De vez en cuanto nos gusta leer cómo es la vida en la carretera cuando las bandas españolas van más allá de nuestras fronteras. Esta vez contamos con los G.A.S. Drummers, que nos relatan su actual gira por Canadá. Nos lo cuenta su vocalista y guitarra Dani Llamas.

Día 1
Madrid–Toronto

La ventaja o desventaja de viajar a una zona horaria seis horas atrás del lugar en el que vives normalmente se traduce, entre otras cosas, en que vives el día dos veces, es decir, que al final comes siete u ocho veces. Eso es lo más reseñable del primer día en Toronto.

Pasar el control de la aduana en el aeropuerto fue más sencillo de lo que esperábamos. Llevábamos una carta de dos promotores y todo de cara en caso de que la policía nos hiciera demasiadas preguntas, pero ni siquiera fue necesario mostrarla. Fuera estaba Matt Bresee, nuestro tour manager canadiense, que nos esperaba con una Dodge Caravan color gris oscuro, y en aquel momento nos asignamos cada uno nuestro asiento para el resto de la gira, y justo desde el mío os estoy escribiendo estas líneas, unos cuantos días después de lo que os relato.

Nos alquilamos un apartamento en el 1998 de Bathurst, a unos quince minutos en coche del centro de Toronto. Fue bonito ver el número 1998 sobre el portal de la casa, ya que es el año de nacimiento de nuestra querida banda.

Como primera toma de contacto con la ciudad, fuimos a almorzar (otra vez) a un sitio de ramen en el barrio de Kensington, y después de eso nos dispusimos a ensayar durante tres horas a unas tres manzanas de aquel restaurante. Justo al acabar mi amigo Johnny, de la mítica banda Trigger Happy (si te gustaba el hardcore punk en los noventa sabrás de quienes te hablo), nos recogió allí mismo y nos tomamos unas cervezas mientras nos situaba bien por el barrio. Él iba a un concierto de los suecos Truckfighters, y nosotros optamos por volver a comer, esta vez pizza. En ese momento recibimos un mensaje de Jord de Propagandhi. Estaban a cinco minutos de aquella pizzería tomando algo, ya que acababan de llegar esa tarde provenientes de su ciudad, Winnipeg. Fuimos a buscarles a Ronnie’s. El lugar tenía una suerte de terraza fuera, con mesas y de madera, y allí estaba toda la banda. Nos abrazamos y charlamos durante un buen rato, mientras observábamos que para fumar había que salir del recinto exterior, pero justo allí no se podían sacar bebidas. La marihuana es casi legal, y digo casi, porque se ha aprobado que lo sea a partir del mayo-junio de 2018 y por tanto la connivencia es total.

Veinticuatro horas después de que nuestro avión saliera de Madrid, nos fuimos a la cama.

Día 2
London

En las afueras del Music Hall de London hay un parking enorme. Allí estaba una furgoneta GMC con matrícula de Nueva York. Eran los chicos de Iron Chic, con los que también compartimos estas fechas.

El primer concierto de esta gira pintaba bien, una sala de unas ochocientas personas, un camerino que compartíamos con nuestros compañeros americanos, y toda la parafernalia que encierra a nuestros amigos de Propagandhi, que presentaban disco nuevo –“Victory Lap” (Epitaph) recién salido del horno. La cola en el puesto de merchandising de los chicos de Winnipeg se formó en cuanto se abrieron las puertas y no se deshizo hasta que no se cerraron. Justo a nuestro lado había un puesto de los Sea Sheperd, una organización ecologista escindida de Greenpeace que vela por la conservación de los océanos. En todos los conciertos de Propagandhi suele haber uno o dos puestos de diversas causas, ONG’s, prensa alternativa u organizaciones políticas.

A las 20:00 h. nos tocó salir a aquel escenario. Conseguimos romper el hielo rápidamente, y el concierto nos salió bastante bien. Luego, después del turno de Iron Chic, nos quedamos a uno de los lados del escenario para ser testigos de excepción del repertorio de Propagandhi. Sin más dilación recogimos nuestras guitarras, el merchandising, y nos pedimos una pizza en un establecimiento cercano. Aquel día volvíamos a Toronto a dormir, a unas dos horas por carretera. Ya empezaba a hacer frío.

Día 3
Toronto

Los horarios de descarga y de pruebas de sonido suelen ser entre las cuatro y las cinco de la tarde, así que aquel día tuvimos un poco de tiempo para hacer algo de turismo . Nos enfilamos hacia el Downtown para intentar subir a la Torre CNC (sí, ya nos sabemos el chiste de Torontontero), pero era un poco caro y al ver a tantos grupos de turistas chinos enloquecidos por los alrededores nos disuadimos de hacerlo. Quisimos repetir fórmula ganadora a la hora de comer, pero esta vez no nos salió bien la jugada. Fuimos a un sitio en China Town para tomar otro de aquellos peroles de sopa y fideos, de más de un litro por persona, pero no nos gustó demasiado y pocos fuimos capaces de acabárnoslo.

Llegamos al Toronto Opera House, que es la sala donde tocábamos aquella noche. Imaginaos un antiguo teatro de vodevil, bastante grande, que luego fue cine, y que desde hace ya treinta años es el paso obligado de las mejores giras de rock en la megalópolis canadiense. El escenario (lo puedes ver en la foto de abajo) se sitúa bajo un arco con bajo relieve, y la pista la presiden dos enormes cuadros con dos bailaoras de flamenco, lo cual en cierta manera nos hizo sentir como en casa. El sonido era impresionante, y, literalmente, nuestra prueba duró cuatro minutos. Conseguimos sacar adelante un concierto casi perfecto, y recortamos en dos canciones nuestro repertorio con respecto a la tarde anterior en London.

Entonces pasó algo muy divertido. Nos dirigimos al puesto de camisetas y discos que habíamos montado justo al lado del de Propagandhi. De nuevo, el bullicio alrededor del puesto de nuestros amigos era asfixiante. Fue cuando decidimos que nuestra táctica de venta tenía que ser mucho más agresiva. Entonces invocamos a los espíritus de los vendedores de mercadillo, y allí estábamos, pregonando, a veces en castellano, otras en inglés, y solo de esa manera conseguimos triplicar las ventas con respecto al primer día.

El concierto estaba todo vendido desde hacía un mes, y aquellas mil personas fueron testigo del buen estado de forma de Propagandhi, que, si cabe, pulieron un mejor concierto que en London.
Después de recoger, nos fuimos las dos bandas y algunos amigos a celebrar al Bovine Sex Club, un garito muy chulo a la par que estrambótico. Poco antes de llegar, descubrimos que Sulynn, la nueva guitarrista de Propagandhi, entiende bastante de lo que hablamos, porque nació en San Juan de Puerto Rico, y entonces decidimos ya no volver a hablar en inglés con ella, así que Sulynn ya ha pasado a formar parte de la pandilla de hispanoparlantes de la gira.

Día 4
Día libre.

El jueves 12 no teníamos concierto, así que decidimos ser turistas, por lo menos media jornada. Una vez asumido nuestro nuevo rol, nos dirigimos una hora y media al sur de Toronto para visitar las cataratas del Niágara, para verlas desde el lado canadiense, que por lo visto mola mucho más que verlas desde el lado americano. Es un espectáculo brutal, porque las aguas son súper caudalosas, y se crea una nube de agua enorme que te empapa, como si estuviera cayendo un chaparrón, pero eres consciente que se trata del agua del río que salpica y se eleva unas cuantas decenas de metros hasta volver a caer sobre tu ropa desde el cielo.

Después de hacernos tropecientas fotos y vídeos, nos dirigimos a las afueras de Hamilton, donde nos habían regalado una sesión en los School House Studios de Nick Ginn. Decidimos grabar una canción nueva, una idea que teníamos ahí aparcada de uno de aquellos ensayos furtivos que hacemos cuando coincidimos los cuatro, que es nuestro propio cometa Halley. Decidí titular a la canción “Yours To Discover”, por ser el lema que corona todas las matrículas de los coches del estado de Ontario. La grabamos en directo y luego grabamos las voces aparte. Vino un tipo llamado Ian y lo grabó todo en vídeo, así que supongo que pronto lo sacarán por ahí. Quedó bastante guay.
Aquel día decidimos pillar pizzas. Pizzas chungas de una cadena que se llama Pizza-Pizza, que, dicho sea de paso, es mucho peor (que ya es decir) que Telepizza. Y lo peor de todo es que ellos no conciben la pizza sin acompañarla de una salsa (da igual qué sabor, son todas asquerosas) en la que mojar las porciones.

Aquella noche nos quedamos a dormir en casa de los padres de nuestro tour manager, Matt, en un pueblo llamado Guelph. Es la parte que más me gusta de las giras, poder entrar, aunque sea por unas horas, en la vida cotidiana de la gente de aquellos países que visitamos. Nos obsequiaron con una cena maravillosa y un desayuno de french toasts con sirope de arce, y tuvimos varias conversaciones muy interesantes sobre política y sociología canadiense. Por suerte dimos con un matrimonio bastante de izquierdas, así que no se echaban las manos a la cabeza cuando les hablábamos de marxismo-leninismo.

Día 5
Québec

El viernes lo pasamos casi todo en la carretera. Nueve horas de viaje desde el sur de Ontario hasta la maravillosa ciudad de Québec. Cuando estuvimos aquí hace quince años esa ciudad era nuestra base de operaciones. Cada noche, salvo en contadísimas ocasiones, nos hacían volver a dormir a Québec. Hicimos algunos amigos entonces, aunque de aquella hornada de bandas ya no queda ninguna viva. Nuestro tour manager de entonces, Sonny, estaba en Florida de vacaciones, así que no teníamos mucha idea de quién aparecería por la sala.

Sin embargo, fue muy emocionante cuando, un buen rato antes de que empezara la primera banda local, apareció por el camerino mi amiga Sara Venegas. Sara y yo fuimos juntos al colegio desde los cuatro años. Unos años más tarde se convirtió en mi mejor amiga y formamos juntos nuestra primera banda: Snoopy’s Nightmares. Al año y pico le dijimos a Sara que se fuera y eso fue un drama. Y se enfrió todo mucho. Teníamos quince años.

El concierto fue bien, teniendo en cuenta que ahí podíamos hacer un set un poco más largo, así que incluso llegamos a tocar esa canción nueva que habíamos grabado el día antes en Hamilton. Una vez acabado el concierto, Sara nos llevó a un lugar estupendo, una suerte de diner americano de esos en los que te sirven todo el tiempo agua o café, sin preguntarte. Allí, casi obligatoriamente, teníamos que pedir poutine, que es el plato nacional de Québec. Para que os hagáis una idea de lo light que es, consiste en patatas fritas con salsa gravy (también hay gravy vegetariano), y queso por encima, un queso que por mucho que lo calientes nunca se funde.

De ahí fuimos al hotel. Estábamos exhaustos después de tantas horas de viaje. Al día siguiente tocaba Ottawa, a unas cinco horas de viaje, de vuelta con Propagandhi y Iron Chic. Y teníamos que estar descansados.

(continuará)