la perfección” de Greg Milner, recientemente editado en castellano), sería, no obstante, injusto reclamar a toda una generación de oyentes que no han escuchado música más allá del ipod o el ordenador, que supieran discriminar entre una banda bien grabada y otra que no lo está: Si el marasmo de la industria discográfica y la generalización de las tecnologías digitales de grabación y difusión han propiciado el milagro de que hoy cualquiera pueda colgar sus canciones en Internet sin someterse al severo filtro de un sello o un medio de comunicación (y eso lo aplaude gente como Steve Albini), cada vez más grupos y artistas le dan el visto bueno a grabaciones caseras, que muchas veces adolecen de la riqueza acústica y el carácter que proporciona un espacio sonoro y sobre todo, el saber hacer, el gusto y la experiencia de un buen técnico profesional. De nuevo, y como sucede con tantos otros fenómenos culturales, las dos caras de la utopía digital.

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Muchas de las dificultades que hoy tienen que sortear los estudios los estudios están directamente relacionadas con sus costes fijos (sueldos de técnicos y asistentes, mantenimiento de equipo, electricidad), frente a los pequeños estudios, que ofrecen un servicio que, por presupuesto o conveniencia, a numerosos músicos les vale, a una fracción de los gastos. Aunque más veces de lo que parece esta correlación no sea tan clara, con ventas tan exiguas es muy complicado que los números salgan. En los últimos años, no obstante, la fiebre por la tecnología digital parece haber remitido, con reacciones tan explícitas como la cada vez más extendida reivindicación del vinilo como formato y la reincorporación en muchos estudios de tecnologías antiguas que coexisten con las digitales.

Desde MondoSonoro hemos querido abrir una ventana, en varias entregas sucesivas, a aquellos estudios de grabación que siguen luchando cada día por seguir en pie, en unos tiempos en los que la precariedad, las opiniones ligeras y la tecnología digital casera diluyen el concepto de profesionalidad. No pueden estar todos (era imposible), pero sí creemos que son una muestra representativa. En nuestra elección han pesado factores diversos: Desde la calidad objetiva de su equipo y sus instalaciones, hasta su historial de grabaciones y la demanda que tienen. Enfoques y filosofías diversas que convergen necesariamente en algunos puntos.

139 años después de las primeras grabaciones acústicas de Edison, el sonido grabado se ha vuelto omnipresente y nos hemos olvidado de lo milagroso que fue en su momento. Pero pese al acoso y derribo de las tecnologías digitales de las que también todos nos beneficiamos y las estrecheces que impone la economía moderna, el ingeniero (o técnico) de sonido y su espacio de trabajo se resisten a periclitar también en España.

Agradecimientos: Edi Clavo, Javier Ortiz, todos los ingenieros, técnicos y productores participantes.

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