Pecados y penitencias

Por Luis J. Menéndez

En el caso de que un médico hubiera sido capaz de encontrar solución a sus trastornos epilépticos o incluso de haber puesto orden él mismo a su desordenada vida sentimental, hoy lunes 18 de mayo de 2015 Ian Curtis enfilaría los 59 años. Como la historia fue la que fue, este es el día en que se cumplen 35 años del suicidio del líder de Joy Division en su casa de Macclesfield. Obviamente la figura de Joy Division ha ido adquiriendo una relevancia cada vez mayor, por mucho que desde países como el nuestro donde la banda de Manchester nunca llegó a tocar -el fallecimiento de Ian Curtis llegó precisamente en el momento de despegue del grupo, a punto de girar por EEUU- históricamente se les ha considerado poco más que una minoritaria banda de culto. Pero cuando todavía se encontraban en activo, Joy Division ya habían ocupado la portada de NME con su primer disco “Unknown Pleasures” (1979), en unos años en que el apoyo del semanario musical británico tenía una relevancia capital para el futuro de cualquier grupo. Y aún volverían a hacerlo otra vez a propósito de la publicación de “Closer”, el 14 de junio de 1980, con aquella fotografía en la que Ian Curtis volvía su mirada hacia el objetivo de la cámara, suerte de despedida y punto y final para el grupo tras la decisión final de su cantante y letrista. Como suele decirse en estos casos de martirio y posterior canonización, con la desaparición de Curtis murió el hombre y nació el mito.

Quiero decir con esto que la idea de Joy Division como banda de minorías no ha sido nunca del todo cierta; de hecho, sin salir de España, no eran pocos los grupos de la primera hornada de la Movida que tuvieron su nombre siempre en la boca, de Pegamoides/Parálisis a Gabinete Caligari, pasando por formaciones de culto como Décima Víctima. Posiblemente esa oscuridad inherente a todo cuanto rodea al grupo haya tenido más que ver con las dramáticas circunstancias de su disolución, con el tenebrismo poético de Curtis como letrista y con cierta mística levantada a partir de los esfuerzos de Tony Wilson, el resto de colaboradores de la Factory (el técnico de sonido Martin Hannett, los fotógrafos Anton Corbijn y Kevin Cummins, el diseñador Peter Saville,…) y la torpeza de los medios británicos, que progresivamente provocaron la desconfianza y circunspección de la banda con sus acusaciones de supuestas filias nazis. De alguna forma se estaban dando todas las circunstancias para convertir a estos cuatro gamberros con ínfulas, avispados representantes de la clase obrera mancuniana, en apóstoles del derrotismo y la angustia existencial. Nada más lejos de su propia personalidad. Esta entrevista de la época recuperada recientemente por The Quietus da una idea bastante aproximada de lo que era el grupo en aquellos momentos, sus inquietudes y sus conflictos.

Se ha preguntado a menudo qué habría sido de Ian Curtis y Joy Division de haber superado aquella crisis que le llevó a poner punto y final a su vida, aunque en una reciente entrevista para el libro “Mad World: An Oral History of the New Wave Artists and Songs That Defined the 1980s“ Peter Hook casi se muestra reacio a imaginar otro final diferente para aquella historia: “El único problema que existía dentro de Joy Division era la enfermedad de Ian Curtis. Si no hubiera sufrido esa enfermedad posiblemente estuviera todavía con nosotros. Pero los efectos degenerativos de las medicinas que estaba tomando aumentaron la depresión y creo que le hicieron incapaz de hacer frente al resto de problemas en su vida”. Al quitarse de en medio sus compañeros decidieron seguir adelante como New Order y ahí surgió otro mito bien distinto, el de la banda que entre otros muchos logros compuso “Blue Monday”, el doce pulgadas más vendido de la historia. ¿Tiene sentido imaginar una evolución diferente en el sonido del grupo de haber seguido Ian Curtis al frente de Joy Division/New Order? En realidad no hay muchas razones para sospechar que hubiera sido así: él mismo era un gran fan de la música de Kraftwerk y en la segunda cara de “Closer” de alguna forma se aprecia la progresiva evolución de la banda desde el rock de guitarras hacia una suerte de pop electrónico –de corte “ascético”, eso sí- que perfeccionarían con el paso de los años. New Order continuó esa senda con su primer disco, “Movement” (1981), bisagra entre su pasado inmediato y ese futuro en el que se abrazarían a la música de baile y la revolución acid, con desmadradas estancias en Ibiza incluidas. Al final por algún lado tenía que salir su carácter hooliganesco

El caso es que, con todo y con ello, la historia de Joy Division en muchos casos se parece a la historia de nuestras vidas. Escribía el periodista británico Paul Morley en 1997, a propósito de la publicación del recopilatorio integral “Heart & Soul” que “he estado escribiendo sobre Joy Division toda mi vida adulta; toda mi vida como escritor, toda mi vida. De alguna forma todo lo que he escrito trataba sobre Joy Division. Todo lo que me han hecho sentir es una metáfora central de todo lo que siento sobre mí, el mundo, la música, la emoción, el amor , la muerte, el tiempo, Dios y demás”. Muero de curiosidad por saber si Morley sostendría esas mismas palabras ahora, casi dos décadas después, tras años de sobreexposición, un tiempo más agitado de lo imaginable para una banda que en su día se disolvió sin solución de continuidad. Me refiero, por supuesto, al estreno de diversos documentales y dos largometrajes: “24 Hours Party People” (2002) de Michael Winterbotton y “Control” (2007), del antiguo colaborador de la banda Anton Corbijn –aunque precisamente por la época de la promoción del filme Corbijn, holandés de origen, reconoce que cuando fotografiaba y hasta giraba con Joy Division apenas dominaba el inglés, así que nunca terminaba de entender del todo qué demonios estaba ocurriendo a su alrededor-. También del oportunista y patillero autohomenaje de sus antiguos compañeros, que terminó derivando en la ruptura de relaciones entre Hook y la dupla Sumner/Morris por desencuentros a la hora de gestionar el legado de la que fue su primera formación. Aunque posiblemente el definitivo golpe de gracia para Joy Division se lo dieron Disney y la cadena de tiendas H&M al apropiarse del diseño que ocupaba la portada de su primer disco, “Unknown Pleasures” –una representación gráfica de las ondas de radio del Pulsar CP 1919- para sendas líneas de camisetas. Tiene su punto de amarga ironía que una banda a la que siempre se reconoció el carácter “avanzado” tanto de su música como del concepto y la imaginería que les rodeaba, se haya convertido en el mejor ejemplo de los males que aquejan al pop y el rock contemporáneo. En su caso, como en tantos otros, se produce una banalización del mensaje, absorbido por un consumismo rampante que convierte a músicos y fans en figurines y hace de las redes sociales una permanente pasarela virtual, una gran hoguera de las vanidades en la que todos aspiran a sus quince minutos de fama… diarios.

Como digo, Joy Division tuvieron la capacidad, tanto desde el punto de vista musical como lírico, de anticiparse a lo que estaba por venir. Pero una de las cuestiones en las que no supo atinar el suicida de Macclesfield fue cuando a través de sus canciones planteó una distopía “ballardiana” de color gris plomo que tiene poco que ver con el mundo tal y como lo conocemos 35 años después. En esa banal reinterpretación de la icónica portada de Peter Saville en clave Colección Primavera-Verano 2013 encontramos la metáfora perfecta de la nadería en la que se ha ido convirtiendo la música popular contemporánea una vez asimilada y comercializada en las dosis convenientes de “coolness”. Y de esta forma esas preguntas trascendentales que antaño asomaban en todo texto a propósito de Joy Division, su obra e influencia, en 2015 se concretarían en otra bien distinta y mucho más acorde con la posición que les toca desempeñar como icono popular de nuestro tiempo: “Ian Curtis, ¿a qué huelen las nubes?”.

¿No se te rompe el corazón…?