Hace veinticinco años, el que fuera uno de los iconos mod de la Movida madrileña decidió que su tiempo había llegado. Tras el final de Los Elegantes, hizo las maletas y marchó a Miami para continuar la aventura familiar del restaurante Botín. Pero una vez allí, su vocación de periodista le pudo y en la actualidad es corresponsal de la Agencia Efe en Florida. Ahora, después de todo este tiempo y con un océano por medio, Emilio regresa para contarnos en ¡Ponte ya a bailar! (Ediciones Chelsea) sus años “de revuelta mod con Los Elegantes”. Y, por qué no, volver a componer canciones de “neurótico” y a tocarlas, como sucedió recientemente en el renacido Rock-Ola, donde tuvo lugar la presentación del libro.


Después de varios años sin tocar y, prácticamente, sin saber de ti, estás en los medios por partida doble, tanto por el libro como por las canciones que has hecho con Los Disparos. ¿Cómo estás viviendo este remake?
Es una vuelta a mis orígenes inesperada que me llena de entusiasmo, que me sorprende por la acogida que ha tenido entre la gente, no sólo desde que llegué y empecé la promoción con Álex, de Ediciones Chelsea, por radios, blogs, librerías y revistas. Me sucede que a veces estoy con un nudo en la garganta, como me pasó en el Rock-Ola. Primero, porque no me esperaba esta acogida: tanta gente comunicándote tanta emoción, compartiendo contigo anécdotas, recuerdos, entre amigos, con chicas, haciéndote sentir hasta qué punto un puñado de canciones ha formado parte de su vida. Y de varias generaciones, no sólo de la nuestra. Cuando te dicen lo que significan para ellos esas canciones que, como digo, han formado parte de su vida, y te dan regalitos, cartas… es una cosa para la que yo no estaba preparado.

¿No eras consciente de los que significasteis en su día? Me imagino que habrás tenido contacto con gente que en su época sí iba a vuestros conciertos pero que no conocías.
Pues el 90%. Y ya te digo que también gente no sólo de nuestra generación. Sino con treinta y pico o cuarenta años, incluso más jóvenes. Personalmente, después de vivir tan desconectado incluso de España y de la escena musical española, fue un regalo inesperado, lleno de emoción, de entusiasmo. La verdad es que te diría que estoy como en Apunten y fuego, “feliz y exaltado”. La sensación que tengo dentro de mí es de gratitud.

¿Qué fue antes? ¿Volver a componer tras la propuesta de Felipe, de Los Disparos, o pasar de la pantalla de la redacción al miedo del folio en blanco?Fue antes lo de Felipe. Se concretó muy rápidamente, después de conocernos y charlar sobre ciertos sonidos familiares que había entre Los Elegantes y Los Disparos, como la voz del cantante, melodías, armonías vocales… Ten en cuenta que ellos hacen bonitas armonías vocales. Son tres en el tema de las armonías, tanto Felipe como el bajista y el cantante, y nosotros también éramos tres. En nuestro caso, Charly, el batería, Juanma y yo. La incorporación de armonías vocales siempre me ha encantado en las bandas. No sólo un fraseo. Esto nos une bastante. Así como un concepto de la música power pop, fuerte y enérgica. Y contundente y demoledor sobre un escenario.
A partir de esa relación de amistad que se estableció, un día recibí un mensaje de Felipe que me mandaba una estrofa por mp3 y me animaba a continuar con esa primera estrofa que arrancaba la que luego sería la canción Dos minutos y un segundo. El proceso de elaboración de la canción fue tan rápido y tan fluido, y tan fácil, que me sentí como si estuviera de nuevo en Los Elegantes, como si no hubiera habido parón. Sin solución de continuidad enlacé con la estrofa de él y rápidamente empezaron a surgir puentes y estribillos. La emoción fue tal que la sensación de estar en un mundo familiar para mí me hizo recuperar una melodía que tenía grabada en mi móvil desde hace años. Aunque no componía ni hacía nada, a veces tenía melodías que me zumbaban en la cabeza. Entonces se la envié. Como lo habíamos pasado tan bien y había habido mucha compenetración, le dije “te envío ésta a ver si tú te animas”. De ahí surgió Pájaros en la cabeza.

“La vejez es la pérdida de curiosidad, y yo creo que nunca la he perdido”

Se van a publicar en unas semanas en el EP que Subterfuge va a editar a Los Disparos.
Sí. No creo que tarde mucho en salir. Lo grabamos en octubre del año pasado en el estudio de Astray. Nos hubiera gustado haberlo tenido ya, para poder haberlo ofrecido a la gente que vino a la presentación del libro. Estábamos pendientes de las fotografías, del diseño, de que Carlos Subterfuge encontrara hueco entre sus grabaciones…

Has contado cómo fue el proceso, pero ¿letra y música son de los dos?
Hemos trabajado en conjunto tanto música como letra. A mí me gusta componer directamente la melodía en español, ir directamente a la letra. No hacer la letra y luego tararear la melodía, sino hacer las dos cosas a la vez.

Y al margen de esas melodías que te zumbaban de vez en cuándo, la última vez que compusiste una canción entera, ¿cuándo fue? ¿De vuestra época de Los Elegantes?
La verdad es que soy monógamo en esto de la música. Y cuando dejamos Los Elegantes lo dejé todo. Fue una medida quirúrgica. Cada uno funciona en la vida con criterios, y en ese momento no sentía ganas. Ni de crear otro grupo, ni de estar en otro grupo paralelo, ni de componer un disco aparte. Para mí, la proyección mía musical eran Los Elegantes. Y no entendía la música sin Los Elegantes. Total, que cuando se disolvieron no volví a componer. Si acaso, en los últimos coletazos de Los Elegantes, cuando tocamos en Villarta de San Juan, que fue nuestro último concierto, con Galiacho, el pianista, había compuesto algunas canciones, más que nada apoyando yo con melodías algunas canciones que él había compuesto al piano y creando yo la letra. Teníamos algunas canciones pero todo quedó ahí. Yo pensaba que eso podríamos volcarlo luego en un nuevo disco con Los Elegantes. Pero ya me sumergí en el periodismo, me fui a Estados Unidos y hasta ahora, que ya han pasado veinticinco años.

Cuando Felipe te hace la propuesta, ¿te tiene que insistir o enseguida recoges el guante?
Le recogí el guante enseguida. Ya tenía una afinidad con él. No le conocía personalmente. Sólo a través de Facebook. Teníamos una relación muy buena. Además, yo lo hice para testarme, como curiosidad. Ya sabes que la vejez es la pérdida de curiosidad, y yo creo que nunca la he perdido. Pensaba que no iba a surgir nada. Pero la verdad es que al margen del posicionamiento de canciones en listas de radio, creo que siempre he tenido facilidad para captar melodías y estribillos. Escuché lo que me mandó Felipe y enseguida me salió la segunda estrofa. Vi claramente el estribillo. Pensé en lo raro que era esa facilidad después de veinticinco años sin haberte planteado seguir componiendo ni haber tenido en activo ese músculo mental de la composición. Pensaba que no iba a poder, que me iba a costar mucho, o que no iba a tener cierto nivel de calidad mínimo. Lo disfruté como si no hubiese pasado el tiempo.
Por eso le lancé a Felipe el reto de Pájaros en la cabeza y captó la esencia, la columna vertebral del tema. Felipe tiene mucha personalidad tocando. Tiene unos riffs muy bonitos, saca a la guitarra un sonido muy afilado. Fíjate, que estaba yo el otro día en primera fila, porque había tanta gente que no podía ir al camerino. Claro, cuando tocaron Apunten y fuego y vi la reacción de la gente coreando toda la canción, ahí fue cuando se me puso un nudo en la garganta. Ahí vi que Los Disparos habían hecho de la canción su médula, se la habían apropiado con todo el derecho. Ahí me emocioné. Pero no porque la canción fuera nuestra, sino porque la sensación era que la canción les pertenecía a ellos, con ese desdoblamiento. A pesar de venir de Estados Unidos en Navidad con el corazón duro, en vez de ser de turrón de Alicante se me puso turrón de Jijona. Y ya, cuando me subí a tocar, tuve la sensación de que siempre había estado entre ellos. Ten en cuenta que nunca había vuelto a tocar con nadie, ni siquiera la guitarra entre amigos.
Ha sido una cosa de neurótico, como siempre he sido, desde Los Elegantes, componiendo canciones neuróticas, y siendo muy neurótico desde que tenía dieciséis o diecisiete años. Por un momento, el tiempo no sólo se detuvo, sino que sentí la misma energía. Yo reconozco que nunca me ha pesado el tiempo ni el cansancio sobre un escenario. Es un fenómeno químico que se produce dentro de mí. Me vuelvo loco y pierdo la cabeza, como para pensar que me voy a tirar de un escenario y creer que voy a volar, como me pasó alguna vez. Pensé que era nuestra banda. Si hubiese estado en Madrid, con la rutina de ver amigos, salir de copas, lo mismo tocar no habría sido tan emocionante. Pero tocar veinticinco años después, desconectado de la música, de las bandas, de Madrid, fue increíble.

Y Álex Cooper, al frente de Ediciones Chelsea, ¿cómo te propone escribir un libro?
Pues poco después de lo de Los Disparos, cuando ya habían ensayado algo las canciones y me las había enviado Felipe, contacta conmigo Álex. “Emilio, me gustaría mucho que tú, con total libertad, pudieras armar un relato personal de esos primeros años de Los Elegantes con el elepé Ponte ya a bailar como ejemplo”. Ese marco del primer disco me sirvió. Yo en la vida pensé en introducirme en esa especie de espeleología de memorial, de algo casi olvidado. Ese trabajo de sumergirme en el arrecife coralino de la memoria para tratar de buscar los pecios de los recuerdos, limpiarlos, darles contorno y que brillen, me parecía imposible. Pensaba “Vale, si voy a encontrar un pecio de la memoria, lo voy a ver totalmente borroso, sin ningún contorno y muy difuminado”.
Pero Álex me lo planteó, y como es una persona que tiene una capacidad de comunicarte optimismo, ganas, deseos, ilusiones, algo que es fundamental en la vida, frente a tanta gente que es tan ceniza, tan negativa, de lo que hay mucho en España, pues como Álex es todo lo opuesto, que con él puedes ir hasta el fin del mundo, con esa capacidad de generar mil proyectos, de estar en mil sitios a la vez, no pude decir que no. Si hubiese sido algo más cerebral, de otra editorial, “oye a ver qué se te ocurre”… Pero él era muy preciso. Me escribió una carta larga, con todas las vinculaciones emocionales.

Vosotros llegasteis a tocar con Ópera Prima, el primer grupo de Álex. Vuestro final coincide con los inicios de Los Flechazos. Supongo que Álex escogió el primer disco por lo que representa, por la época, para él.
Exacto. Aunque él me dijo que incluso el segundo disco le gustaba más que el primero, con canciones también fantásticas. Pero es cierto que el primer elepé es como un corolario, un disco que sintetiza canciones, emociones, vivencias, anécdotas, episodios e historias de Los Elegantes. Me pareció muy bien la columna vertebral a partir de la cual se pudiera cimentar un relato personal, que al final monté como una suerte de puzzle de episodios que tienen como eje a Los Elegantes y por el que desfilan amigos, vivos y algunos muertos, viajes, accidentes, chicas, juergas, correrías. Alex me dijo “tienes que hacer esto”, bueno, no tienes, que jamás impone nada, porque es de una delicadeza fantástica, con una cultura, conocimiento… Es un Scott Fitzgerald a la española. Es un editor mod errante. Bueno, pues me dije “a ver qué pasa”, sin haber hecho un esfuerzo de evocación, de recuperación de anécdotas que fueran significativas para mí.
Primero, como periodista uno tiene herramientas que llama ejes. Tú sabes siempre que cuando vas a escribir algo, ya sea una crónica, un reportaje o una nota de breaking news, el primer párrafo es decisivo. Mi trabajo fue desnudo. No quería ningún artificio, ningún punto de apoyo de referencia a través de las redes sociales o de Internet. Quería simplemente el buceo directo. Sumergirme en mi propia memoria, el único vínculo de comunicación con el pasado. Nada de ir primero tomando notas en plan “a ver qué recuerdas”. Eso no funciona conmigo ni con lo que quiero escribir. Álex venció en mí perezas, inseguridades. Recuerdo perfectamente que me puse la primera canción. Hacía mucho tiempo que no escuchaba el disco. Pues esa primera canción me llevó a mi colegio. Tenía que empezar antes de Los Elegantes. Me despertó el eco de mi adolescencia. Así surgió el primer párrafo: “Mod y del Atlético de Madrid: la cosa pudo haber sido peor”. Me gustó. Era el tono menor en el que quería escribir el libro, sin ninguna pretensión, sin artificios, sin ningún juego verbal, sin hacer una exégesis o hermenéutica de la Movida, sin darme ninguna importancia más que la que pueda tener el recuerdo para mí. Pensé que si ese recuerdo tenía cierta gracia para mí, quizás lo tuviera para los demás. Por eso arranqué en mi prehistoria.
Se lo mandé a Álex, le hizo mucha gracia y le gustó ese tono. Como conozco mi indisciplina, mis vaivenes emocionales, mis altibajos de todo tipo, mi falta de estar enfocado en las cosas más de un tiempo determinado, pensé “No puedo fallar a Scott Fitzgerald”. Cuando volví a releer el libro una vez escrito, que estuve mucho tiempo sin hacerlo, me di cuenta de que la invocación nostálgica no la veía por ningún lado. Era más un libro feliz que conecta con un poquitín de la picaresca nuestra española o con la literatura de aventuras, como Huckleberry Finn. Me gustó ese tono orgánico y natural que salió del libro. Yo no iba revisando los capítulos según iba escribiendo. Por eso hay algunas repeticiones que yo quise dejar, porque en la vida también surgen repeticiones y yo quiero que el libro sea como la vida que yo viví entonces. Álex me animó a seguir por ahí. Tuve que hacer un esfuerzo de inmersión lo más a fondo que pude y hasta qué punto ser capaz de evocar los contornos de los recuerdos que voy evocando.

Por lo que comentas, te defines como inconstante. ¿Te viste incapaz de seguir con el libro en algún momento?
Sí, al principio. Tenía miedo y temor y no quería fallar a Álex. Aunque soy una persona que si empiezo algo lo tengo que terminar. Igual que con los discos, uno no graba como quiere, sino como puede. En cierto modo, lo que importa es que tú termines lo que tienes entre manos. Pues cuando encontré el tono de la primera estrofa me lo empecé a pasar de la leche. De repente empecé a evocar cosas y, como dice Rafael Alberti, “de lo vivo lejano”, pues lo lejano se volvió vivo y empezó a recuperar su propio perfil. Es cierto que seguro que hay distorsiones, pero siempre a partir de la honradez subjetiva, o de un subjetivismo honrado. Quería ser honesto con la gente y quería evocar cosas que no sabía si podía evocar. Y un recuerdo mi iba trayendo otro.
Algo terapéutico sí que tuvo. Cuando terminé de escribir el libro, yo, que siempre he tenido una pesadilla recurrente toda mi vida desde que dejamos Los Elegantes, que era estar en un concierto y no acordarme de la letra, o me faltaban cuerdas, o salía del concierto solo y no me acordaba en qué hotel me alojaba, pues todo esto desapareció con el libro.
Si no le daba la continuidad, aunque fueran dos o tres párrafos al día, perdía la mirada atenta, y en un periodista, a la hora de escribir tienes que tener esta mirada atenta sobre los hechos. No podía dejar de escribir ni de mantener la tensión. Tenía que someterme a una tensión diaria, de manera que durmiendo, en vigilia, escribiendo o trabajando en Efe, tenía una parte de la memoria que siempre estaba ahí. De hecho, me venían cosas según trabajaba y las iba anotando.

“En cuanto a la muerte de Canito, lo de menos es que fuera el pistoletazo de salida de La Movida. Fue la pérdida de un chico maravilloso”

¿Te ibas poniendo cada canción y dejabas salir los recuerdos? ¿Tus magdalenas particulares?
Sí, efectivamente. Un ejercicio proustiano, pero sin ese detalle incomparable de Proust de perfilar esos recuerdos. Ahora que lo dices, con todas las limitaciones, claro, y que esto es ínfimo al lado de En busca del tiempo perdido, sí que en ese momento, el desencadenante fueron las canciones. Proust utilizó su magdalena, en mi caso fueron las canciones. Me sumergí de tal manera que pensaba “bueno, este capítulo no quería alargarlo mucho”, por la extensión que me dijo Álex, y cuando acababa cada capítulo tenía la sensación de que tenía sentido en sí mismo y era abierto, es decir, que podía leerse independientemente de tener una unidad de forma y de fondo con el siguiente. No quería perder el tono directo y conversacional que tenía. Ese tono era muy importante mantenerlo, y sólo lo podía hacer si también mantenía el estímulo emocional, desde el primer capítulo al último, para lograr ese grado de conexión entre emociones y escritura. Así fueron saliendo los capítulos. Cuatro meses tardé en escribirlo, trabajando en él prácticamente todos los días, aunque unos más que otros, dependiendo del día que tuviera. Álex me dijo que no creía que pudiera terminarlo tan pronto.

¿Tu madre lo ha leído?
Me dice que le hace mucha gracia, pero que cuando hice estas trastadas, ninguna. Cuando terminé de escribir el libro, era tal la mecánica de evocación de recuerdos y de arrojar luz sobre el pasado tan remoto, que estuve durante un mes más viniéndome nombres a la memoria. Pero pensé que ya no tenía sentido añadir nada, aunque que incorporé un par de detalles más.
El músculo de la memoria lo tenía sometido a tal presión que me siguieron apareciendo recuerdos. Pero bueno, es un texto corto y yo espero que quienes lo lean pasen un rato entretenido. Y quizás ese relato personal articulado en torno a Los Elegantes les descubre algún aspecto diferente o desconocido. O por lo menos, de cierto interés para la gente que lo lea.

Hay material en la parte final del libro que proviene del archivo de Juanma. Creo que sigues sin tener relación con él. ¿Cómo lo cedió?
Se lo pidió Álex. Con Juanma no he vuelto a hablar desde que se disolvieron Los Elegantes. Está muy bien porque él tenía fotos estupendas. Yo tengo un recuerdo maravilloso de nuestras galas, de la compenetración que él y yo teníamos, no sólo en directo, sino componiendo, una facilidad para entendernos él y yo de manera increíble. Fue una lástima que no siguiéramos componiendo juntos. Podíamos haber seguido haciendo canciones muy bonitas. Un poco sentí eso con Felipe, con esa conexión emocional y mental para entendernos a la hora de componer canciones, donde, como has visto, la distancia no es obstáculo. Eran canciones de ida y vuelta. Felipe en Madrid y yo en Miami, y en ningún momento sentí que hubiera esa distancia. Me sentí igual que cuando componíamos con Juanma.

En su día virasteis de una época mod, nuevaolera, hacia una etapa más próxima al rock americano. ¿Fue tanto tuyo como de Juanma este giro?
Yo creo que sí. Por encima de rock americano, en concreto gente, como Tom Petty, con un sonido que me deslumbró, con Damn the torpedoes. Pero como en su día me deslumbraron los Who, los Troggs, o los Jam posteriormente. Bueno, pero no el mismo deslumbramiento que los Who o los Jam, que siguen siendo mis pilares musicales y me sigo emocionando con todo lo que escucho de ellos. Pero sí, la influencia de Tom Petty se sintió.
De todas formas, si miras todos nuestros discos, no hay una brecha excesiva entre lo que nosotros hacíamos al principio o lo que fue luego Los gatos de mi barrio. Hay sonidos que sí que puede que te recuerden más a Tom Petty, o a Elliott Murphy, que también nos influyó, pero siguió existiendo esa conexión con el pop fuerte o con el soul en cada canción. En cada uno de nuestros discos vas a encontrar también temas de soul o de pop muy fuerte. Quizás esa fuente nueva o influencia, más que evolución, se incorpora de manera natural u orgánica a lo que es la trayectoria y la visión musical del grupo. Esas fuentes nos iban enriqueciendo. Damn the torpedoes es una obra maestra. Cualquiera que lo escuche se queda sobrecogido con las canciones.
Tal vez desde fuera el cambio parece más radical, pero cuando estás en una banda ni siquiera te planteas este cambio como una evolución. Te lo planteas como una manera de apropiarte, de apoderarte o de saquear todo aquello que te gusta, y nutrirte de todo aquello que vas viendo. Una banda se tiene que estar nutriendo continuamente de cosas, de discos, de canciones, de emociones, de vivencias. Y en lo musical, de aquello que te impacta y te sacude. En mi caso la verdad es que nunca dejé de sentir una emoción muy especial con el soul, con Ray Charles, con Otis Redding, con Smokey Robinson, con las Supremes, con Martha y las Vandellas… Sam Cooke por supuesto. Siguen siendo para mí referencias fundamentales.

También el libro tiene momentos para recuerdos algo dolorosos. Yo siempre había oído que Canito, batería de Tos, murió en accidente de coche. Pero no sabía cómo fue.
Yo no he leído mucho de lo que se ha escrito sobre eso. Me llevaba muy bien con él. Fue aterrador, muy traumático. Estaba con él en un arcén de la carretera de La Coruña y de repente desapareció. Me quedé hablando al aire. Era un tío con una vitalidad, con mucha gracia… Y congeniamos de la leche desde el primer momento, porque él adoraba a los Who, y componía y cantaba de puta madre. Y ese hijo de puta, que dicen que fue un soldado de reemplazo, se lo llevó por delante. Ahí sí que cambia el tono de lo que he ido contando en el libro. Pero creo que lo cuento con respeto y con un cariño enorme. No sabía si escribir ese capítulo, porque lo pasé mal escribiéndolo. Todo fue muy doloroso. Lo de menos es que fuera el pistoletazo de salida de La Movida. Fue la pérdida de un chico maravilloso.