Más que un estilo de música, el post-rock siempre ha sido un concepto basado en tocar música de timbres y texturas no-rock tanto con instrumentos como bajo patrones típicos de la ortodoxia rock más experimental. A dicha teoría llegó el periodista Simon Reynolds cuando  se enfrentó a la música de los británicos Bark Psychosis, cuya obra cumbre Hex precisamente se reedita estos días.

Aprovechando la ocasión, Marcos Gendre recuerda las diez piezas más precisadas de todo un universo del primer post-rock británico, ese al que hace unos años nos referimos como la generación perdida y que, a día de hoy, sigue siendo un misterio para muchos. Y siendo una invitación al descubrimiento, mejor dejar en el tintero a bandas sobradamente conocidas como Mogwai o Stereolab, y despeñarse con alegría hasta los confines de lo desconocido.

Por su parte, Luis J. Menéndez dedica nuestro Retrovisor al emblemático álbum de Bark Psychosis y le lanza unas preguntas al líder y principal cabeza pensante de aquella formación:  Graham Sutton.


 A.R. Kane

69 

(Rough Trade , 1988)

¿Trampa? En realidad, el primer disco facturado por Rudy Tambala y Alex Ayuli está tan adelantado a su tiempo que su fecha de envasado es lo de menos; estamos ante la verdadera llave maestra de lo que debería entenderse como post-rock. Todo lo que resuena entre los surcos de esta obra es una invitación a sumergirnos en las ensoñaciones abiertas por la navaja de Buñuel. Desde su mirada afrofuturista, el dúo británico se dedicó a hacer del estudio de grabación una fascinante invitación al error y al éxtasis del descubrimiento. Los instrumentos suenan como si estuvieran siendo tocados desde un recuerdo borroso, aprisionada en la parte onírica de la memoria. De su obsesión por el sexo oral a la búsqueda de formas que siempre suenan de manera distinta. Del dub polifónico a los orígenes del shoegaze, 69 es la creación de dos mentes gozosamente enfermas. Tres décadas después, aún sigue siendo el gran clásico perdido de los ochenta y el verdadero arranque a la generación perdida de los noventa. Marcos Gendre


Moonshake

Eva Luna 

(Too Pure, 1992)

Mientras Stereolab comenzaban su andadura basándose, principalmente en Can y Neu!, Moonshake fueron abriendo variables en el discurso post-rock a través de su obsesión arraigada en el Metal Box (1979) de Public Image Limited. Claro está, autodenominarse Moonshake -uno de los cortes del Future Days (1973) de Can- tampoco deja lugar a la duda de dónde partían los tentáculos de Eva Luna (92), el primer largo de esta banda comandada por Dave Callahan; previamente, cabeza de león de The Wolfhounds, una de las formaciones más brillantes de las camadas del C86. Curiosamente, no debemos olvidar que antes de Stereolab, Tim Gane era parte fundamental de McCarthy, junto a The Field Mice, el grupo más brillante de entre todos los surgidos de aquella explosión de twee-pop con (muchos) matices. El indie pop británico estaba buscando vías remozadas de expresión más abiertas y panorámicas, y en el caso de Moonshake llegó al punto de aunar los patrones rítmicos de Eric B. & Rakim, el fulgor shoegaze de My Bloody Valentine, el pálpito sexual de The Stooges y, cómo no, tanto el avant-funk de Can como el dub estrábico de P.I.L. Un tesoro a redescubrir. M.G.


Seefeel

Quique

(Too Pure, 1993)

Este álbum se puede plantear como el cruce soñado entre las derivas ambient techno de Aphex Twin y las miasmas de electricidad sensual dinamitadas por My Bloody Valentine en Loveless (1991). No en vano, el latido multiplicado de esta obra invita a contemplarla como una derivación más espaciosa (y rítmica) del monolito en la trayectoria de Kevin Shields. Quique también fue el punto de contacto con el minimal naturalista gestado por las facciones más avispadas de Alemania, entre las que destacaban Oval y Gas. A día de hoy, sigue siendo un álbum que invita a la escucha en repeat. Su misma disposición concéntrica de los pasajes sónicos despliega un laberinto mental para el que encontrar una salida es hacer trampa.M.G.


Pram

The Stars Are So Big, The Earth Is So
Small Stay As You Are 

(Too Pure, 1993)

Pram siempre han sido una delicatesen para paladares ávidos de rebuscar entre el underground del underground. O lo que se entiende como una invitación a degustar sabores prohibidos para los convencionalismos consensuados. Y es que lo de esta formación era todo un festín privado donde krautrock, Ludus y neopsicodelia polirrítmica danzaban sobre el corazón de un sueño de Guy Maddin. Al menos en su primer álbum, un tobogán hacia los rincones oscuros del post-rock, donde los perfiles nunca se elevan rotundos, sino que abren franjas de poderoso ensimismamiento hipnagógico, como en ese juguete de aires asiáticos que es Radio Freak In A Storm. En todo momento, resuena un pálpito tribal que, como en Loredo Venus, parece una versión lo-fi en slow-motion del Dark Magus (77) de Miles Davis. Y todo ello concebido como si se tratara de unos Faust nacidos en plena campiña inglesa. Inaudito. M.G.


Bark Psychosis

Hex 

(Circa, 1994)

Bark Psychosis tardaron ocho años en publicar Hex, aunque tampoco hubiera sonado extraño si, en vez de en 1994, hubiera sido publicado treinta años más tarde. Y es que la única medida temporal aplicable a este trabajo es la que se refiere a haber sido un punto de inflexión básico en el reconocimiento de la ortodoxia post-rock; la misma que ya habían abrigado Talk Talk a través de Spirit Of Eden (88) y Laughing Stock (91), discos de los que estos británicos -que inauguraron sus andares musicales dentro del metal extremo- se sirven para cumplir el sueño de todo amante de la banda de Mark Hollis: una continuación real a obras tan personales en su concepción monástica de la liturgia pop. Y Bark Psychosis no sólo lo lograron, sino que también tendieron un puente, brillantemente recogido hoy en día por These New Puritans. Pero lo que hace de este clásico una pieza única no es únicamente su parentesco innegable con la etapa de final de Talk Talk, sino por haber reinventado la materia caribeña dentro de un sentimiento pastoral típicamente británico. Inabarcable, y me quedo corto. M.G.

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