Eric Spitznagel es el autor de uno de los libros más divertidos de los últimos años, “En busca de los discos perdidos” (Contra, 2017), y al mismo tiempo una obra emotiva con la que resulta fácil acabarse identificando.

Sucedió durante una entrevista con Questlove. Por aquella época Eric Spitznagel trabajaba, entre muchos otros medios, para el portal de la MTV Hive. El batería de The Roots acababa de publicar un libro tintes autobiográficos y el editor de la página web del canal musical encargó a Spitznagel que le entrevistara. En un momento de la charla, salió a relucir la mastodóntica colección de vinilos (más de 70.000 discos) que Questlove guarda con cuidado y cariño en su casa, especialmente la joya de la corona: el single “Rapper’s Delight” de The Sugarhill Gang. Ese fue el primer disco que se compró una de las figuras más determinantes del hip hop de estos últimos años. “Le mostré mi asombro por el hecho de que alguien guardara un disco que había comprado cuarenta años atrás”, recuerda el periodista de Chicago. “Y cuando le dije que yo había vendido todos mis vinilos, Questlove me miró como si hubiera asesinado a mi padre asfixiándolo con una almohada”. Fue tras esa expresión de incredulidad, casi de desprecio, de Questlove, que Eric Spitznagel se propuso recuperar sus viejos vinilos. Pero no se trataba simplemente de comprar nuevas reediciones de sus antiguos discos, sino que tenía que encontrar exactamente aquellos de los que se había desprendido años atrás. Una absurdamente fascinante odisea que ahora relata en “En busca de los discos perdidos”, un libro imprescindible para todos aquellos que estáis tristes porque escucháis música pop (o a la inversa).

¿Cuál fue el primer disco que te compraste con tu propio dinero?
“The Stranger” (Columbia, 1977) de Billy Joel. Una noche, de pequeño, tuve que quedarme a dormir en casa de unos amigos de mis padres. Aquel matrimonio tenían una hija que estaba buenísima. Y esa chica tenía una copia del disco en su dormitorio. Recuerdo que el vinilo olía a Obsession de Calvin Klein. Olía a sexo o, como mínimo, a lo que yo, alguien por aquel entonces todavía inexperto en estas materías, creía que olía el sexo. Decidí de inmediato que debía tener aquel álbum. Di el coñazo a mis padres hasta que me dieron el dinero para comprarlo. Fue muy decepcionante descubrir que no todas las copias olían como la habitación de una adolescente increíblemente guapa.

Cuando empezaste con la odisea que narras en En busca de los discos perdidos, no solo te propusiste recuperar tus viejos discos que habías vendido, sino que tenían que ser exactamente ¡los discos que habías vendido! Tío, eso es imposible.
Tienes toda la razón. Es como tratar de recuperar la ortodoncia que perdiste cuando eras un crío. No solo es imposible sino que es una puta locura. Cuando empecé a buscar mis viejos discos y a escribir el libro, todo el mundo me decía que se me estaba yendo la olla. Nadie, pero absolutamente nadie, me deseó que los encontrara. Los comentarios de la gente cuando les explicaba en lo que andaba liado eran del tipo: “¿Me estás tomando el pelo? ¿Es una broma? Sabes que no los vas a encontrar jamás, ¿verdad?”. Los hubo que incluso fueron un poco hostiles, curiosamente, y muy especialmente, aquellos que podrían haberme ayudado. El hermano de un tipo que tenia una tienda de discos en Chicago al que le había vendido la mayoría de mis discos en los noventa, fue especialmente cruel a la hora de decirme que era un idiota. Curiosamente, todo cambió hacia el final del libro. Él también tenía una tienda de discos a la que fueron a parar la mayoría de vinilos, incluidos los de segunda mano, de la tienda de su hermano cuando cerró, y acabó obsesionándose más que yo con encontrar mis viejos vinilos.

El capítulo que dedicas a explicar la tarde que pasas en el sótano de casa de este tipo rebuscando entre los miles de discos que tenía acumulados ahí, es especialmente demencial.
Totalmente. Pasamos horas y horas entre cajas polvorientas de vinilos. Cada vez que me detenía en un vinilo para ver si podía ser uno de los míos, me insistía enfermizamente para que me lo llevara a casa. No sé qué ocurrió para que pasara de creer que era una idiota a querer ayudarme. Creo que todo se reduce a la batalla entre corazón y mente. La mente te dice: “estás perdiendo el tiempo”. Pero el corazón te entiende. El corazón es el que quiere que encuentres tus viejos vinilos. El corazón no es razonable, quiere que recuperes todo aquello que alguna vez fue importante en tu vida.

¿Cuántos de tus viejos vinilos encontraste?
Bueno, es una cuestión abierta a la especulación. Seguro sé que he encontrado uno. Lo cual, no está mal, porque lo más lógico sería que no hubiera encontrado ninguno.

¿El “Slippery When Wet” (Mercury Records, 1986) de Bon Jovi?
No revelaré de qué disco se trata ni cómo lo encontré. Mejor que la gente lea el libro. Sí que os recomendaré que, si os gusta la música, seguid en contacto con vuestras ex novias. Creedme, nunca sabes cuándo pueden echarte un cable.

Y ahora, una vez has acabado el libro, ¿sigues buscando tus viejos vinilos?
Desde que empecé, nunca he dejado de buscarlos. Ya no es una búsqueda tan enfermiza como cuando empecé a escribir el libro, pero cada vez que entro en una tienda de discos me voy a la cubeta de segunda mano por si doy con alguno. Actualmente, sin embargo, me interesa más descubrir grupos nuevos y disfrutar de la música como lo hacia antes de que todo cambiara con la irrupción de los formatos digitales.

¿Con todo ese rollo de la crisis de los cuarenta, buscabas tus viejos discos o lo que realmente estabas buscando era el chaval que habías sido veinte años atrás?
Joder, tío, has abierto la caja de los truenos. Probablemente sea un poco de las dos cosas. Quería recuperar mis viejos vinilos, pero también es verdad que quería volver a experimentar qué se siente cuando tienes veinte años, esa época en la que vida era mucho más sencilla y escuchar música era lo único que realmente importaba.

¿Hay alguno de tus viejos vinilos que te gustaría recuperar especialmente?
Sí, “Let It Be” (Twin/tone Records, 1984) de The Replacements. Lo recuerdo absolutamente todo de aquel disco. Tenía una rayada a mitad de “Androgynous”, justo cuando Paul Westerberg cantaba aquello de “might be a father, but he sure ain’t a…” y entonces saltaba. Me acostumbré a escucharla así. No me molestaba, formaba parte intrínseca de la melodía. Había escuchado tantas veces aquella rayada que, cuando me compré el disco en CD, cada vez que la canción llegaba a aquel punto, instintivamente esperaba que saltara.

“Si buscas maría en un disco de The Replacements es que no has entendido la filosofía vital del grupo: eran borrachos pero no fumetas”

Además, tu vieja copia en vinilo de este disco… ¡olía a marihuana!
¡Sí! De adolescente solía esconder la maría dentro de la funda de este disco. No sé por qué, pero estaba convencido que si a mis padres les daba por buscar drogas en mi habitación, nunca husmearían en un disco de The Replacements.

¿Por qué?
Si buscas maría en un disco de The Replacements es que no has entendido la filosofía vital del grupo: eran borrachos pero no fumetas. Recuerdo que con el tiempo la funda se puso como muy pegajosa y se intensificó el olor de maría. Se podía oler a tres casas de distancia.

El cierre del libro es una fricada pero me parece sublime.
Es mi parte favorita. Regresé a la casa en la que pasé mi infancia y me reuní con mi hermano y un par de colegas. Nos pasamos el día escuchando viejos vinilos de bandas punk, emborrachándonos y charlando sin parar sobre los buenos tiempos pasados. Una gran experiencia.

¿Escuchamos pop porque estamos tristes o estamos tristes porque escuchamos pop?
Para mí, tanto monta monta tanto. Sin música pop seríamos seres más tristes aún. Del mismo modo que es cierto que la música pop intensifica nuestra tristeza. El pop da color y ritmo a nuestras desgracias y eso es una de las cosas que más me gustan. El pop dignifica nuestras emociones más exageradas. Es el único espacio en el que puedes revolcarte en la autocompasión y sentirlo como arte.

En parte te lo preguntaba porque el libro me ha recordado a Nick Hornby, y también a gente como Chuck Klosterman o Giles Smith. ¿Fueron una influencia?
Me encanta todo lo que han hecho todos ellos. Sí, sin lugar a dudas, de un modo u otro, han influido la redacción de “En busca de los discos perdidos”. Pero si hablamos de influencias, nadie me han influido más que el humorista y escritor David Sedaris. La manera en que escribe sobre su vida y su familia es tan hilarante, dolorosa y sincera que es imposible no sentirte identificado con él. Esa es la clase de memorias que aspiro escribir.

En tus inicios querías ser dramaturgo.
Empecé a escribir en Chicago a inicios de la década de los noventa. Y sí, aspiraba a convertirme en el Christopher Durang o el Woody Allen de mi generación. Escribía obras de teatro que se representaban en pequeños teatros perdidos por los peores barrios de Chicago. Las obras tenían títulos que entonces creía divertidos, como “Grandpa Ruins Christmas” y “Nothing Cute Gets Eaten”.

¿Qué te llevo al periodismo?
Nadie venía a ver mis obras. Los teatros, como explicaba, estaban junto a casas de crack y las obras empezaban a las diez de la noche o incluso más tarde, cuando por las calles de alrededor ya rondaban las prostitutas y los traficantes de drogas. Ni siquiera mis mejores amigos venían. Sin embargo, fue a través de uno de los actores de una de esas obras que empecé a escribir para revistas independientes de Chicago, primero, y después para Playboy, que en los noventa aún estaba en Chicago. Mi carrera como escritor ha sido un gran accidente.

La tuya y la de todo periodista freelance, en Estados Unidos o en España…
Si hay algún estudiante de periodismo leyendo esto, por favor que no intente aprender nada de mi trayectoria. Todo ha sido una serie aleatoria de eventos que inexplicablemente me ha llevado a lo que estoy haciendo actualmente. Lo único consistente a lo largo de mis años ha sido mi deseo por escribir. No me importaba si estaba escribiendo obras estrenadas en el teatro de un gueto de Chicago o guiones de películas porno en Los Angeles.

“Si hay algún estudiante de periodismo leyendo esto, por favor que no intente aprender nada de mi trayectoria”

¡¿También has escrito guiones para películas porno?!
Sí, lo hice durante un años. También he enseñado a escribir sketches cómicos en Second City sin tener ni puta idea de escribir sketches. Y también he entrevistado a centenares de famosetes y gente conocida para revistas como Vanity Fair. He aprovechado todas las oportunidades que me han surgido para hacer cosas que encontraba mínimamente interesantes.

Para Vanity Fair o para Esquire, Playboy, Rolling Stone o The Observer, entre muchas otras publicaciones, la lista de gente a la que has entrevistado es impresionante.
De entre todas, mi entrevista favorita es la que hice a Merle Haggard para Vanity Fair. Tengo una especial debilidad por los abueletes con historias interminables sobre los errores que han cometido a lo largo de su vida. En el otro extremo, no hay nada más aburrido que un entrevistado de veinte años que acaba de hacerse famosete.

Son demasiado jóvenes y no tienen buenas historias que contar.
Y si las tienen, no saben cómo explicarlas. Tal vez aún se preocupan demasiado por su imagen pública o se creen que están explicando demasiado y desean parecer mucho más misteriosos de lo que realmente son. Nunca he entrevistado a nadie de veinte años con el que me haya descojonado. Pero, en cambio, entrevistas a alguien como Merle Haggard, Burt Reynolds, John Cleese, Danny DeVito o cualquiera que acumule un kilometraje importante en el velocímetro de la vida acabas olvidando que tu trabajo es hacerle preguntas.

A cierta edad ya no te preocupa lo que la gente pueda pensar de ti, menos si has tenido una trayectoria como la de los nombres que has citado.
O tienes una visión mucho más retrospectiva de tu vida. Probablemente tienes un perspectiva más nítida sobre lo que realmente importa y lo que es prescindible de la vida. Lo único que tengo claro es que prefiero escuchar a Willie Nelson divagar sobre nada en particular mientras se fuma un porro del tamaño del brazo de un bebé que hacer ver que me interesa lo que me está explicando el actor de moda del momento.

En los último capítulos del libro explicas que recibes una oferta de trabajo de la revista Men’s Health, que dudas en aceptar porque supone tener que seguir un horario de oficina y vestir pantalones de pinzas. ¿Cómo lo llevas?
De puta madre, me echaron hace poco.

Glups… Lo siento.
Todo lo contrario, estoy mejor que nunca. Vuelvo a ser freelance y las cosas me van genial. Acabo de publicar un ensayo para New York Times Magazine exponiendo por qué creo que Michigan es un lugar de puta madre. La semana que viene me la pasaré de farra con el guitarrista de Kid Rock para un artículo de Playboy.

¿Y algún libro nuevo en camino?
Actualmente estoy escribiendo un libro sobre la paternidad con mi hijo de seis años. Su título provisional es “Los pedos son hilarantes y los robots son increíbles”. Con Jeff Tweedy de Wilco, quien, por cierto, escribió el prólogo de “En busca de los libros perdidos”, estoy trabajando en sus memorias. Está siendo una de las experiencias más gratificantes de mi vida. Hace años que soy seguidor de su música y ahora me paso las tardes en su casa hablando sobre su vida y qué es lo que le inspiró para escribir todas esas canciones que me parecen mágicas. Si alguna vez me oís quejarme por cómo me gano la vida, dadme una buena hostia.