Para celebrar los 25 años del mítico disco, Surfin’ Bichos regresan a los escenarios. A la primera fecha confirmada el 15 de julio en el FIB 2017 se unen otras tres: el 14 de mayo en las fiestas de San Isidro de Madrid, 17 de noviembre en La Riviera y el 18 del mismo mes en la Sala Moon de Valencia.

Los más poptimistas dicen que Albacete es el Manchester ibérico a pesar de que por estos cuasi sureños lares, lo más fabril que hemos visto durante siglos, ha sido una noria de madera tirada por una mala mula. Lo cierto es que en los años 80 aquella otrora rica y victoriana urbe inglesa, que había sido clave en la revolución industrial, mostraba a sus cachorros tan pocas posibilidades de expresión creativa que ellos mismos se las tuvieron que inventar. Lo mismo les sucedía a los adolescentes albaceteños a los que el -ahora simplísimo y globalizado- acceso a la música tenía carácter de odisea. Escuchaban a New Order, Siouxie o a los Pixies en Radio3, pero era un milagro poder conseguir un vinilo suyo para ponerlo en casa o bailarlo en algún garito de moda. Tanto, casi, como que los pincharan en alguna de aquellas emisoras locales en las que, de muy vez en cuando, sucedían estos raros fenómenos sonoros. En tesitura, similar a la que sufría la juventud mancuniana, con los que sí compartieron, desde una lejanía muy cercana, el tedio del bajo cero y la obsesión por lo burgués, fue el mejor pasto para que un grupo de chavales, liderados por un absoluto genio local -léase, Fernando Alfaro- se sacudieran el sopor de lo cotidiano, en una ciudad sin apenas posibilidades para lo extraordinario, imaginando un mundo pop, inédito y fascinante a través de Surfin’ Bichos. Sí, yo vi a Carlos Cuevas, José Mari Ponce, Joaquín Pascual, José Manuel Mora, Fernando Alfaro, Isabel León – y al 7º surfin, Camilo Fuentes– pasar horas sentados en bancos escarchados, bajo la nebulosa luz sepiácea de una farola, al igual que sus colegas ingleses, soñando con otra realidad más pop, desordenada, irreverente, peligrosa y canalla… hasta más cercana a Dios. Decir que los Surfin’ Bichos son nuestros Joy Division es una boutade insoportable, sí para nosotros son mucho más que eso.

Más milagro que anomalía

Y es que cada uno idolatra a los genios que le da la gana; se aterra con sus propios fantasmas y moja la cama con sus sueños menos confesables. En cualquier ciudad hay artistas que se dejan la piel vendiendo lechugas iceberg en colmados de barrio; otros despachan copas en el útero de garitos de mala muerte o firman sentencias en un desabrido y grisáceo despacho. Albacete es jodido para el talento, gusta del adocenamiento y la tabla rasa. Nunca ha disfrutado de que ninguno de sus hijos destaque por encima del comatoso panorama local. En cuanto algún bisoño, aspirante a epatar, ha sacado tímidamente los pies del tiesto de lo mediocre una guadaña invisible, pero certera, le ha amputado medio juanete para recordarle que en el baldío páramo manchegoide todos deben ser iguales… o al menos parecerlo. Desde su familiar calle Marqués de Molins, un buen día de tremenda tormenta interior, un adolescente imaginó un fantástico universo propio pleno de rara emoción en estado puro y nos lo entregó sin pedir nada a cambio. Corrían los primigenios tiempos de Cortejo Fúnebre, la pipas Churruca maridadas con litronas en el 2 de La Parra y Sonic Youth ya nos hacían vislumbrar algo más desde las catacumbas artys de N.Y. Sin salvavidas, nuestro héroe se lanzó a sumergirse desnudo en el pozo de sus angustias más íntimas. Se solazó en sus lisérgicos psicotraumas religiosos y terminó devorando sus luminosas entrañas, esas tan arañadas gravemente por la inherente necesidad de crear. A toda esta amalgama de ansiedad literaria y sonora le supo dar feliz salida juntando líteras y arpegios. Todo ello -así de sopetón-procuró al patio del pop underground nacional de últimos ochenta y primeros años 90 un revolcón de tal calibre y dimensión que lo es que en un lugar en la que a los que apuntan maneras en cualquier lid se les suele hacer la fimosis en el hipotálamo por si acaso surja, como por generación espontánea, un tipo que torciendo fascinantes renglones nos haya conseguido revolucionar a todos con bizarras historias ilustradas a lo Joel Peter-Witkin. Es como ganar un mundial de fútbol jugando en la selección de Togo, los milagros existen, a veces sí. La mítica, pero proscrita, Familia Lagarto sobrevivía tranquila bajo un pedrusco, en el desierto de Alcadozo, hasta el preciso instante en que el alma flamígera y doliente de los Surfin’ Bichos los recuperó para convertirlos en nuestras mascotas articuladas favoritas.

Excepcionales testigos de un imposible

El caso es que todos los que deambulamos, hace ya décadas, en los humeantes e ingratos ambientes musicales albaceteños, nos colgamos la medalla que, presuntamente, nos habilita como destacados inquilinos de aquel sabroso páramo noctívago. Así presumimos de que de entre los nuestros, y desde el silencio del provincianismo más prístino y letal, fuimos testigos de cómo brotó el talento de un inventor de agridulces pesadillas, plenas de seísmos emocionales y rifles de repetición. De brutales vs. poéticos episodios localizados en el oscuro pasillo de nuestra ya lejana infancia. De aquellas andanzas adolescentes, por estancias sin monstruos, que aún parecen mirarnos fijamente desde la fantasmagórica sequía del pantano del olvido. Si cierro los ojos aún puedo oír al espíritu del desagüe pedirme que no tire de la cadena nunca más. Hacer de lo cotidiano un recuerdo inolvidable es solo patrimonio de los genios, de unos pocos talentosos que brillan con luz propia y siempre cegadora incluso para ellos. Naturalmente todo esto tiene un precio, siempre desmesurado. Lijarse la salud -cercenándose la vida desde el clímax del papel de plata- es un peaje demasiado alto, casi mortal. Una vez superado todo, el genio abre sus ventanas para dentro y airea su espléndida guarida interior. Se asoman hoy a su cuna ya casi cincuentona -en la que se recuesta junto a sus compañeros Carlos, Joaquín y José Manuel- sus espectros de cabecera para recordarle, todos subidos en una montaña rusa de madera, que su reino no es de este mundo. Pertenece al olimpo de Guillermo Borroughs, Carlitos Bukowsky, Jorge Kerouac, Raimundo Carver o el abuelo Chéjov; ha tomado quemaillos con Leonard, Nick y Lou en el Velvet y amó a Isabel León hasta estallar. Ahora, una vez más, el chucho sin amo ha vuelto a romper la cuerda que lo ataba a la caseta de su frenético devenir, ha vuelto a burlar a su fatal (por natural) destino y luce una madurez saludable y abarcelonada. Desde este córner -del reconocimiento público- es preciso darle las gracias -junto al resto de la mítica banda, orgullo albaceteño eterno- en nombre de todos esos privilegiados a los que en una desapacible y reveladora tarde de enero de 1989 nos descubrió, apostados en un abollado rincón de su siempre cercano Altozano, que el sufrimiento es algo tan bello, como imprescindible, para tejer la auténtica felicidad.

“Nunca quisimos ser un grupo de culto. Queríamos conquistar el mundo. Pero el mundo no se deja fácilmente, es bastante cabrón”.

Y hete que -sin desmerecer otros, como el notable “Fotógrafo del cielo” (RCA/Virus, 98)- en la historia de los Surfin’ Bichos es clave un disco -léase, “Hermanos Carnales” (RCA, 92)- este mismo que ahora cumple 25 años de su edición y que sirve de excusa perfecta para celebrar una nueva reunión de la primera banda del incipiente indie español; eran tan independientes que ni siquiera ellos lo sabían. Ahora “LosSurfin” se juntan de nuevo -ya van dos felices pseudoresurrecciones- para tocar en directo los 15 temas del disco -más algún bis secreto que a los fans le sonará a gloria bendita- y ya sabemos que, de momento, estarán encima de las tablas del Sound Isidro -en Madrid y en mayo- y en el FIB 2017. Paralelamente, con el motivo del 25 aniversario de “Hermanos Carnales” y el comienzo de la gira, Legacy, la división de catálogo de Sony Music, reeditará toda la discografía de Surfin’ Bichos. El propio Fernando Alfaro nos lo cuenta:

Está previsto que todo salga en mayo. Por un lado, el pack de 6 CD + 1 DVD con toda la discografía oficial y todos los extras tal y como los editó, de forma exhaustiva, Subterfuge en 2006. De hecho, esto es el paso siguiente que en su día anunciamos: la recopilación de todo aquello en un box set. Y se llamará igual: “El mundo por los pies – Surfin’ Bichos 1988-1994″. Solo que ahora irá completado con dos cosas muy especiales para nosotros: la ‘Primera Cebolla Sónica’ (nuestra primera maqueta que de forma suicida vendíamos por ahí en cassette) y ‘Buzos haciendo surf’, el muy premiado documental de 2006 de Rogelio Abraldes sobre el grupo. Incluyendo todos los extras que llevaba, particularmente directos de aquella gira. También, el vídeo del directo de presentación de ‘Hermanos Carnales” en 1992, que solo estaba en VHS. Por otro lado, la reedición en vinilo de todos los álbumes oficiales. Incluyendo la edición en doble vinilo de ‘Hermanos Carnales’ según la idea original. Y también la edición de ‘Family Album I’ en formato 10″, tal y como estaba pensado en su día y que tampoco se pudo hacer. También, entonces, se publicará todo en las plataformas digitales (ahora mismo solo está ‘Fotógrafo del cielo’ creo)”.